Por Pamela Rivera

Presente a lo largo de la historia en todas las culturas, la poesía habla de nuestra humanidad común. Señala los asombros que nos rodean y nos impulsa a leer aquello que cotidianamente forma el tesoro de nuestros días. Podría ser llamativo que códigos tan occidentales como la letra y la expresión poética hayan sido elegidos por la Unesco para apoyar la diversidad lingüística y fomentar la visibilización de aquellas lenguas que se encuentran en peligro. Sobre todo, si pensamos en la poesía de los mundos indígenas que, no está de más decir, no estarían en peligro si la vida y dignidad de sus pueblos, sus hablantes, no se vieran constantemente vulneradas por los “avances del progreso” y el abandono del Estado. No obstante, una noción de poesía como “aquello que se contiene en las maravillas de este mundo” excede lo estrictamente ligado a la letra. Es decir, la alcanza y la rebasa.

Olhamel Otichunjayah

La cultura nolhamelh (wichí), en la provincia de Salta, es una de las tantas que respiran actualmente junto a la vegetación y los animales del monte chaqueño. Dueños de una oralidad que fluye serena junto a las aguas del río Pilcomayo, las comunidades costeñas han conservado las palabras de sus abuelos. Y, junto a ellas, anida la poesía de una mirada del mundo que se contiene y reverdece en la tierra que habitan: “Iche ‘mak tä oyäme, häp lhaka thänhäy p’ante ihanej tä itetshan ‘mayhay tä i’pe honhat, wet iche ‘mayhay tä yen silätwosa, mälhyej iwoye ta oyämene afwenchey tä ‘yiphen./ Los viejos tienen otra historia, ellos siempre miraban las cosas que estaban sobre la tierra, al igual que los cantos de los pájaros”. Los wichí leen los signos del mundo natural, los sonidos, los colores, los sabores y las temperaturas de un espacio que los rodea y los abraza en cada sendero del monte.

Hace más de veinte años, Laureano Segovia inició el camino de la escritura nolhamelh (wichí) conservando fragmentos de la vasta literatura de tradición oral de su pueblo. En Olhamel Otichunjayah. Nuestra memoria (1998), muestra su trabajo con las palabras que fue registrando en grabaciones de casete:

“Wet ifwalasna nemhit tet iwoye ifwalas tä pajche, nech’e iche ‘mayhay tä ‘ya’wen, nemhit atha lha’näyij, nech’e iche mensajes tä tälhe chinaj, nech’e iche radio. Mat ifwalas tä pajche wichi itetshan. Wet is chi ‘namel ‘yatichunchepej täjna. Lhä’wet p’itseyhay wuj tä p’elitses p’ante, lhä’ye lhip tä atha lhamel le’näyij. Häp tä is chi ‘namel ka’yap’ethatahlä häp ‘mak tä lhatetsel iwoye p’ante. Tsi ifwalasna kamaj ‘ya’wenhit’a chi ‘wenha lhamej lha’näyij.

Iche iyhäj ‘mayhay tä lhamel itetshan, häp ‘mayhay tä ihi pule. Chi lhamel yenlhi ‘mak at chi häpe, wok iwatlä chi tutchey, wet itetshan katetsel tä lhamel yokw, patselhay. Chi tajo le’wet, nech’e lhamel tachume lakhäy, nech’e itihchä. Iche lyhäy katetsel, lhmel yokw, tseyhes. E, lhamel itetshan häp kates lhokwetaj, häp tä lhamel yen tetneka.

Nilhokej ‘mak at chi iwatlä chi yenlhi, häpe t’at ‘mayhay tä itetshan, tsi lhamel ihanhiyet’a fecha wok nekchä. Lhamel itetshan ha’läy tä äp nichäte lewhäy, wet lhamel nitäfwelej. Lhamel yokw, “La, inawop”. Elh hi’no yokw, “La, äp onichäte inawop”. Mälhyej p’antetso wichi tä thänhäy p’ante. Wet ifwalasna nech’e olhamel ohanej tä otetshan le’wetes ‘mayhay tä owoye ta fwi’yetil, nahayoj, inawop, yachup.

“Hoy ya no es como antes, para la gente ya no es tan difícil, nosotros a veces tenemos mensaje por radio, pero como antes no había radio la gente escuchaba el canto de los pájaros. Nosotros tenemos que acordarnos del sufrimiento de los antiguos. Antes también había otras formas de mensaje, por ejemplo, las estrellas, cuando llegaba el tiempo ellos miraban y cuando veían a patselhay sabían que llegaba el tiempo de la siembra. Viendo las estrellas ellos tenían un calendario, veían a tseyhes y se daban cuenta de que había pasado el invierno, y de esa forma ellos podían tener su calendario.
Ellos observaban con respeto a las constelaciones, no usaban fechas, no tenían calendario como ahora. También observaban los árboles, cuando éstos florecían marcaban la primavera. Cuando llegaba la primavera se ponían contentos, sabían que llegaban los buenos tiempos. Así eran los antiguos, hoy en día tienen calendario”.

Neyen

Leer la tierra en un mundo marrón donde el monte, el río y su gente son protagonistas. La poesía observa con ojos de niña y nos recorre por dentro, hunde sus raíces en las palabras. Liliana Ancalao, poeta patagónica, escribe en Resuello. Neyen (2018): “Con inmensa responsabilidad traigo acá estas palabras, como ser humano de este planeta, como mujer, como parte del pueblo mapuche, un pueblo que, después de una hecatombe, viene juntando lentamente sus pedazos”. La escritora redescubrió el mapuzungun con posterioridad a la lengua de la conquista, esa palabra de la escuela y la vida en la sociedad blanca. Entonces, la lengua mapuche se convirtió en un medio, un camino hacia el corazón.

WUTRE
pu zomo engu wütre

iñche kimun wütre feichi pichizomongen
guardapolvo mew
dumiñkuley
iñche ñi chaw ñi rambler clasic amulafuy
müley iñ namuntuael eskuela mew
katrütuantüiñ
chip u wafün foro kataeyew iñ pichi ilo
iñchengefun kiñekeluku kutrafulu
pifuiñ müna wütre
ta iñ leliael chi puzüngu ñi kuyuan
iñ kompañküleael

chip pu ñuke kom
wütreleyngun
iñche ñi ñuke pichizomongey
cushamen mew miawi alpargata mew piren mew
kintumapulu pu kapura
iñche konümpanien ñi ñuke
ñi chokonkenamun
ka kiñe weshazuam kapura
tufey engün pofo ñamlu
ka müley ñi kintuchenorume

ñi ñuke eñumngeeiñ mew
feyngey kiñe konkülen
müley ñi eñumngeael pichikeche
ruku furi namun pilun
feypi kiñeke mew tripapayantü ka feyengün takueleinün
tremtremyelu am pu lipang
müley iñ wellimael tüfey pichikechangkiñ
ñochizüngun mew

welu chi wütre rumel ngelay
iñche kim
tüfey pun epulef lof mew
umerküleiñ wallrupa mew iñ piwke lifmapu mew
eufemia ürkütufuy kamarikunpurun mew
ka chi pun reyimi ñi pichikal chi kachu mew

EL FRÍO
Las mujeres y el frío

yo al frío lo aprendí de niña en guardapolvo
estaba oscuro
el rambler clasic de mi viejo no arrancaba
había que irse caminando hasta la escuela
cruzábamos el tiempo
los colmillos atravesándonos
la poca carne
yo era unas rodillas que dolían
decíamos qué frío
para mirar el vapor de las palabras
y estar acompañados

las mamás
todas
han pasado frío
mi mamá fue una niña que en cushamen
andaba en alpargatas por la nieve
campeando chivas
yo nací con la memoria de sus pies entumecidos
y un mal concepto de las chivas
esas tontas que se van y se pierden
y encima hay que salir a buscarlas
a la nada.

mi mamá nos abrigaba
ella es como un adentro
hay que abrigar a los hijos
el pecho la espalda los pies y las orejas
dicen así y les crecen las ramas y las hojas
y defienden a los chicos del invierno
y a veces sale el sol y ellas tapando
porque los brazos se les van en vicio
y hay que sacarles despacio
con palabras esos gajos

pero el frío no siempre
lo sé porque esa noche en aldea epulef
dormíamos apenas
alrededor del corazón al descampado
eufemia descansaba el purrún del camaruco
y la noche confundió su pelo corto con el pasto

La mirada indígena sobre el mundo se reúne con coordenadas femeninas en la poesía de Liliana Ancalao. El frío de la intemperie en las ciudades se siente en el cuerpo y se hereda de madres a hijas. “Y estamos entrampados”, dice esta voz del sur. El recuerdo de la madre y la lengua indígena son ese útero caliente al que conduce la palabra poética. “Es la trampa del capitalismo”, anuncia Liliana. En su historia, hay una herida: “Un antes y un después del momento en que la primera bala del Winchester trizó el universo. El rifle que el capitalismo compró al ejército argentino-chileno para que nos eliminara”.

La historia del pueblo mapuche, como la de otras comunidades indígenas latinoamericanas, es una danza, el purrún, y una lucha por la restitución de tierras y respeto cultural. Es también un proceso de migrancias hacia otras ciudades y otra lengua, los desplazamientos. Liliana vuelve literatura su historia de vida y cuenta cómo sus padres abandonaron el mínimo terreno que les asignó el Estado argentino después de la “guerra del desierto”. Fueron a vivir a la ciudad, debieron “cambiar el ciclo de la siembra y el ciclo de las pariciones por un empleo, un salario, honorarios y patrones”.

Comparsa

La ciudad es justamente el espacio que circulan los indios comparseros de los poemas de Jesús Ramón Vera. En las noches de carnaval, con los calores del verano y las voces en los altoparlantes, los habitantes de los barrios de la cuidad de Salta visten sus trajes y gorros emplumados para celebrar a un antepasado indígena que reconocen desde los márgenes de la sociedad salteña. El orgullo de vestir una identidad compartida y sostenida en representaciones indígenas diversas les da a los comparseros el don de la voz para el canto y el aliento para danzar en las avenidas donde se realizan los desfiles de los corsos salteños. El recuerdo de la ternura y el abrigo de la madre ante la intemperie del mundo, el desarraigo de los orígenes y una lengua propia sentida como un vacío atraviesan este poema de Jesús Ramón Vera, incluido en el poemario COM.PAR.SA (2001).

El niño
Va con su traje de indio, con apliques de villa 20 de febrero cosidos por su mamá Carmen, quien lo acompaña por la avenida.
Llueve y hay lluvia. Es domingo y es último día de carnaval.
Son pocos los que no quieren irse. En el palco oficial ya no hay nadie; los premios, las menciones, el consuelo, fueron otorgados.
Una comparsa sola pasa cantando una chaya, con el cartel y las plumas mojadas, agrupados para escucharse el alma y verse los canutos. Los espejos reflejan lo que han dejado las estrellas.
La madre lo acompaña hasta el súper salta de la zuviría.

Mañana temprano comienzan las clases en la normal y debe repasar la tabla del nueve.
Los botones estarán bien cosidos.
El delantal totalmente blanco.

Esta es la palabra poética que nombra al mundo. Lo revive, resiste a la desidia y al abandono. Nos dice de la belleza de la humanidad. Es ese ahogo y ese respiro. Un murmullo en el monte chaqueño, un aliento en la lengua encontrada, una pausa para el sueño de un niño.

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