Apelando a Robert Castel, el sociólogo y filósofo Zigmunt Bauman introduce el gran tema de la agenda de las sociedades modernas: la seguridad. “Nosotros —en los países desarrollados— vivimos sin duda en una de las sociedades más seguras que jamás han existido” y “somos ‘nosotros’ —las personas mimadas y consentidas— los que nos sentimos más amenazados”. Parece una contradicción, pero no lo es.

En Archipiélago de excepciones, que publicó Katz editores en la serie dixit, Bauman piensa en voz alta —se trata de una conferencia— algunas de las consecuencias de la globalización: la exclusión y pobreza de grandes sectores de la población del planeta y la consecuente intervención del Estado para resolver la “inseguridad”, pero no la de los pobres, sino la de aquél “nosotros” de más arriba.

Con su habitual sobriedad, Bauman desanda los caminos que desde un Estado social y una comunidad inclusiva, en los 70, dan lugar al Estado excluyente “de justicia criminal”, procurador de seguridad, contemporáneo.

Los infractores ya no son ciudadanos “afectados por una privación de origen social y necesitados de apoyo”, sino sujetos culpables, indignos y sobre todo “peligrosos”. Una infraclase. Y también sujetos a eslóganes que propalan los medios —políticos incluidos— y hacen suyos los ciudadanos que ven de cerca la inseguridad de las grandes ciudades: “mano dura”, “entran por una puerta y salen por la otra”, “tolerancia cero” y otros que es inútil transcribir aquí. Naturalizando la ecuación: peligrosos igual a ilegales de afuera y marginados de adentro.

Bauman describe las políticas migratorias en los países desarrollados y el apabullante “temor a los otros”, los que en otro tiempo podían, por razones humanitarias, aspirar a intentar una nueva vida como refugiados.

Retoma palabras de Tony Blair: “Que sólo tengan permisos de trabajo las personas que realmente necesitamos que vengan aquí a trabajar”. Los derechos sociales se ofrecen de forma selectiva. “Deben ser concedidos si, y sólo si, quienes los otorgan deciden que su concesión sería acorde a sus propios intereses, pero no por la fuerza de la condición humana de sus destinatarios”, escribe Bauman. “Los países pobres” deben “hallar una solución local a un problema de origen global: la apertura de sus territorios a la libre circulación de capitales y mercancías” trasnacionales, borrando las economías regionales que se volvieron “inviables”. Y la capacidad y voluntad de dar empleo y de mantener ciertas redes sociales han sido también arrasadas como parte de los “daños colaterales” de ese sistema.

Los criterios de esta discriminación confluyen con prácticas probadas internamente. La única industria de los países pobres es “la producción en masa de refugiados. Y los refugiados son el ‘residuo humano’ personificado: sin ninguna función ‘útil’ que desempeñar en el país al que llegan… y sin ninguna posibilidad de ser asimilados…”.

Las guerras y las masacres tribales en África, los cientos de miles de personas que son forzadas a huir de sus países. Irak, Turquía, los kurdos, la guerra del Golfo, la desregulación de las guerras, la “reconstrucción” de los países devastados por las empresas de los devastadores y esa condición que deshumaniza a cientos de miles, la de refugiados carentes de Estado, sin documentos y totalmente fuera de la ley, son revistados por Bauman. “Los días se suceden vacíos uno detrás de otro sin perspectivas de futuro dentro del perímetro del campo…”. Del campo de refugiados. O del gueto o de la favela o de la villa. Describe. Analiza.


Zygmunt Bauman, Archipiélago de excepciones, Katz editores, 2008

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