Centrofóbal, atorrante, exiliado, periodista, fabulador, jodón… Todo eso y algo más: amigo en serio, gordo solidario, trasnochador, preocupado por el país, peronista, fumador e hincha de San Lorenzo empedernido. Cronista de los setenta –No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno, su labor periodística en La Opinión, en El Cronista Comercial-, de los noventa con sus artículos en Página/12. Todo eso y más podría decir la entrada “Osvaldo Soriano” de una hipotética enciclopedia de hombres que hicieron de sus días una vida.

La despedida a un amigo

Daniel Paz lo dibujó en la tapa de la revista Radar (Página/12) del 2 de febrero de 1997 con la sonrisa simple, las manos en los bolsillos de su enorme pantalón de gordo, caminando acompañado por un gato negro, seguramente su Negrovení. En la página dos, Osvaldo se va, se está yendo, es el mismo dibujo visto desde atrás. Cosas de la magia de Daniel Paz. Cosas de la magia del Gordo lindo que fue/ es Soriano.
Ese número de la Radar es especial, está dedicado desde el afecto al compañero de laburo y de sueños que había partido definitivamente el 29 de enero. Habían pasado pocos días y Osvaldo Bayer, Héctor Bianchotti, Isidoro Blainsten, Miguel Bonasso, Roberto Cossa, Hermenegildo Sabat, Juan Forn y muchos, muchos otros asistían, desde la palabra, tristes a la despedida de un amigo. Se había muerto Osvaldo y eso era doloroso.

Yo, entonces, entendí algo de lo que vi cuando tenía ocho años, un 1 de julio del 74. Mi papá lloraba y nos abrazaba. En las calles del barrio de laburantes en el que vivíamos, ese mediodía, se hizo de noche. Había muerto Perón. Intento expresar con este recuerdo la emoción que me transmitió la noticia de la muerte de Soriano, del futbolero, del gordo de barrio, del maravilloso artesano de relatos de una ternura tierna (ruego se me disculpe la redundancia y la torpeza de este paréntesis), de una escritura sencillita y poblada de aventuras. Sigo sin someterme a la claridad necesaria en alguien que trabaja con las palabras.

Va de nuevo. Osvaldo no era Perón ni yo era mi viejo ni los que lloraron en el 74. Pero Soriano y mi viejo y los laburantes del barrio participaron del mismo dolor. En Piratas, fantasmas y dinosaurios, Soriano escribe: “Cada noche de Año Nuevo recuerdo, aunque sea por un instante, la última que vivió mi padre. Estaba envuelto en una bata raída… No recuerdo con qué vino brindamos, pero él y yo tenemos el estómago revuelto. Todos los malos augurios se cumplen ese año. Se mueren mi padre y el General. Buenos o malos, esos hombres me tienen, todavía, en vilo. Desde el fondo de los tiempos mi padre me saluda en la puerta de su casa, con la bata raída, mientras el General escucha por última vez esa música maravillosa que es la voz de su pueblo”.
Y yo participé, aquel 29 de enero del 97, de una tristeza en la que estábamos muchos. Soriano era y es Soriano, es decir, un lugar que reúne a los amigos. Voy a convocar a algunos de esos muchos.

Amigos

*En la Agenda Cultural de El Tribuno de ese domingo 2 de febrero de 1997 se lee “Soriano” y una pluma se extiende alargando la R, la colita de la R. La caricatura de Soriano —su gran calva, sus ojos risueños y la barba, la izquierda con un cigarro y un gato negro fundiéndose con ese rostro y mirándolo— nos sonríe.
*Isidoro Blaisten lo recuerda como un gran fabulador, dice que “Osvaldo siempre supo que la literatura es la más bella de todas las mentiras…”, y tiene razón. Osvaldo confesó alguna vez que a él le interesaba más San Lorenzo que la literatura.
*Roberto Cossa escribió en enero de 1997 —también en la Radar—: “Ya hace mucho tiempo que aprendimos que uno se muere de un día para otro. Que podemos seguir caminando por este mundo pero que viajamos dejando despojos… El miércoles 29 de enero se murió Soriano. Y vivir sin Soriano será como morir otro poco”.
*Osvaldo Bayer recordaba a su amigo, aquellos días, con algunas anécdotas (como aquella en la que Osvaldo es contador oficial de patos y cisnes en el exilio en Bruselas…) y con la certeza de saber que era un buen tipo, “un protagonista de su tiempo histórico” que “no se refugió en la torre de marfil ni colaboró con dictadores, ni tuvo doble mensaje con la ética…”.
*Hace un año yo escribía en estas mismas páginas: “Una imagen que me hice de Soriano a lo largo de los años fue la de un tipo en camiseta que se extraviaba en novelas escritas por él mismo.”
*En octubre de 1999 estuve en Bahía Blanca participando de un congreso de literatura argentina. Fue todo como de película, yo había caído con lo puesto y Claudio, un estudiante de Letras que no me conocía, me refugió en su casa. Tuvimos una extraña complicidad… nos extraviamos en proyectos y amigos comunes, en la idea de publicar revistas, de escribir… Un aire que conocía circulaba en esos días en esos estudiantes de Sociales. Nos sorprendimos hablando de política, de literatura, de la militancia en los 70. De tipos que habían intentado y eran de verdad… de Osvaldo Soriano, su literatura, su vida.
*Estos días hice una especie de encuesta sobre Soriano entre amigos. El Chuni lo recordaba con cariño por ese relato que publicó en el Página entre muchos, “El penal más largo del mundo”. Esas cuantas palabras que nos transportan a la cancha del pueblo y al mundo todo de la emoción y la pasión futbolera. Silvia y Gabi se pasaron toda una tarde leyendo juntos Una sombra ya pronto serás, encontraron que ese relato de viaje tenía una cosa indescriptible, mezcla de ternura y tristeza, una extraña melancolía que envolvía a esos aventureros que buscan sin saber qué en los caminos, en las rutas.
Osvaldo tenía esa capacidad: convocaba a la amistad y a los proyectos de horizontes abiertos a los que se animaban a encarar la ruta. La vida.

Escribir sobre…

Me cuesta mucho escribir sobre Soriano quizá porque no fue sólo un escritor. Los que lo conocieron, sus amigos, nos han trazado retratos llenos de vida, de ocurrencias y de amor. El afecto es un buen lugar para vivir y también para burlar a la muerte -ese impasse que nos deja distantes de todo, o casi todo. Han pasado algunos años y Osvaldo Soriano está ahí, enterito con su sonrisa y sus historias delirantes. Está en la felicidad que nos provoca en cada uno de sus libros, en la radiografía impresionante del peronismo de los 70, del país de los 70, que narra en No habrá más penas ni olvido, en su artículo del 75 sobre Gatica y el peronismo del 45: “José María Gatica. Un odio que conviene no olvidar”. En esa aventura delirante, A sus plantas rendido un león, que transcurre en una república bananera africana e imaginaria con un argentino extraviado y embarcado en la guerra de Malvinas, desde allí… En la tristeza de ese viaje en busca del padre que escribió en La hora sin sombra, su última novela y a la vez, como quiere Juan Forn, su novela de iniciación.

Subvertir el orden de la obra de Soriano, dice Forn, no sería errado. De modo que Triste, solitario y final, novela del 73, debería leerse como la despedida de Osvaldo. Alguna vez escribí que esa novela era una de aventuras y es así y no. Encontrar a Phillip Marlowe —el detective de las novelas policiales de Raymond Chandler—, a Stan Laurel, al mismo Soriano (todos antihéroes con una ética vapuleada pero intacta) en la Hollywood macartista de John Wayne es, realmente, una aventura. Pasa que la escritura de Soriano es una y varias. Escribe historias sencillas que remiten a cosas complejas y muchas veces esa complejidad lleva a discusiones y confusiones que se resuelven de la manera más simple: abre cabezas. Soriano es un irreverente que pone al alcance de todos lo que algunos suponen patrimonio de pocos.

Carta de lectores

Una carta de lectores, esto es una especie de carta de lectores. Es casi seguro que estas palabras van a ser desplazadas por otras (o no). Digo una especie de carta y no es eso en realidad. En realidad es como un abrazo que alcanza a los que aprendimos a quererlo a través de sus ficciones, nosotros sus lectores. Cómo expresar que Una sombra ya pronto serás, que Triste, solitario y final, que No habrá más penas ni olvido no son sólo títulos de algunas de sus novelas, sino y sobre todo un recorrido, un viaje que no olvida que las sombras y que el final están para comprometernos con sus resonancias. Para decirnos que las palabras están y son para confundirnos–mezclarnos y despertarnos a otras vidas, otras historias. Para vivirlas…

Cuarteles de invierno, de Lautaro Murúa

No habrá más penas ni olvido, de Héctor Olivera, en www.youtube.com/watch?v=hiyJDXVhkFE

Artículo publicado en enero de 2003, en El Tribuno

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