Ahora anochece, estoy cansado de mí mismo y de todo el resto, me estoy emborrachando muy lentamente mientras mastico la segunda novedad del día, que no quiero ni puedo apuntar antes de tirarme en la cama a la espera de que el sueño me traiga olvido.
J. C. Onetti

uno

Dice que ha escrito una novela.
Que ha encontrado triste el escribir esa novela.
Que un poco más de alcohol y no llegaba a ver que esa novela escrita era.

Me ha visto y se ha acercado con el vaso en la mano. He escrito una novela, una cosa lamentable; me ha dicho mi amigo Abel borracho, triste y con una sonrisa que le queda mal.
Y yo sé que me dice la verdad, que ha estado muy mal y que nadie le ha tendido una mano. ¿Importa?, me ha preguntado y me he acordado de Johnny, ese saxofonista drogadicto y alcohólico, amigo de Bruno.
Él sabe que yo he sido uno de los pocos amigos que intentó entenderlo. Uno de los pocos amigos que tiene; no por bancarle los bajones, sino por estar al borde, como él. Porque he estado a punto de caer más de una vez en una de las noches, en una de las nadas.

¿Vas a volarte de los días?, ¿vas a sacar los pies del círculo? No, no tengás miedo… Escucho timbres, pasos. La cosa es así, escuchá: la puerta está cerrada y estoy fumando. Hendrix agoniza, y el cigarrillo no habla aún. He terminado una novela y no sé si la he terminado y el timbre y el timbre sonando. Mañana o uno de estos días ha sido escrita. Muertos hay en ella hay poemas y también desorden mucho, desorden, sí, hay mucha… bronca, soledad. La misma de siempre, pero distinta. ¿Vas a irte del sol?
Una pausa, una pausa chiquita, decime que no importa, que mañana está mañana, será mañana; que no importa, que hoy no importa.

He tenido que mirar para otro lado. Abel no me miraba, es cierto. Pero no he querido que su rostro quedara en mí, en mi memoria. Él ha hablado sin mirarme. Hay una especie de distancia en lo que me dice, me ha dicho. Los dos sabemos —yo creo que los dos sabemos— que ya es tarde. Que ya no se puede mirar de frente y mucho menos para atrás…
Me voy -me ha dicho Abel, y no he sabido qué hacer, qué decir. Me explica que ya no puede, que no quiere, que los timbres, que una mujer, que la revolución, que no llega. La cosa no tenía por qué ser así. ¿Sabés que no voy a ver otro silencio? ¿Sabés que mañana ya no está en el lugar que mañana tenía ayer?
Es torpe, tan… todo. Torpe. Todo… tan así. Yo mirando los ojos de mis manos, vos pensando que estoy loco y que lo mejor sería irte para no contaminarte de mí. Ha dicho.

Uno de los libros de Abel tiene una cosa extraña. Me habla desde adentro; es decir, lo leo y no surgen las cosas desde sus páginas: salen de mí. Soy yo, dicho por la letra delirada. Soy yo diciendo lo que leo. Es mi voz en un libro escrito por Abel. Él construye esa dimensión desde su locura. Él no está, no existe y es él y soy yo y somos todos y yo he escrito el libro escrito por Abel.

Fuimos en una luna triste. Fuimos en ella, la noche. Dejaste solar en esa dirección. Yo quería que despertase el mundo. Yo me voy a ir, entendeme. Me ha dicho Abel. Ha caído para siempre el signo en la sangre. Son manchas en la sombra. No voy a llegar, ¿por qué soy en la violencia de mis manos destruyendo, rompiendo papeles, poemas en la noche que no acaba más?

Torpes han resultado mis palabras y aun mis silencios: espero en vano que él me mire a los ojos para saber si aún tiene sentido estar aquí, escuchando cómo se va en divagaciones. No puedo manejar los tiempos, los verbos, la sintaxis. Él está desmoronándose de nuevo y yo pienso que he incurrido en usos incorrectos de los verbos, los tiempos. Que no sé escribir y que es una pena…

Voy a morir, sabés bien que voy a morir. Voy a morir para siempre. Una muerte definitiva me viene… ¿me oís? No me entendés. La muerte no alcanza (¿sabés que voy a morir?). Decime que sí; decime que alcanza; decime que me calle; que no importa. Decímelo, me ha dicho Abel y yo no podía decir nada, algo.
Todo esto no tiene sentido. Me refiero a beber y a escuchar ruidos extraños. Probá. Fumá y bebé y escuchá la viola que cae. No tiene sentido. No provoca más que una indescriptible sensación de vacío, hueco. El piano que va y viene, la voz de Charly, el hueco, el juego entre la viola y Moro. Pedro se hace el distraído, el hueco, David Lebón no sé… no sé. Y los timbres, los timbres sonando, sonando todo el tiempo.

dos

Con el sol declinando, la tarde refugiándose en una luna triste y alguna que otra oscura cita dándome vueltas por la cabeza, vuelvo a buscarte, Abel. Vuelvo, sí.
A pesar de la nostalgia que lastima, destruye la luz y nos obliga a vivir de noche, vuelvo.
La bronca es la misma pero distinta, distante… A uno se le ocurre no venganza o cosa parecida, no. Uno sospecha ausencias, silencios (se repite) y quizá algún llanto de madre. Ternura, dolor, no venganza.
O piensa en un amigo que ceba mates solo y que recuerda que el que no está los tomaba amargos por coherencia —cosa extraña—; porque sabía que Fermín los tomaba amargos, en el puesto.

¿Por qué me dolés así, país? ¿Mi sol, mi noche? ¿Por qué me sos con esta violencia de silencios y gritos? Vuelvo a mi región, mis amigos, país. Y vos no estás Abel, y vos estás en otra cosa país. Otra cosa y no sé cómo mirarte. Y me avergüenzo de mis broncas, de mi memoria un tanto molesta; me avergüenzo de que moleste. Me avergüenzo de que aún me caiga una agüita de los ojos estos míos que han visto tanto en tantos sitios, lugares, noches y de que vos país tengás tanta sed…

tres

Abel en el hueco de la ventana, los ojos turbios. La ventana abierta a la noche.

— ¿Por qué Abel? Le he preguntado mientras iba sintiendo que era idiota e innecesaria la pregunta, la respuesta.
Abel me mira desde algún lugar en el que siempre está solo y me dice, mirándose las palabras, no sé, ¿vos?… ¿Sabés por qué me dicen Náu? Sonrío, yo lo llamé así en un poema, él no tiene eso que llamamos memoria o la pierde todo el tiempo. Ni se acuerda. Le digo, con la cabeza, no. Por náufrago, creo. Fue en el 89, un año muy loco. Yo andaba en una carrera violenta y acaso innecesaria. Entonces me parecía totalmente necesaria, ineludible. Ahora, no sé. Fui un tonto o mejor: ahora soy un cobarde. Perdí la tierra, estoy a la deriva, dejándome llevar por una balsa que se pudre. Me ha dicho.

— Si sos un cobarde, ¿cómo vas a dar el paso? Otra pregunta idiota. Náu me sonríe: ya no me banco demasiadas cosas y al revés, me dice.
— ¿Querés un cigarrillo? ¿Sabías que te vi en el 90 cuando estabas de la cabeza y te volabas por las dudas?
Sí, te vi en una clínica, me pareció que eras vos, yo cubría unos quilombos por una manifestación de estudiantes. Estabas ido. No sé si eras vos. Luego te vi en las noticias, una cosa chiquita, tipo necrológica: Abel Nadar, internado. Y una foto de cuando laburábamos juntos. ¿Qué pasó?
uno es lo que es porque no puede más, porque no puede ser más. Me dice Abel y ya no es él.
o quiere más. Pienso en voz alta, y pienso en Náu.
son formas de lo mismo: zafar. Como ahora.
¿te vas a ir por lo que hiciste?
¿qué hice? Bebe un trago de la botella verde.
no sé… tres libros, algunos guiones que nunca se filmaron. El alcohol, los quilombos. Esas cosas.
no, entonces no. Me voy a volar por lo que no hice. ¿Te das cuenta de que todo es una mierda? Se me está durmiendo la pena, hace frío aquí en la ventana, faltan horas para que amanezca, ésta es una situación muy de Horacio y vos me hablás de hadas y de brujas. ¿A qué viniste?

Abel me mira desde su sitio de suicida.

La verdad es que soy un boludo, tengo un pensamiento binario. Por poco le habló de Cuba, de Nicaragua, de los compañeros que se fueron, de los que no volverán. Podría decirle laburo; que vine por el diario, por una nota… Pero mentiría. ¿A qué vine?

tengo insomnio o insomnios, escucho radio: una mina con una voz horrible habla; arranco una hoja del cuaderno grande en el que intento, muy de vez en cuando, decir que vivo y soy; un ojo cae en más de una cara y no es suficiente; un ojo mira desde el suelo y no parpadea y pide perdón, agua, que lo cierren o lo pisen, que lo detengan para que pueda soñar, morir, tal vez dormir un cacho, no digo mucho. Algo.
porque el insomnio o los insomnios. Todo eso pide el ojo y no parpadea; intenta ser coherente, desentenderse de mil otros ojos que acechan desde arriba, que vendrán uno de estos días o noches a cerrar un capítulo de un número no previsto de versos, líneas. Conciertos deprimentes. ¿Entendés? ¿Me entendés?, le digo a Náu.

Le digo: hace una semana que sigo tus pasos; en el diario, el nuevo director, que es amigo de Damián, dijo, al pasar, que en cualquier momento te pegabas un tiro. Dijo: Nadar revienta. Y no supe qué hacer. Fue como verte en toda tu insoportable ficción. Tu insostenible ficción.

cuatro

— sí, fue así.
— vos… ¿qué pensás de todo esto?
— no sé, al principio pensé que podría ser, que era un juego. Perverso sí, pero un juego. Algo falló. Todo es una gran mentira. Ella está mal.
— te entiendo. Te llamo mañana para ver los pasos a seguir. Ah, otra cosa… Hay guita: la película se hace. Che… ¿escuchaste? ¡Se hace! Apareció un tipo que quiere producirla, supongo que por lo de Abel.
— la puta…
— pará! Pará, Damián, no te des manija. Te entiendo, tenemos que hablarlo… Te llamo mañana, chau.

cinco

El sol alcanza aún para que sombras largas manchen las calles. Alguien, un tipo, avanza con dificultad por los pasillos del barrio militar. Por el pasillo. Las paredes de revoque gris, altas, hacen más oscura la tarde. Su paso es inseguro; la mirada errática. Más de una vez se apoya en la pared de la derecha. La cámara sigue en un plano detalle los pies del sujeto: la mirada errática —la cámara—, la pared, el fin del pasillo, los zapatos.
Cae una botella rompiéndose en el suelo, con dificultad el tipo se arrodilla: intenta salvar algo del líquido, se corta los dedos. Rescata una parte curva con alcohol, se la lleva a la boca: se corta el labio inferior.
La cámara enfoca, en principio, las manos; luego la boca sangrante. Se abre el plano hasta dejarnos en presencia de un rostro todavía joven, de muy cansada piel.
Apoyándose en la pared se incorpora. El pasillo va a terminar, faltan unos pasos. Camina…

siete

Tiene un cigarrillo en la boca y está en bolas. No es una figura; en realidad tiene siete cigarrillos en el paquete y uno en la boca. Y una remera. Hace frío y no aguanta el olor de su cuerpo. Tendría que haberlo bañado. Las 1:38 y B.B. King en el grabador. Ella se fue hace unos largos minutos. No le gustó (y quizá lastimó) que sólo la usara. Él le dijo: sí. Ella encendió la luz, amagó una cachetada. Vos tampoco me amás, decílo —había dicho ella—, decí lo que pensás, que no sentís nada. Él se dio vuelta para encender un cigarrillo.
Se fue. Ella tomó sus cosas y se fue.

(La luz debe ser verde y muy baja; el grabador –la música– está en la cabecera de la cama y la mesita de luz tiene un cenicero, un vaso, algunos libros y una lata de fanta con lapiceras. La ropa en el piso. El coso enciende otro cigarrillo y mira el desorden y apaga la luz y continúa fumando en la oscuridad.)

Esa es, sería, la última escena. Ha dicho Abel. Damián lo ha mirado sin pestañear e intenta decir algo. No puede.

nueve

Un paneo sobre lugares de Salta, la estación de trenes, los hoteles de la zona. Algunos rostros en los andenes, sólo rostros. El audio se va abriendo, ruidos de la ciudad, la cámara se va desplazando desde la estación toma por la 20 de febrero llega a la Entre Ríos, desde allí hasta la avenida de la terminal. Verde, el parque San Martín, la terminal, se detiene en seco. Se hace de noche, no hay luces ni en las calles, en la oscuridad una voz en off:
“… mi hijo fue sacado de mi domicilio a las tres y media de la madrugada en presencia de mi esposo y de mí sin poner ninguna resistencia a los señores de seguridad por supuesto no los conozco a ninguno porque al parecer no son hombres de aquí según dicen eran de un comando militar también estuvo mi hija yo le suplicaba al que no me dejaba verlo a mi hijo y me dijo este hombre no le vamos a hacer nada dónde trabaja me preguntó yo le dije que estudia y trabaja en la municipalidad y en un momento tan rápido lo sacaron y lo llevaron en dos vehículos llenos de hombres armados. acá se treparon en mi techo y otros entraron por la puerta nos dejaron encerrados cuando salimos ya se lo llevaron en ese mismo momento mi esposo fue a la policía y a la gendarmería allí lo atendió el comandante y le dijo a mi marido vaya tranquilo su hijo está bien desde entonces mi esposo anduvo sin perder pisada preguntando por todos lados ninguno nos dieron una sola noticia sólo un hombre que estuvo en la cárcel de rawson nos dijo que a mi hijo lo vio en el pabellón 12 celda 2 este señor estuvo preso cinco años y le dieron la libertad pero a nosotros nos dijeron cuando fuimos a preguntar que allí no estaba mi hijo este señor que nos dijo que mi hijo estaba allí vive en el talar de la estación de urundel para adentro es un pueblo que hay plantación de caña de azúcar allí vive este señor que nos dijo mandamos cuatro hábeas corpus también el capellán de salta nos dijo que estaba en la cárcel villa las rosas mi hijo fue sacado de mi domicilio a las tres y media de la madrugada en presencia de mi esposo y de mí sin poner ninguna resistencia a los señores de seguridad por supuesto no los conozco a ninguno porque al parecer no son hombres de aquí según dicen eran de un comando militar también estuvo mi hija yo le suplicaba al que no me dejaba verlo a mi hijo y me dijo este hombre no le vamos a hacer nada…”.

Todo así, de este modo, monótono, con una voz cansada de contar la misma historia. Una voz de alguien que alucina y está perdido en el relato, en el poder de la palabra. No, no importa si es repetido, de hecho, es repetido (en más de un sentido), ya ocurrió muchas veces; lo que importa es la voz en la noche, una voz de madre repitiendo la misma historia sin principio y sin fin…

¿Me entendés Damián?


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