… un hombre tímido con una ternura abrupta que miraba
con desconfianza

Ramón Chao

Para la ineludible pregunta: ¿Por qué escribe?, Onetti tenía una
respuesta altamente intelectual: ¿Por qué no me preguntás
por qué me mamo?

Miguel Briante

El recuerdo de Miguel Briante leído luego de la declaración de Ramón Chao[1], parece obedecer, por lo menos, a un error. A una contradicción. Pero no. Ocurre que pueden leerse posiciones antagónicas a partir de situaciones y experiencias lectoras distintas, pero siempre dentro de una lógica más o menos manejable. En el caso de Juan Carlos Onetti esto no funciona. Es decir, sí: es una contra-dicción. Quizá porque este uruguayo exiliado en una cama madrileña y en el alcohol no se interesaba demasiado por la lógica de los modos de comportamiento que se esperaban de una figura pública.


Más allá de la literatura de un escritor, está —se supone— el cuerpo, los humores (en sus diversas acepciones) del cuerpo del hombre que vive y, además, escribe. Juan Carlos Onetti vivía y era un impresentable en los circuitos de la Literatura. Del mundo de la Literatura. Su elección suponía y supone una declaración desenfadada de gustos y no de obediencias. La afirmación: “escribir cuando me da la gana” nos despierta, nos enfrenta a una de las demandas más genuinas y, a la vez, más desprejuiciadas que un escritor —no un hombre de letras— se puede permitir. El temor a la palabra inspiración (las ganas de…), desplazada hoy por el trabajo de/ en la escritura, nos ha extraviado, quizá, en la necesidad de justificar desde la razón un hecho evidentemente estético y, por ello, creativo. Caminos parecidos transitaron Juan Rulfo, José María Arguedas (aunque, claro, con distintas posiciones y urgencias).


Este ingreso a la obra de Juan Carlos Onetti quizá nos desvíe —a partir de la anécdota— de lo que representa la obra del escritor uruguayo en el contexto de la producción latinoamericana. Y, también, quizá, nos sirva para confrontar lugares de pertenencia desde los que se escribe. En el campo intelectual, creer que las elecciones son gratuitas nos depara muchos tropiezos. Onetti supo de esos avatares. Y no se molestó demasiado en entenderlos. El Viejo, como lo llamaban los que lo conocían aún antes del Premio Cervantes, escribía.

Ficciones

La saga de Santa María, soñada a partir de compartir las pesadillas de Brausen en La vida breve, culmina con/en la última novela de Onetti, Cuando ya no importe, en un registro desencantado y como cansado de contar. Cuando leemos un libro del uruguayo nos enfrentamos a la maravilla de mezclarnos con palabras e historias laterales, comunes y a la vez fantásticas… Estamos caminando las calles de Santa María y nos cruzamos con Díaz-Grey, con Larsen, con el mismísimo Brausen, toda una fauna que nos recuerda el aire distante de Haffner, el Rufián Melancólico, o bien la desesperación de Erdosain sentado frente a Ergueta, en un café de Perú y Avenida de Mayo, en las páginas de Los siete locos de Arlt. Y es una sensación muy concreta. Esos mundos imaginados, soñados por Roberto Arlt, por Juan Carlos Onetti construyen maravillosas pesadillas (si se me permite la figura) frecuentadas por vidas abigarradas de vida…

“—Dolly (compañera de Onetti) me contó que usted estaba absolutamente destrozado por la muerte de Julia, aquel personaje de Juntacadáveres.
—Ella se suicidó y yo no pude impedirlo.
—No quiso.
—Quise pero no pude. ¿Sabe que un día Balzac encontró a un amigo en la calle y lo abrazó llorando desconsolado? Había muerto un personaje de la novela que él escribía. Ya ve, el tampoco había podido salvarlo, y lloraba.
Su mirada melancólica y ausente, desmentía la sonrisa con que pronunció esas palabras. Le pregunté si quería que dejáramos. Contestó que sí, pero que me quedara. Sirvió vino para ambos y preguntó si quedaban todavía muchas preguntas. Yo lo miré pero no res-pondí…”
.

Onetti desprende literatura de la noche y de los días de no comer…

“6 de marzo
Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina. Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre.
Nos consolábamos a veces con comidas a las que buenos amigos nos invitaban, chis-mes, discusiones sobre Sartre, el estructuralismo y esa broma que las derechas quieren universal, y la bautizan posmodernismo. Participábamos, reñíamos y adornábamos con nuestras risas las frases ingeniosas. Aquellas cenas a las que no podíamos aportar ni un solo peso ofrecían a un posible observador, tal vez a uno de los comensales que pagaban su cuenta, un aspecto admirable. Porque merecía admiración la astucia con que ella y yo, sin dejar de reír despreocupados, robábamos pancitos que caían en la cartera de ella o en alguno de mis bolsillos. Así nos asegurábamos un desayuno seco para cuando despertáramos mañana en la cama de la pensión”.

(Primeras líneas de Cuando ya no importe)

La longitud de un día se presiente, nunca se mide, a partir de la falta de ganas de escribir o de alcohol…

“—¿Siente el escribir como un trabajo?
—No, si lo sintiera como un trabajo no escribiría.
—¿Quiere decir que jamás podría hacer lo que dice Mario Vargas Llosa que él hace: escribir de tal a cual hora todos los días?
—Nunca, jamás. ¿Podría yo hacer el amor a una hora prefijada, en días prefijados? A eso no se le podría llamar hacer el amor. Para mi escribir es como hacer el amor y por eso no creo en esa idea tan aceptada que habla de 99 por ciento de transpiración y el uno por ciento de inspiración. Aunque no niego que aquél que tenga tal constancia pueda llegar a transformarse en un escritor. Si eso es lo que quiere… yo no escribo sentado a una mesa…”
.

Lo que queda del día

Determinar, medir, tabular son procedimientos frecuentados por la crítica, por la razón en aras de comprender, de hacer inteligible el movimiento que se da en la creación estética. No es otro (y es otro) el diálogo entablado en El perseguidor de julio Cortázar. Johnny Carter (Charlie Parker), ese Baco negro, borracho, drogadicto y músico que se desplaza en el tiempo y en el subte y en el saxo, no sabe de la razón o del mundo desde el que Bruno, su amigo y, además, crítico de jazz, intenta inscribirlo en un libro. Mundo enigmático de la relación entre la música —la poesía— y la mirada racional de la crítica que intenta traducir eso tan lábil en palabras. Así como Charlie Parker manotea el aire con el saxo, Juan Carlos Onetti escribe.
Quedan las anécdotas como aquella que cuenta que luego de leer en la cama, como acostumbraba, una copia de El perseguidor que le enviara Cortázar desde París, Onetti se encerró en el baño y rompió el espejo —su cara— de una trompada. Quedan los silencios del viejo Onetti, encerrado en un traje negro, en una cárcel uruguaya, a los 65 años, por atentar contra el régimen al haber premiado un cuento… Quedan los atardeceres del exilio en Madrid; la pieza poblada por libros, por tabaco, por whisky… Queda la literatura que escribiera recostado en la cama ese señor flaco y alto llamado Juan Carlos Onetti.


[1] Tanto las palabras de Ramón Chao como las de Miguel Briante fueron tomadas del suplemento Primer Plano de Página 12, del 5 de junio de 1994. Esa edición está dedicada a Onetti, había pasado una semana de la muerte del escritor uruguayo. Los fragmentos de entrevistas los tomamos de Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti, de María Esther Gilio y Carlos María Domínguez, publicado por Planeta en 1993.

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí