Atiborrado. Estoy atiborrado de palabras.
De palabras dichas y no dichas.
Estoy atrapado por esa densidad tan humana que involucra a más de uno.
Esa maraña, tejida de sonidos y símbolos.

I- todo sucede muchas veces

Dije: No, no me voy. Ella me miró como se mira a un insecto y respondió: No me importa. Hacé lo que se te ocurra. Y me quedé. Me quedé sentado sin entender cómo se puede ser tan cobarde. Me quedé pensando que quizá lo lógico habría sido —no, lo lógico no: lo correcto—, lo correcto habría sido irme. Irme para siempre. Pero era tarde, muy tarde y hacía frío y las calles del barrio eran peligrosas no tanto por las patotas sino por los perros que, a esa hora, depredan las bolsas de basura.
Ya no sentía nada, lo que se dice nada. Pero nada, nada. Me hallaba vacío, acaso innecesario. Sin sentido.
Ella apagó la radio y se fue a su cuarto luego de decirme: No te tengo bronca ni te odio ni te tengo lástima. Vos sí; a vos te pasa algo conmigo, con vos y no lo decís. Y yo me quedé callado; me dolía horriblemente la garganta, supongo que por el cigarrillo y por el frío. Y también me dolían, me ardían los ojos: los tenía intocables, quizá por no dormir, por no cerrarlos durante días.
Me quedé sentado frente a una mesa que no era mía. Pensando que acaso era ésta la más patética situación de mis días: había tocado fondo. Comprendí que era nada, nadie y que no había nada.

No todo se reveló en ese momento.
Las últimas palabras que consiguió articular antes de las lágrimas y el portazo, el gusto amargo en la boca, el libro abierto sobre la mesita del living, los sillones bordó pálido enormes, los almohadones sobre la alfombra, los cuadros cuidadosamente desprolijos iluminados por la luz tenue de la lámpara de pie lila, la reproducción de “El doctor Gachet” que le regalé alguna vez en el pasado tan pasado.
Me refugié discretamente turbio en un almohadón en el rincón del mueble de las bebidas, tomé una de las botellas y me sumergí en un trago asfixiante y grande. Me quemé hasta el alma.
Me dormí y ya no era yo, era otro.

Sentado con los ojos excesivamente abiertos frente a un espejo…
… day after day…
… night after night…
… anybody…
… feeling… colder… few…

el olor a tabaco en la mano, en la cara, en el pelo…
… don’t leave me now…

Alguien avanza…
I need you, need you, need you…
Lo sé ahora, sé ahora que avanza. ¿No es anacrónico morir?, escribo.

Hablar no es difícil, lo difícil es decir algo. Con la escritura ocurre lo mismo.
Pasa que, por ejemplo, no se encuentra la palabra que dé pie a un relato. Se supone que la idea debe estar antes; pero si no aparece ninguna, ¿qué hacés?, ¿buscás la palabra que desencadene un sentido? Al-ternativas. ¿Y la mediocridad?, ¿y la mediocridad que nos es habitual respirar?
“La escritura —cito a alguien— tendría como efecto elevarnos, transportarnos a otro sitio, lugar, mundo, tiempo. Produciría una ruptura, un quiebre del equilibrio, nos colocaría en la marginalidad de estos tiempos y lugares. No digo por encima, digo en los suburbios, en el pecado. En la falta”.
Dista mucho el silencio de ser puro. En la mesa se disponen muy frecuentemente los peores mo-mentos. Nos atrae la duda, al disponer de ellos tan libremente. Y sin embargo…

Edición 1998

Escribo:
Nando:
Los compañeros de trabajo de Raúl, es decir sus colegas, han confirmado las sospechas de aquél, es decir de Raúl. No es una simple congestión pulmonar. Es algo más… cómo decirlo… algo más jodido, más triste, grave, no sé. ¡Qué lo parió! ¡No puedo decirlo! ¿No es anacrónico morir así? La muerte es siempre anacrónica, me apresuro a decir lo que vos seguramente vas a pensar cuando leás esto.
Te escribo porque, quizá, haciéndolo pueda aclarar muchos mambos. Además, queda. Esto que te escribo va a sobrevivirme (si me permitís el sufijo).
Cuando Raúl me lo dijo sentí un gran hueco. Unas ganas tremendas de volver diez años atrás, no para tener diez años más de vida, no; sino por o para ser más pendejo. ¡Qué sé yo!… Quizá para estar de nuevo en la facultad, para escuchar The Wall, a Serú, a Baglietto, toda esa música. Si fuese así, pensé, podría tomar la muerte menos en serio. Hubiese creído, con la inconsciencia de literato que me conocés (que me conociste), que se troncaba la vida de un poeta alucinante; me hubiese entregado a la melancolía y al alcohol y, seguramente, hubiese producido la poesía más original y desgarradora… Hubiese creído eso.
En cambio, ahora, Nando, ya no tiene sentido. Ya pasé los treinta y soy un mediocre redactor de sociales que, de tanto en tanto, oficia de profesor y que ya no promete nada. No tiene sentido la vida, la muerte. Pienso.
De todos modos, desde ese día escucho a Serú, a Floyd, la música que nos unía a un tiempo muy grosso. Intento no ser muy cobarde.
Tengo tanto que contarte y se me abarrotan las palabras, se me hace difícil escribir, ¿qué cosa, no? Se me hace difícil escribir a mí que pensé, hace diez años, tener resueltos los días de mi vida, que había llegado al convencimiento de que sería escritor. ¡Qué cosa! ¿No?
Chau, la corto aquí. Un beso.
To

La idea es salir de mí. Esto se logra con un buen libro o quizá con un faso de los caros, mientras se evidencia el recuerdo de una letra inexacta que vuela y no llega a parte alguna.
Con todo y patas se va uno creyendo que no importa faltar a una que a otra hora de la realidad. Hello, hello… bien, es el segundo más denso el que te provee de buen entendimiento, mientras se derrama la frente por el dedo que la presiona y, recostado en la cama, apoyado el codo y, sobre el costado de mi cuerpo, intenta estimular alguna zona nueva y desconocida de la infinita red de genealogías malditas entrevistas ya por Rimbaud con el auxilio de algunas sustancias oportunas y necesarias para la ocasión. Decía, digo, la idea es borrarme. Pero esto es mal visto por las personas seguras de sí y de sus almas (que al hablar de ellas es necesario incluir sus partes pudendas. Es decir, sus virtuosas invisibilidades).
El olor es insoportable. Hace mucho tiempo que no baño mi cuerpo y esto trae aparejado un tufillo desleal para los probos; a mí se me hace cuento que haya habido alguna vez un cuerpo limpio, por lo que, asumiendo esta verdad irreparable, me hallo dispuesto al viaje con mis olores y todo.
La puerta está asegurada, es necesaria la total ausencia de hechos que puedan entorpecer la partida. La puerta con llave y la música tranqui y las persianas bajas y las luces tenues dispuestas. El saque de hoy va a ser diferente, creo; me hallo algo flaco y cansado. Ya me decía David que acabaría mal. Es como si oyera su voz de pastor protestante protestando por las iniquidades de los mortales.

David, yo no soy mortal y te lo digo y afirmo hasta que me demostrés lo contrario. Pará, pará un cacho —David se baja del púlpito, deja el atril y se arrima a mi cama desordenada y olorosa—. Pará. ¡No!, a mí no me vengás con boludeces; vos, To, sos como cualquier hijo de vecino. Te vas a morir. David, hacete dar, yo no me voy a morir. Soy inmortal como tu dios. Che, boludo, ¿sabés lo que decís? ¿Estás drogado? ¿Te importa? Sí, boludo, sí me importa, ¿somos o no somos amigos? Sí David, pero vos sos salvo, amén. Dejá de joder, te diste de nuevo. Pará loco, pará: vas a acabar mal. David Dixit. ¿Y si él, David, me da la mano, me la tiende y la muerdo? Puta. ¿Qué hago? ¿Qué hacer?, diría Lenin. El límite. Esta es, va a ser, la última; el último viaje.

La verdad es que ya estoy medio podrido y los gusanos me tienen mal: cuando me rasco la cabeza caen los pedazos con algo viscoso y sanguinolento. El cabello, el pelo lo tengo a la miseria, está hecho una mierda. Miralo; el pelo…
Vamos, no te des manija. Cortá esta descripción realista y ociosa. Encendé el faso, y vamos.

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