“‘No me dejés solo, hermano’. Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba”.

La semblanza “José María Gatica. Un odio que conviene no olvidar”, escrita por Osvaldo Soriano, se inicia de este modo. Hay en esta evocación del recorrido vital del boxeador puntano toda una atmósfera, un clima que reúne a muchos amigos.

Leonardo Favio cuando hizo “Gatica, el mono” le robó unas líneas a Mateo, el viejo que va a ser el primer asesinado en No habrá más penas ni olvido (1982): “Yo siempre fui peronista: nunca me metí en política”. Gatica dice: “Yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”. Y también dice: “Mono, las pelotas. Sr. Gatica. A mí se me respeta, ¡carajo!”.

Leer la nota que escribiera Soriano en 1975, la novela del 82 y ver la película de Favio nos puede dar una idea muy particular del lugar que ocupan hombres como Gatica durante la década del primer peronismo. Hay todo un clima, reitero, que logra ser captado a partir de entender que esos momentos fueron grandes lugares de nuestra historia, aunque hoy se pretenda negarlos.

José María Gatica es arrollado por un ómnibus frente a la cancha de independiente el 10 de noviembre del 63, tenía treinta y ocho años y estaba acabado, seguramente el alcohol en su sangre aquel día era demasiado.

Nunca fue un proletario como querían los de izquierda; era, para ellos y para los pitucos de la platea, el típico “lumpen”. Y sí, era así la cosa, Gatica era analfabeto, no tenía “conciencia de clase”, era apenas uno más de los millones de provincianos que bajaban a la capital.

Y no. “Gatica y Perón son lo más grande que hay”, decía y era sincero. Como cuando subía al ring y se rompía el alma entre las sogas. Como cuando gambeteaba la miseria en su pago natal. Como cuando luego del 56 volvió a la villa y vivió de la caridad y de la burla de los demás…

Osvaldo Soriano escribe: “Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos –los lustradores- y les destrozaba los cajones a patadas a cambio de unos billetes de mil. Pagaba con una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park. Unos lo miraban con respeto, otros se reían de él”.

Y no. Gatica era consciente del hambre y de la miseria, había llegado a Buenos Aires a los siete años y desde entonces se ganó un lugar en la calle como lustrabotas. “Fue noticia para los diarios el día que una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas de aleccionadora compasión. Curiosamente, el Mono sonreía”, continúa Soriano. Y sigue: “Adhirió fervorosamente al peronismo y su esplendor y caída desplegó la misma parábola en el almanaque: levantó sus brazos en 1945 y los bajó, vencidos, en 1956”.

“José María Gatica, un odio que conviene no olvidar”, tituló Osvaldo Soriano su artículo periodístico del 75. Hay allí, en esas páginas abigarradas de memoria, gestos, calores. Vida.

Este artículo tiene más de 10 años. Entonces, “Perón. Sinfonía de un sentimiento”, de Leonardo Favio, comenzaba a circular con la frescura del desenfado. 

Junio, 2011

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