Graciela Montes, referente de la literatura infantil y juvenil, reeditó Amadeo y otra gente extraordinaria, un libro de 1985. Pasaron más de treinta años de esa edición y la escritora habla de la vigencia de esa obra. Profesora en Letras, traductora, correctora, editora y ensayista, en su faceta de escritora, Montes (1947, Buenos Aires) publicó más de setenta títulos orientados a las infancias, a partir de su rol como editora de la serie “Los cuentos del Chiribitil” del Centro Editor de América Latina que tenía como impulsor al editor Boris Spivacow. Muchos de sus relatos transcurren donde se crió, en el barrio de Florida, como el recordado “El club de los perfectos”, donde los personajes son en apariencia perfectos pero ante un episodio insignificante pierden toda esa supuesta perfección, una ironía que expone una mirada política de la vida.

Pero además de la ficción, que le valió importantes premios como el Lazarrilo, justamente por Amadeo y otros seres maravillosos que reedita ahora Alfaguara, Montes fue clave en la renovación de los estudios de literatura infantil y juvenil y aportó numerosos y comprometidos ensayos en este campo, siempre en sintonía con la promoción de la lectura, la no subestimación del lector y las escuelas como mediadoras. En este plano, fue una de las fundadoras de Alija, la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina.

Ya no escribís para chicos en la proporción que lo hacías antes, ¿es posible retirarse de la escritura?

En efecto, ya no escribo como antes. No sé si la palabra es “retiro”, hay un corrimiento hacia los márgenes. Sigo leyendo, pensando y, a veces, haciendo pequeñas anotaciones, muchas veces acerca de palabras que me sorprenden, etimologías, esas cosas. También hice, en estos años, algunas traducciones. La traducción siempre me interesó. Desde el punto de vista del oficio, se aprende muchísimo  del propio lenguaje, y también como tarea social, de extensión y divulgación. En cuanto a la literatura infantil y juvenil, en ocasiones recuerdo, a propósito de los nietos, cuentos y textos que me parece que sería una lástima que se perdieran, y se los acerco como mejor puedo.

Como jugadora que tomó distancia, ¿cómo ves el estado actual de la literatura infantil y juvenil?

Ya estoy fuera del campo. Ni siquiera conozco los nombres de los jugadores. En esta etapa, mi zona de exploración es, casi exclusivamente, la memoria. Cuando mis nietos -tengo la dicha de cuatro y de rangos que van de doce a dos- me acercan algo nuevo, lo leo con muchísimo interés. Ellos me enseñarán a mí porque son hijos de este tiempo, como yo fui, en su momento, del mío.

En estos días se reeditó Amadeo y otra gente extraordinaria, un libro que salió en 1985. En este ya no escribir como antes, ¿de qué modo te revinculás con tus obras?

Mis hijos me convencieron de reeditar títulos agotados o fuera de circulación hace tiempo. Santiago es interlocutor y portavoz en el lazo con las editoriales. Estoy contentísima con las nuevas ediciones, los nuevos aires, los nuevos ilustradores, y muy agradecida. Vivimos en este mundo anfibio, un revuelto de células y pixeles, con tantísimas solicitaciones, tantos apremios, tanta velocidad, que la tranquila permanencia de una historia, o de un libro, es casi un milagro.

Pasaron treinta años de esa edición, ¿pudiste entender por qué tu obra es tan querida por las infancias? ¿Qué pacto crees que has establecido con los lectores que pasan las generaciones y te siguen leyendo?

Que mis cuentos se sigan leyendo después de tanto tiempo es algo que adjudico un poco a la suerte, al momento histórico en que a mí y a otros escritores nos tocó escribir, y un mucho, muchísimo, a la escuela, maestros y bibliotecarios que “tomaron a su cargo”, por así decir, esa literatura, la activaron y acercaron a esos lectores, justo los lectores que esos textos buscaban. ¿Si en el comienzo hubo un pacto? No sé. Con los lectores, uno tácito sí: yo no los engaño. Ustedes léanme con los ojos bien abiertos, con los maestros y bibliotecarios, un entramado social fuerte, que vale mucho más que un pacto.

Además de literatura, escribiste muchos ensayos en materia de literatura infantil y juvenil. ¿Crees que la pandemia funcionó como una forma de afianzar la práctica lectora? ¿Tuvo algún rol mediador entre esa distancia que suponía el intento de hacer real lo virtual con ese otro universo que los libros habilitan?

A mi manera de ver, la pandemia fue sobre todo una dura lección de realidad. Sin duda puso en acción nuestros recursos, destrezas que ni sabíamos que teníamos, y puso a prueba nuestro humor. Pero sobre todo nos bajó a tierra, nos recordó nuestra condición humana. ¿Si sirvió de puente? Puede ser. O tal vez de escalera. Para bajar de las grandes construcciones, de los entornos cerrados, de la ideología ciega. A muchos les sirvió para retomar y revalorizar el quehacer cotidiano, cambiar de costumbres. Para otros, en cambio, fue pura desesperación, no sé si hay algo para rescatar ahí, fue pura pérdida. Si fue una lección, preferiría que me enseñaran las lecciones de otra manera. A la pandemia no la entiendo todavía, estaré atenta a que alguien me lo explique, siempre que la Covid no me “piense” antes. Lo de “hacer real lo virtual” me suena a que una horrible fake news se vuelva cierta, me asusta un poco.

Alguna vez dijiste que los lectores son personas contestatarias ¿de qué modo la lectura potencia el ejercicio del pensamiento en las infancias?

Bueno, no sé si soy capaz de resumir, o reformular, algo a lo que le di tantas vueltas sin terminar de entenderlo del todo. Tu formulación es interesantísima y me deja pensando: ¿la lectura como potencia y el pensamiento como acto? puede ser, puede ser… O al revés también, ¿no? En todo caso en la infancia se piensa viviendo, en forma de movimientos del cuerpo, juegos, me parece, o creo recordar que era así, cuando era chica… La “lectura”, en el sentido más dilatado y variopinto de la palabra, parece funcionar como un alto, una posta, un “retiro” también -aunque la palabra cause gracia aplicada a un niño pequeño-, una casa, sí, un alojamiento, desde donde mirar alrededor. Y de esa manera parece que volvemos, amablemente, a la primera pregunta, la del retiro ¿cierto?

Fuente: Télam

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