Por Federico Carrizo*

Mientras escribo este artículo suena de fondo el tema del Indio “El martillo de las brujas” (malleus maleficarom, en latín). El libro “El martillo de las brujas”, editado en 1487, sirvió durante más de 2 siglos como una eficaz herramienta del poder constituido por la Iglesia y los estados europeos para perseguir a las hechiceras, a las mujeres que no aceptaban el injusto orden social impuesto y por el cual eran consideradas seres inferiores e inclinadas al mal y al pecado.
Escribo este artículo en el contexto de la pandemia mundial y soy testigo de las ruinas de una sociedad que está en el final de su carrera. Los procesos históricos nos han enseñado que las civilizaciones se desarrollan a la par de una religión que la legitima, la cimienta y la sostiene y cuando la religión decae, la civilización comienza su proceso de decadencia hasta que ambos mueren. En el siglo XIX Friedrich Nietzsche miraba a Europa y anunciaba la muerte de dios, a pesar de que la postal europea impresionaba con sus catedrales y abadías. Era el principio del fin…

Brujas por la ventana.


Cuando cumplí 10 años, mi tía Chola me regaló un libro con muchos cuentos ilustrados; hacia la mitad del libro había un dibujo de un cura que rezaba con un crucifijo en la mano mientras miraba por la ventana cómo volaban las brujas que lo acechaban de noche. Esa imagen fue muy perturbadora para mí; llegaba la noche y miraba de reojo la oscuridad por si pasaba volando alguna bruja en una escoba… Y ahora me transporto en el tiempo: 19 de agosto de 1391, París; la Iglesia quema a su primera bruja, Jeanne de Brigue, y así como los cristianos aborrecen a la serpiente del Génesis porque incitó a Eva hacia el pecado, los tribunales eclesiásticos condenan a las brujas a la hoguera porque el proceso es una línea recta, es la mujer quien se dejó subyugar por la serpiente y esa es una característica de todas las mujeres para el cristianismo, religión y civilización que se impusieron a través de violencia, procesos, tribunales, encarcelamientos, tortura y hogueras de la inquisición. Las cremaciones públicas de “brujas” fueron la antorcha que iluminó a Europa desde el año 1391.

La primera mujer condenada y quemada viva, acusada de brujería, era una campesina pobre, solidaria con sus pares, y amiga de mujeres golpeadas por sus maridos. Este primer proceso que inaugura miles de cremaciones se apoyaba en los versículos del Éxodo: “No dejarás vivir a la bruja” (22, 17). Eso justificó que durante varios siglos miles de mujeres fueran quemadas vivas.
¿Por qué razón sucedió esto contra las mujeres? ¿Por qué se permitió semejante aberración? En la Biblia hay un paraíso donde viven Adán y Eva, desnudos. Ahí, el hombre es un salame, un gil (como se dice ahora) y la mujer es inquieta y curiosa. Allí hay un árbol prohibido porque es el “árbol del conocimiento”, y conocer solo le está permitido a dios; por lo tanto, si el ser humano conoce puede pecar y, entonces, siguiendo esta secuencia, el cristianismo persigue a la “bruja” porque encarna a la mujer que sabe y que procede de Eva, quien, al querer conocer, precipitó la salida del paraíso terrenal, a la sazón.
Para el cristianismo, la mujer es la esencia del pecado, es la tentación, ella encarna el sexo y, además, contrajo una relación con la serpiente, que es satanás. Por eso, las mujeres están condenadas a parir con dolor y a obedecer a los hombres. Sigo con el relato bíblico. En el Antiguo Testamento Eva genera el mal; en el Nuevo Testamento se celebra y reza a una mujer (María), siempre y cuando sea virgen y a la vez madre… (¿?) Si hacemos una mirada del cristianismo a lo largo de la historia, podemos ver cómo esta civilización se construyó sobre el odio y el desprecio hacia las mujeres.

Todos creen en los demonios y las brujas.


Vuelvo al dibujo del libro. Las brujas volando en un palo de escoba… creencia que viene de la Edad Media: las brujas volaban en noches de luna llena, cabalgando sobre un palo de escoba, para acudir a un aquelarre donde entre todas planificaban sus maleficios sobre la sociedad cristiana. Para los inquisidores, el símbolo de la escoba representa la impureza como motor del mal, del pecado, de Satanás. En este sistema de pensamiento podemos ver que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, san Agustín, Tomás de Aquino, la escolástica, la patrística, todos creen en los demonios, en Satanás, en Lucifer, de igual modo que creían en las brujas, a las que quemaban vivas. En este sentido, los inquisidores comparten también el mismo pensamiento mágico que dicen combatir, agua bendita, sal exorcizada, ramos bendecidos en la misa de domingo de ramos (se sigue usando en las casas de Salta), estampitas, ceras bendecidas; es decir, costumbres de la Iglesia, una versión bendecida de insensatez.

Los inquisidores masacraron a miles de mujeres creyendo que su carnicería les abriría las puertas del cielo, y lo único que hicieron fue hacer de la tierra un infierno; mientras tanto, se encomendaban a dios. Según el Manual del Inquisidor, redactado en 1376 por el teólogo dominico Nicolás Aymerich, “hay que creer y obedecer al pie de la letra, el que no haga esto es un hereje y al hereje hay que denunciarlo, perseguirlo, acorralarlo, interrogarlo, torturarlo, obtener su confesión y castigarlo”.
Con “El martillo de las brujas” (1487), la brujería es considerada por la Iglesia Católica una herejía y le pasa factura a Eva, haciéndole pagar a todas las mujeres su rebeldía.
Concluyo el texto con la misma canción esperando escribir pronto la segunda parte…

Salta, otoño 2021.

*Profesor de Historia, conduce programas de radio

En el siguiente link, “Las brujas y los aquelarres”, documental de la RTVE

https://www.rtve.es/alacarta/videos/la-navaja-de-ockham/navaja-ockham-brujas-aquelarres/5462485/

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