Un texto incitador a propósito del lugar que ocupa Rodolfo Walsh en la literatura argentina es “Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra”, escrito por David Viñas y último capítulo de Literatura y política. De Lugones a Walsh. Allí Viñas insinúa un recorrido de lectura, una progresión que se inicia con comentarios sobre el asesinato del Chacho Peñaloza hechos por José Hernández en 1863 y culmina con la Carta a la junta militar escrita por Walsh entre 1976 y 1977.

Los momentos son puntuales y las caracterizaciones que hace Viñas también. Nos servirán para dibujar un mapa agregando nombres y hechos que Viñas soslaya sospechando, quizá, que nosotros los conocemos. Proponemos, entonces, engrosar el esquema propuesto acudiendo a Arturo Jauretche y al mismo Viñas en el tomo I de Rebeliones populares argentinas. De los Montoneros a los anarquistas (1971) y a otra información que nos proporciona la historia, o las historias.

*Liquidación del gaucho rebelde

José Hernández comenta en 1863 el degüello del Chacho Peñaloza, en La Rioja; ese hecho constituye para Viñas “la liquidación del ‘gaucho rebelde’”.

http://www.elortiba.org/old/chacho.html#1863_-_La_muerte_del_Chacho

La proyección de la dicotomía civilización/ barbarie pergeñada por Sarmiento en las primeras páginas de Facundo (1845) tiene en este suceso uno más de sus eslabones. El Martín Fierro (1872) es, en cierta forma, la respuesta al libro de Sarmiento. La guerra de la Triple Alianza –Brasil, Argentina, Uruguay- contra Paraguay (1865) a favor de los intereses ingleses es uno más de los actos inscriptos en esa lógica. “… si Mitre aparece al frente de esa guerra liberal, sus aliados del momento explicarán con mayor precisión el significado central de esa circunstancia histórica. Se trata de una inflexión más del mismo proceso imperialista en América Latina que en esa década invadía México o bombardeaba Valparaíso y El Callao” (Viñas, 1971, 61).

Arturo Jauretche en Los profetas del odio y la yapa escribe: “La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América. (…) Todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar –si Nación y realidad son inseparables-”.

No otro era el sentido del exterminio de los aborígenes del sur con “la campaña al desierto”.

·Eliminación del inmigrante peligroso

Roberto Arlt describe el fusilamiento de Severino Di Giovanni en una de sus aguafuertes en 1931, “He visto morir”.

Funcionalmente, en las primeras décadas del siglo XX, el gaucho es ya el definidor de la identidad nacional. Este oportuno giro de los continuadores del proyecto liberal del XIX, la oligarquía criolla, define una identidad en oposición al “gringo”. La inmigración trae a europeos pobres y no “civilizados”.

*El juguete rabioso de Arlt (1926) inscribe en la literatura ese “sórdido mundo”, el de los inmigrantes y sus hijos, el de las grandes oleadas de italianos y españoles que pueblan Buenos Aires de cocoliche e ideas subversivas. Proletarios y anarquistas. Los siete locos, Los lanzallamas y Las aguafuertes porteñas completan la textualización de esa emergencia social.

*La Semana Trágica, los enfrentamientos entre obreros (mueren cientos de ellos) y el Ejército, la policía y la Liga Patriótica Argentina durante las huelgas de enero de 1919; la Patagonia trágica, los trabajadores rurales y obreros asesinados en el sur del país en 1921 y 1922; la Liga Patriótica: los agasajos y honores que los súbditos británicos[1], dueños de la Patagonia, le rinden al Tte Cnel. Héctor Benigno Varela, militar argentino ejecutor de la matanza, son el triste corolario de una verdad: la dependencia del Estado argentino a los intereses foráneos.

*El anarquismo y el sindicalismo. La FORA.

*La caída de Yrigoyen. FORJA: la denuncia del estatuto de colonia británica del país. La década infame iniciada con el golpe de Estado de los militares en 1930.

·La masacre del obrero subversivo

Rodolfo Walsh investiga y hace públicos los asesinatos perpetrados por el Estado dirigido por Aramburu y Rojas en 1956. Publica Operación masacre (1957). La autodenominada revolución libertadora -que bombardea Plaza de Mayo en junio de 1955, asesinando a cientos de personas, y derroca a Perón en septiembre del mismo año- sofoca el levantamiento del Gral. Juan José Valle el 9 de junio de 1956. Esa noche, la dictadura asesina a civiles en José León Suárez.

*Las migraciones internas: los “cabecitas negras”, las patas en la fuente del 45. El peronismo. La CGT, la nacionalización de los ferrocarriles. El voto femenino. Eva Perón. Las banderas del justicialismo: una patria justa, libre y soberana.

*John William Cooke, la resistencia peronista.

“Alpargatas o libros”, “barbarie o civilización”, “nacionalismo o imperialismo”. ¿Los desplazamientos semánticos del antagonismo sarmientino o de la lucha de clases?

·Asesinato del intelectual heterodoxo

En marzo de 1977 Rodolfo Walsh termina y envía la Carta Abierta a la Junta Militar, un balance del primer año de la dictadura.

*Los movimientos revolucionarios, la guerrilla. El Cordobazo. Agustín Tosco. Raimundo Ongaro. La reconstrucción del sindicalismo: CGT-A. El regreso de Perón, Ezeiza. La Triple A. La muerte de Perón. El golpe del 76: el terrorismo de Estado.

Concluimos aquí este bosquejo introductorio. Los nombres y hechos mencionados tienen la intención de trazar un mapa mínimo de más de un siglo de historia y literatura argentinas.

ii. testimonios.

La determinación de leer en las coordenadas de la literatura textos que se mantienen fuera de los circuitos de la Literatura, supone una elección política. Voy a recurrir a dos testimonios para ilustrar mi aserción.

Juan Gelman recibe el Premio Nacional de Poesía en 1997, en la ceremonia de rigor dice:

Este acto me parece paradigmático. En un país al que se le están rompiendo las costuras, suponiendo que haya estado revestido contra el plan económico genocida en curso; que navega en una crisis social notoria, aunque el señor presidente de la Nación no la vea o no la quiera ver; que atraviesa una crisis tal vez más grave, la crisis de la credibilidad en su propio ser como pueblo ante el vaciamiento de las promesas de soberanía y justicia social que votó y este gobierno incumplió; que padece ya como futuro previsible la represión –física y no– de sus aspiraciones, como repetición de un pasado ominoso; en este país y no en otro hoy se premia a la poesía.

Rodolfo Walsh le escribe, en una carta fechada en 1972, a Roberto Fernández Retamar…

Este cambio doloroso es sin embargo extraordinario. Para algunos, la vida está ahora llena de sentido, aunque la literatura no pueda existir. El silencio de los intelectuales, el desplome del boom literario, el fin de los salones, es el más formidable testimonio de que aun aquellos que no se animan a participar de la revolución popular en marcha –lenta marcha–, no pueden ya ser cómplices de la cultura opresora, ni aceptar sin culpa el privilegio, ni desentenderse del sufrimiento y las luchas del pueblo, que como siempre está revelando ser el principal protagonista de toda historia… (Fernández Retamar, 1993)

Rodolfo Walsh, Juan Gelman cuentan con la palabra, con la palabra que seduce, indaga y cuestiona.

Recibir un premio nacional de poesía y, en la ceremonia de rigor, situar esta crítica desde el presente a la realidad institucional del país es un hecho político…; aludir al “boom literario”, a los intelectuales que no se atreven a renunciar a un sistema opresivo adhiriendo a las luchas del pueblo, configura una geografía distinta a la pensada desde los tradicionales lugares de poder. Walsh ha justificado con su experiencia revolucionaria cada una de las palabras dirigidas a Fernández Retamar.

No ignoramos que las determinaciones políticas y las dimensiones ideológicas dan visibilidad a determinados discursos. Trazar los límites dentro de los que se desarrolla lo que frecuentemente se enseña como Literatura es el trabajo de los mismos que conforman aquello que se denomina “ser nacional”. Los aparatos del Estado funcionan con una eficiencia propia de un sistema carcelario.

Para un militante que además es escritor, para un hombre convencido de que la solidaridad y el compromiso pueden más que la muerte, la literatura es otra cosa. Arriesgar algunas preguntas a propósito del por qué es necesaria dar esa lucha, la lectura-construcción-acceso a otra literatura, es el tema de este trabajo.

1- cánones.

Los relatos no ficcionales de Rodolfo Walsh constituyen un problema para los teóricos del género y para los que “leen” en esta narrativa su dimensión política (estos dos tipos de lectores no se excluyen).

La dificultad de encuadrar genéricamente esta escritura dentro de la Literatura, del periodismo o de la denominada no-ficción, o la lisa descalificación del trabajo periodístico de investigación (por el tratamiento que Walsh observa con “la verdad” y la consecuente pérdida de “objetividad”) son evidencia de los dispositivos operados que han conseguido obturar, de algún modo, las potencias de una palabra molesta, relegándola.

“La no-ficción busca que se reconozca su estatuto literario y en eso consiste su movimiento de separación del periodismo. Por lo tanto, el gesto de constituirse, en el caso de Walsh, a través de un género ‘menor’ como es el policial es una opción política, en el sentido en que es política toda propuesta de definición de la literatura”, escribe Ana María Amar Sánchez en El relato de los hechos (1992).

Nos detendremos, entonces, en ese “movimiento de separación” de escasas certezas que funda la escritura de Rodolfo Walsh con Operación Masacre (1957)[2], para plantear, desde algunos análisis acerca de las políticas del canon y la relación entre Estado y literatura, inferencias respecto al lugar que ocupa esa escritura en el sistema de la literatura nacional.

2- Literatura y verdad

Decir la verdad: escribir(la). Esa parece ser la tensión que mantiene viva la máquina de escribir del periodista y escritor Rodolfo Walsh, referencia ineludible para quien intente detenerse en la historia reciente del país y reflexionar sobre ella.

“Se debe comenzar por informar”, me decía un periodista cuando, hablando a propósito de cierta novela, trataba yo de explicarle que el lector tenía que reconstruir la historia, el relato. No era ciertamente una conversación acerca de literatura, el tema era la década del 70, y cómo, a partir de un texto de ficción, se actualizaban los hechos de aquella época. “Las elipsis y referencias de la novela -decía- son ilegibles para un chico o joven de estos tiempos”. Habíamos ingresado en el terreno de los espacios de legibilidad que nos permiten los discursos vigentes, el problema de para quién se escribe y desde dónde se escribe. Nos había entrampado la relación difusa entre la “ficción” y la “realidad/verdad”.

Pasa que, desde siempre, entre la literatura y la “realidad” se han producido interferencias. Los mitos griegos, las epopeyas, los cantares de gesta, la épica en todas sus expresiones ha buscado describir las hazañas de los héroes. En los mitos americanos se da también esta “interferencia”. El relato mismo (y aquí hemos de incurrir en una generalización inadecuada) no ha servido más que para contar la “realidad” de esas historias. Para contar versiones de una realidad.

Lo que presentamos en estas páginas busca no repetir lo escrito en el párrafo anterior. Digamos que queda bien una presentación que generalice y haga extraño, intemporal, el relato de los hechos (alejándolos de nosotros), si buscamos inmovilizar y dar un friso de tranquila convivencia.

No ocurre esto en la relación conflictiva entre literatura y Estado actualizada por Rodolfo Walsh en “Esa mujer”[3]. Hay allí dos relatos, dos narraciones. El Estado también narra, construye ficciones, miente. Necesita construir consensos, hacer creíble una versión de los hechos. El intelectual, el escritor-periodista debe buscar la verdad, el lugar donde está el cuerpo desaparecido de “esa mujer”. Es decir, se da otra forma de interferencia… El Estado incurre en la ficción.

Operación masacre. “Hay un fusilado que vive”

Rodolfo Walsh entrevió otra forma de interferencia entre literatura y política, entre literatura y Estado. Ya no se trataba del canon, sino de versiones de los hechos[4]. De literaturas.

Escucha en un bar, mientras juega al ajedrez, la noticia “difusa, lejana, erizada de improbabilidades” que describe en el prólogo de Operación Masacre: “hay un fusilado que vive”. Un fusilado del 9 de junio de 1956, de la noche del levantamiento contra la autodenominada revolución libertadora, de la masacre de José León Suárez. Esa curiosidad inicial, la investigación y la ética de un periodista lo llevarán a involucrarse: se siente insultado por los asesinatos de los uniformados de entonces.

Tampoco olvido que, pegado a mi persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo “Viva la patria”, sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”. (…) La violencia me ha salpicado las paredes, en las ventanas hay agujeros de balas, he visto un coche agujereado y dentro un hombre con los sesos al aire…

Seis meses más tarde (…) un hombre me dice:

-Hay un fusilado que vive.

No sé porque pido hablar con ese hombre, porque estoy hablando con Juan Carlos Livraga.

… Miro esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado flotando una sombra de muerte. Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana (19).

Walsh se propone reconstruir lo que pasó en José León Suárez a partir de la investigación y de la publicación de notas y luego de un libro. Enfrenta al Estado, hace ver que éste no dice lo que ocurrió. Como tampoco lo hacen los medios de comunicación…

Es que uno… piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio, se encuentra con un multitudinario esquive de bulto. (…)

Se pueden revisar las colecciones de los diarios, y esta historia no existió, no existe. (20)

Walsh no tiene certezas de lo que pasó, no tiene la verdad, la va a buscar. Tiene, sí, una convicción: ha asumido como propia la violencia que ha ejercido el Estado en J. C. Livraga y sus compañeros. Asume una responsabilidad ética. Se sitúa en relación con el otro. El género que crea tiene como premisa la resistencia, insiste con la memoria.

-El testimonio, el periodismo y el policial son géneros que buscan la verdad. Operación masacre introduce un cambio: el Estado es el asesino, el narrador es el único sujeto legal en el texto, el Estado quiebra la ley y miente.

-En los relatos de Walsh el género policial se deconstruye: no contribuyen (los relatos) al entretenimiento. En Walsh la justicia no llega, no se reestablece al final de la historia. Queda, entonces, la denuncia, que no siempre logra eco…

En el “Epílogo” de la versión de 1964 puede leerse:

En esto fracasé. Aramburu ascendió a Fernández Suárez; no rehabilitó a las víctimas. Frondizi tuvo en sus manos un ejemplar de este libro: ascendió a Aramburu…

Hay otro fracaso todavía (…) me pareció comprender que… esto sí –esa búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más escondido y doloroso-, tenía que ver, encajaba en esa idea (de periodismo). Amparado en semejante ocurrencia, investigué y escribí en seguida otra historia oculta, la del Caso Satanowsky, pero el resultado fue el mismo: los muertos bien muertos y los asesinos probados, pero sueltos. (297)

De los “fusilados” sobreviven siete. Walsh busca la verdad en la voz de esos obreros peronistas, o no, que han sobrevivido a la experiencia brutal y estos le dan al escritor fragmentos de la realidad.

El relato se inicia con un “Prólogo” que explica el por qué y el cómo de “esa investigación, este libro”.

Entonces pude sentarme, porque ya he hablado con sobrevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores, asilados, prófugos, (…) Lo demás es el relato que sigue…

Nos interesa esta última expresión: “Lo demás es el relato que sigue…”.

Ricardo Piglia en “La ficción paranoica” (1999) propone tres temas que debe plantearse la literatura en el próximo milenio, en su relación con la política. En la perspectiva que tiene uno de la realidad y de los usos del lenguaje.

El Estado construye realidades falsas, manipula el lenguaje –dice. ¿Qué función tiene la literatura? Volver a nombrar ciertos hechos, concluye.

Toma, entonces, el texto de Walsh “Esa mujer” y lo lee invirtiendo, en cierta forma, la dicotomía inaugurada en “El matadero”, en la percepción de Echeverría, civilización/ barbarie. La tensión entre el intelectual y las masas. Eva Perón, que condensa a las masas, aparece como un secreto, un misterio. No se trata sólo de que ir al otro lado -a la barbarie- es encontrar un mundo de terror; sino que, como se dice en el relato, “si yo encontrara a esa mujer ya no estaría tan solo”. “El intelectual, escribe Piglia, no solamente siente ese universo como adverso y antagónico sino también como un posible aliado”.

Otro elemento que Piglia lee en el cuento es la tensión entre el intelectual y el Estado. El intelectual, el periodista/ escritor “debe denunciar las mentiras, establecer dónde está la verdad, captar el secreto que el Estado manipula.”

Lo demás es el relato que sigue, escribe Walsh.

Operación masacre continúa, luego del prólogo, con una “Primera parte. Las personas”. Allí se presenta a los involucrados y se logra crear un espacio de intriga propio del relato policial…

Nicolás Carranza no era un hombre feliz, esa noche del 9 de junio de 1956. (…) es posible que algo le mordiera por dentro. Nunca lo sabremos del todo. Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba, y en la tumba de Nicolás Carranza ya está seca la tierra.” (31)

“Carranza”, “Garibotti”, “Don Horacio”, “Giunta” son algunos de los fragmentos de esta parte del relato. Los actores de un drama que aún no se inicia son presentados. Están reunidos en la casa de don Horacio, escuchando por radio Splendid una pelea de Lause por el título mundial.

“La policía.” Es la última línea de la “Primera parte” de Operación Masacre.

La “Segunda parte. Los hechos” se inicia con la irrupción de la violencia no sólo en el vértigo del relato, sino también en la vida de esas “personas”.

Tan desconcertado está don Horacio que no atina a dejar la bolsa (de agua caliente)… la puerta es impulsada con violencia desde afuera, salta el cerrojo y él se ve impelido, rodeado, desbordado por el tropel de policías… Todo sucede con velocidad de relámpago. (81)

El que manda tiene un uniforme del ejército…

“-¿Dónde está Tanco?” -Interroga el uniformado, interroga por el militar sublevado junto al Gral. Valle-. Esa es la pregunta que servirá como muletilla mientras se golpea y amenaza a los civiles reunidos en la casa de don Horacio. Luego se los llevarán. Y los fusilarán…

La “Tercera parte. La evidencia” vuelve sobre los hechos y se presentan pruebas de las ejecuciones, los expedientes iniciados a raíz de las denuncias efectuadas por familiares de las víctimas. El narrador razona. Han sido detenidos la noche del 9 de junio a las 23 hs., aproximadamente, la ley marcial, que “permite” los fusilamientos, ha sido promulgada el 10 de junio. No hubo, entonces, fusilamientos. Hubo secuestros y asesinatos.

En los libros de San Martín y de Moreno no figuraba la detención de Livraga o sus compañeros, por el simple motivo de que no se llenó la formalidad de darles entrada, sin la cual una detención se convierte en un simple secuestro… (195)

Hay oportunidades en que la mentira se vuelve tan espesa, que hace falta cierto método para desentrañarla. A falta de otro mejor, y aún a riesgo de aburrir, emplearé uno ya utilizado anteriormente. Las cinco versiones periodísticas que he citado en orden creciente de estupidez, contienen los siguientes hechos palpablemente falsos, parcialmente falsos o no probados, a saber:… (270)

El razonamiento del investigador de la novela policial se pone en funcionamiento. Esto que se narra, ¿es ficción? Hay una progresiva desintegración de la creencia en la justicia, en la ficción del Estado. Se ha quebrado no sólo el contrato dentro del género narrativo: no se reconstituye la verdad, la justicia en el relato; sino que, también, se hace evidente el quiebre del contrato social con el pueblo. El Estado no garantiza los derechos de los ciudadanos, los viola. Sucede que el Estado no castiga a sus servidores.

Admitiendo que sea necesario -y no lo discuto- suscitar una reacción pública contra el terrorismo de abajo, ¿no es también urgente fundamentar un gran movimiento de opinión que aniquile para siempre a los terroristas de arriba, a los torturadores, a los fusiladores? (286)

3- Periodismo y verdad.

Rodolfo Walsh nace en Río Negro, en 1927. Escribe. Milita en el peronismo en los setenta, muere enfrentando a los militares en 1977.

Walsh es periodista, cuentista, dramaturgo y narrador en un género que él mismo creó trabajando con la novela policial y el periodismo de investigación. Género difícil de delimitar que, posteriormente, con Truman Capote, Tom Wolfe, se llamará no-ficción.

Había publicado Variaciones en rojo en 1953, un libro de relatos que lo habían hecho heredero de J. L. Borges, según la crítica. Su posición en el campo ideológico, a la usanza de la época, era liberal, rechazaba los “fascismos populistas” (¿?), era antiperonista. La investigación de los fusilamientos, los pormenores de la realidad, le van dando otra perspectiva.

Escribe Operación Masacre en 1957 y la Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar entre fines de 1976 y principios de 1977. Entre esos dos puntos de tensión que “mantienen viva su máquina de escribir” publica Caso Satanowsky (la serie de artículos aparece en 1958, el libro, en 1973), adhiere a la revolución cubana, participando de la organización de la agencia de noticias (cubana) Prensa Latina junto con Jorge Masetti, Gabriel García Márquez, Rogelio García Lupo, entre otros.

La empresa pudo parecer utópica. Los monopolios informativos reaccionaron ante la competencia como todos los monopolios. La guerra desatada a Prensa Latina invocó el pretexto de que era una agencia oficial. PL era, por supuesto, tan oficial como United Press, Reuter o France Presse: no hay en el mundo una agencia que no responda a los intereses de un estado nacional, o de un grupo monopolista estrechamente vinculado a ese estado. La diferencia consiste en que los países dominantes del mundo occidental prohíben ese lujo a los países dependientes. (Walsh, 1969)

Publica Los oficios terrestres en 1965, libro de relatos que incluye “Esa mujer”. Cuento que traza magistralmente los diálogos de una entrevista entre un militar y un periodista-escritor, el tema que los “reúne” es el cuerpo desaparecido de Eva Perón, su paradero.

En 1968 aparece en Un kilo de oro y en mayo de ese año comienza a publicar el semanario de la CGT de los Argentinos, central obrera presidida por Raimundo Ongaro. En 1969 publica la investigación Quién mató a Rosendo, a propósito del asesinato de Rosendo García, un sindicalista peronista en los tiempos de la CGT de Timoteo Vandor. Critica abiertamente al vandorismo caracterizándolo como una mafia. La oposición base peronista/ dirigencia burocrática deja en evidencia el posicionamiento de Rodolfo Walsh frente a lo que investiga y narra. Incurre-ingresa en la “realidad” desde el testimonio para denunciar la ficción perversa del poder.

Subvierte el relato de los trabajos de investigación periodística, asignándoles los fueros de la literatura. Opone a lo efímero de una noticia, la estructura de un relato en el formato de un libro[5]. Conocemos otro relato de los hechos, hoy, a través de las investigaciones de Walsh sobre los asesinatos del 56, el caso Satanowsky, el vandorismo, noveladas.

Veinte años de escritor y de intelectual que busca la verdad dibujan un trazo que va desde la investigación de una masacre contra los cuerpos de civiles por la Policía Bonaerense y los militares en el 56, en José León Suárez, hasta la denuncia -la carta a la junta- de las atrocidades que cometían los militares en el poder, luego del golpe de 1976.

Militancia y periodismo. La carta abierta…

Pablo Giussani en Montoneros. La soberbia armada (1985) despliega razones y argumentos para defenestrar y desenmascarar los despliegues militaristas de los Montoneros, en tanto exponentes del “fascismo extremo” dentro de un movimiento con “notorias inclinaciones” por esa forma de ver la política. No acepta la definición de “izquierda” que se les atribuye. Giussani avala la teoría de los dos demonios, presentada por E. Sábato en el informe de la Conadep, Nunca Más, según la cual no hay diferencias entre los “subversivos” y los militares (¿?).

Juan José Sebreli intenta desde, Los deseos imaginarios del peronismo, hablarnos de ese “imaginario” y se extravía en la “realidad” del peronismo. Lo califica de “dictadura militar de corte clásico, (que) derivó hacia el bonapartismo, (y que) aspiró siempre a ser un fascismo” (p. 24). Se extravía, decimos, porque del título no queda nada. Explica que él también fue fascinado por el fenómeno del peronismo imaginario y concluye exorcizando el peronismo “real” (¿?).

¿Por qué ingresan estos textos en este espacio? Son voces en torno al peronismo que se desprenden de intelectuales que transitaron los tiempos que transitó Walsh. Pablo Giussani fundó y dirigió la revista Che a principios de los 60 (medio del que fuera colaborador Walsh), trabajó en el diario Noticias y fue columnista en La opinión. Se exilió en el 76. J. J. Sebreli inició su intervención crítica a mediados de los 50 en la revista Contorno junto a Oscar Massota, David Viñas, Ismael Viñas, Rodolfo Kush, entre otros. Tiene una extensa actividad como ensayista.

Más allá de los deseos y de las realidades, hubo intelectuales que se interesaron, no directamente por el peronismo, sino por la gente, por el pueblo y por lo que vivía, sufría. Dejaron el psicoanálisis y la sociología para los que toman al “pueblo” como objeto de estudio, creando distancias insalvables. A más de uno de ellos, supongo, aún le molesta la palabra pueblo fuera del laboratorio. A Rodolfo Walsh, no.

Su experiencia en la Cuba revolucionaria, su honestidad intelectual, su amistad con Jorge Masetti (el Comandante Segundo, muerto en Salta en 1964), con Francisco Urondo, poeta y escritor, muerto en un enfrentamiento con las fuerzas armadas en 1976, la muerte en combate de su hija Vicky, el contacto que tuvo con “esa” realidad de “ese” pueblo lo llevan a transformar su máquina de escribir en una máquina de guerra. Máquina nómade, clandestina. Tanto Ancla (Agencia Clandestina de Noticias) como Cadena Informativa constituyen los proyectos más extremos de política y periodismo que encara Walsh. Intenta que textos mimeografiados y distribuidos por correo anónimamente, o de mano en mano, pongan límites al genocidio del Estado presidido por Massera, Agosti y Videla. O, por lo menos, despierten conciencias con respecto a lo que sucedía en el país. El periodico Noticias (fundado por Walsh, llegó a editar 130.000 ejemplares diarios) había sido clausurado en 1974, luego de la muerte de Perón. El país vivía horas violentas.

“Informar, se debe comenzar por informar”, dice el periodista que cité, Piglia dice:

No hay que confundir información con experiencia. La literatura está del lado de la experiencia no de la información. La verdad está del lado de la experiencia no de la información… Si tomamos los dos pares de términos experiencia-inexperiencia e información-desinformación, podemos ver cómo se relacionan. (…) El primero, experiencia-inexperiencia se refiere a la manera en que una persona da o no sentido a lo que le sucede. El segundo, información-desinformación, se refiere a un proceso social de ordenación sistemática de los hechos en el cual no surge la cuestión del significado y del sentido. La experiencia, narrar una experiencia supone poner en juego un sentido, la significación. Es una manera de incorporar algo de una manera que tiene que ver con qué sentido tiene esto, qué significa esto… Walsh estuvo preocupado por la información, pero siempre (más) preocupado por una manera de narrar esa información que permitiera acercar esa información a la experiencia… (Piglia, 1999)

Walsh en marzo de 1977, en el primer aniversario de la sangrienta dictadura militar, y luego de estar más de un año en la clandestinidad, da testimonio de su compromiso ético con su pueblo y su oficio: envía una carta abierta a la junta militar. Informa. Comparte una experiencia.

El 25 de marzo de 1977 es emboscado minutos después de dejar copias de la carta en un buzón. Debía ser capturado vivo, eligió morir enfrentándolos y no en una sala de torturas. Ese fue su último día y la carta, su último testimonio.

[1] Tomamos a estos propietarios de grandes extensiones del sur como una metonimia de los otros: españoles, alemanes, norteamericanos, etc. Los vengadores de la Patagonia trágica, libro de Osvaldo Bayer nos da datos precisos al respecto. En la película de Héctor Olivera hecha con tal investigación, La Patagonia rebelde, una de las escenas más reveladoras es la de los británicos homenajeando a Héctor Benito Varela (Zavala, en la ficción), cantando en inglés “For He’s a Jolly Good Fellow” (Es un muchacho excelente, y conocida en Argentina como Porque es un buen compañero). Otro índice de lectura muy fuerte es el hecho de que la Liga Patriótica de Río Gallegos estaba compuesta exclusivamente por propietarios extranjeros.

[2] Las referencias a Operación Masacre corresponden a la edición de Planeta de 1998.

[3] El cuento fue publicado en 1965, en Los oficios terrestres. Jorge Álvarez editor.

[4] El texto de no-ficción es una versión que enfrenta otras versiones de los mismos hechos, sólo que trabaja sin omitir testimonios, grabaciones y discursos que las otras silencian. Es una versión –otra lectura de lo real- que para constituirse narrativiza… (Amar Sánchez, 1992: 34)

[5] Los tres relatos no-ficcionales de Rodolfo Walsh surgen de notas periodísticas… ¿Qué distingue esas notas (…) de los textos? (…) una diferencia obvia: se han convertido en libros; han perdido la condición efímera y dispersa de las notas…

(…) El marco encierra el texto, de algún modo lo descontextualiza… Al crear esta distancia, cumple una doble función: lo aísla de lo exterior y permite que se lo perciba como un mundo, lo estructura como representación… (Amar Sánchez, 1992: 90-91)

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