He tenido que revisar papeles depositados hace años en cajas de resmas (papeles que inexplicablemente no se han perdido como los otros que sí lo hicieron y que, por lo tanto, ahora ya no son…), esos que dejan en las manos una sensación de polvo y de tiempo; o mejor, una impresión en las manos de la suciedad del tiempo.
Fernanda me había invitado a escribir algo sobre algo. Hablamos, en principio, de la proximidad de dos fechas: el 10 y el 12 de febrero, nada extraordinario ni relevante, es más, estaba el 11 de por medio. Claro que había otra cosa, el día 10 de febrero de 1952 moría Macedonio Fernández, el 12, de 1984, nos dejaba o simplemente dejaba de estar por acá Julio Cortázar. Dos enormes escritores.
Vuelvo a lo de más arriba. Y bueno, “algo sobre algo” tenía reminiscencias platónicas, metafísicas y busqué “algo” en esos papeles. Encontré notas sobre Macedonio (es involuntaria la alusión a unas notas de Ricardo Piglia sobre Macedonio), notas que había escrito por el 94 o 95 para referirme a la narrativa contemporánea.
Era extraño, en aquél entonces trabajaba fervientemente en el dibujo de un relato que, no sin soberbia, llamaba literatura argentina.

Fantasmas

Macedonio estaba allí, tan fantasmal como lo retratan esas fotos de los 40 en las que un señor estrafalario de pelo y barba blancos y largos nos mira con la perfecta indiferencia de un fantasma. Pensaba —pienso— que Macedonio es eso: un fantasma que estuvo, está y estará acechando en toda la literatura argentina.
Ya lo había vislumbrado en La ciudad ausente, una novela que de alguna forma es una de las novelas que Macedonio auguraba para el futuro, a principios del S. XX; lo había entrevisto en la ficción teórica “Notas sobre Macedonio en un diario” (texto que se presentó solo, más arriba) que está en Prisión perpetua, ambos de Ricardo Piglia.

Lo había entrevisto en J. L. Borges y los jóvenes del 20 del siglo pasado que lo admiraban e imitaban, si es posible imitar a un fantasma. Borges aseguraba que lo habían imitado hasta el plagio. A propósito de esto, el señor Fernández escribía: “Nací porteño y en un año muy 1874. No entonces enseguida, pero sí apenas después, ya empecé a ser citado por Jorge Luis Borges, con tan poca timidez de encomios que por el terrible riesgo que se expuso con esa vehemencia comencé a ser yo el autor de lo mejor que él había producido. Fui un talento de facto, por arrollamiento, por usurpación de la obra de él”.
Para muchos era otro más de los personajes de Borges, como Bioy o como el mismo Borges.
Recupero lo que escribía en el 94, 95: “La literatura que habla de la literatura demanda lectores que participen del juego. Las lecturas-escrituras de la ficción contemporánea, representadas por narradores ‘no novelistas’ como Ricardo Piglia, Andrés Rivera, Juan José Saer, constituyen un bucle más en el rizo vislumbrado por Macedonio. La imposibilidad de ‘hacer’ novelas a la manera realista decimonónica, está exhibiendo un clima en el que la mirada omnisciente da paso al fragmento, a la ciudad esquizofrénica; ‘… la ciudad que construye Macedonio será la ciudad del futuro’, sugiere Piglia. Romper cánones, explorar otros textos desde lo literario es la función de una más de las formas que tiene el hombre de dibujarse o, por lo menos, de recordarse; o, como dice Macedonio y/o Renzi, de recrearse a través de esa ilusión de falsedad que es la literatura”.


Macedonio Fernández leyó la conferencia “Teoría de la novela” por radio en 1928. Piglia analiza los vínculos de Macedonio con las corrientes y escritores argentinos, y el impacto recibido en ese entonces por el uso de la radio como un medio masivo de comunicación.

Metafísica —uno de los géneros de la literatura fantástica, según Borges—, el pensamiento puesto a pensar, el transcurrir de los tiempos y de los lugares que nos sirven como coordenadas para pertenecer a algún mundo. De algún modo.
Macedonio se animaba a desandar caminos y a indagar en la no existencia, se experimentaba en la vida y en los límites del lenguaje. (Estoy creyendo a medias en lo que escribo, pasa que aún no se ha dicho nada y mucho menos con respecto a nuestros prejuicios, a nuestras percepciones con res-pecto a lo que son las cosas y las palabras.)

En esas notas —las mías del 94 o 95—, también leo: “Se impone, entonces, la conformación de un corpus que dé cuenta de las posibilidades desde y en la escritura. Macedonio Fernández, Witold Gombrowicz, a principios de siglo, inauguran en la Argentina registros ininteligibles para aquel tiempo. Están apostando a una literatura sin Literatura. Expresan una crítica al ambiente intelectual de entonces”.


“2.VI.67.-El pensamiento negativo en Macedonio Fernández. La nada: todas las variantes de la negación (paradojas, non-sense: anti-novela, anti-realismo). Sobre todo, la negatividad lingüística: el placer hermético. El idiolecto, la lengua cifrada y personal. Creación de un nuevo lenguaje como utopía máxima: escribir en una lengua que no existe. El fraseo macedoniano; los verbos en infinitivo; el hipérbaton. La sintaxis arcaizante del habla popular: ‘Una gramática onírica’, dice Renzi”.
“2.V.71.-La poética de la novela. Polémica implícita de Macedonio con Manuel Gálvez. Ahí están las dos tradiciones de la novela argentina. Gálvez es su antítesis perfecta: el escritor esforzado, ‘social’, con éxito, mediocre, que se apoya en el sentido común literario. Hasta que Witold Gombrowicz no llega a la Argentina se puede decir que Macedonio no tiene a nadie con quien hablar sobre el arte de hacer novelas (Ricardo Piglia, Prisión perpetua)”.
La dimensión de esta propuesta será entendida y literaturizada a partir de escrituras tales como las de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar…”.

Recuperar a la Eterna

Y continúan —mis notas— de este modo por unas cuantas páginas más, en ese tono próximo a la academia y al más largo de los aburrimientos… Eso de “corpus” quiere significar grupo de libros o de textos que comparten una poética, una forma de ser. “Escritura” es un prurito —de hombre léido— por literatura. Bueno, lo de “registros ininteligibles para aquel tiempo” es sencillamente ininteligible para cualquier tiempo —gajes de la formación de un teórico devenido crítico literario. Lo cierto es que, y aquí concluyo este registro muy intimista, quiero rescatar las citas de Piglia y lo que entonces yo arriesgaba a propósito de la escritura de Macedonio. Y, en ese gesto, adivinar al fantasma riéndose de lo que sigue despertando su inefable apuesta por el no-ser, por el no-escribir a la que se aferró en los años en los que se “dedicó a vivir” en piezas miserables de Tribunales, buscando recuperar a la Eterna, a Elena. Todo un libro está —y no: porque no es un libro, no es una novela— dedicado a ella en El Museo de la novela de la Eterna que comenzó a escribir en 1904 y que continuó asediando hasta 1952. Es decir, su no novela que Adolfo Obieta, su hijo, publicó en una de las posibles versiones en 1967.


Raúl Scalabrini Ortiz había preguntado en El hombre que está solo y espera: “¿cómo presentar a un metafísico que escribe novelas? o ¿cómo hablar de un novelista que hace metafísica?”, solicitando respuestas improbables y del todo inútiles.
En “Una novela que comienza” Macedonio escribe para siempre: “He fracasado como escritor —quisiera acordarme de algo en lo que no haya fracasado para mostrar que hay variedad en mis andanzas. Me parece que para conversar desde la esquina con un vigilante que tiene frío, a las dos de la mañana, farol más o menos y un tranvía quejándose al doblar de calle, me he señalado. Mi conversación (…) tiene, según me lo he oído decir a mí mismo, el atractivo de la oportunidad… Fuera de esto con los sacudones de la vida se me han caído de la memoria algunos otros éxitos recordables”.
Parece que sigo pensando igual o por lo menos parecido, que no es lo mismo, a como pensaba entonces. Han pasado muchas cosas, muchas palabras y la “literatura argentina” que pretendía relatar entonces ha quedado reducida a unas pocas páginas por las que han sido el tiempo y el olvido. Sin embargo, algo perdura en ellas: el presentimiento del olorcito de la letra de Macedonio que se huele en los libros de Cortázar, en los de Borges, en los de Piglia. Es decir, en esa ilusión de falsedad que es la literatura.



“Notas sobre Macedonio” se publicó en la revista Nexo, el 20 de abril de 2003.

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