“Escribí como se te dé la gana”. Estas palabras -como corresponde- no son textuales, uno las recuerda así; se las dijo Manuel José Castilla a Carlos Hugo Aparicio en una charla en los primeros 60 a propósito de la palabra propia. Don Carlos me las refiere en un café casi 50 años después, mientras me habla de la Generación del 40. Generaciones tendiéndose el afecto y la vida en un lugar común, el propio.

La comodidad expositiva se vale de la palabra “generación” para nombrar la pertenencia a un tiempo que acompaña la pertenencia a una geografía. Vistos los hechos desde el presente, se deben dibujar calles y barrios en el tiempo -hacer memoria- para caminar por él. Y así vamos. Pasa que Salta no es sólo Salta, no es sólo una provincia que fue creciendo al amparo de sus ritmos y maneras, sino también su gente o, sobre todo, su gente y esa densidad que no se ve y que la lleva quien quiera llevarla: la manera de hacer los tamales o de entonar las coplas, la forma de encarar un relato o de ir al mercado, o al almacén de la esquina. Ese ritmo que radiaba ya en los 70 don César Fermín Perdiguero en “Cochereando en el recuerdo”, esa manera de decir las cosas, de hacerlas. El “caer antarca” del paisano de Lajitas o el habitar tranquilo del vallisto con el “ahicito nomás queda, detracito de aquel cerro.” Las guitarras de Pekiné y de Julito Lamas con la base de la bata de Pablito Arnedo, haciendo un blusito o un tema del Cuchi Leguizamón, en una zapada en algún bar de la estación. El bar de Miguel frente a la plaza de la Central en los 80, la Popotito y Hendrix, y “sin saber/ si la bicicleta// o alguien se derrumbó con/ uno”. Y el Cuchi caminando despacito por la Buenos Aires, cerca de la Técnica 2. La Villa 20 de Febrero y la editorial Tunparenda, Antonio Yutronich, Santiago Javier Rodríguez, Roberto Maheasi y el terciario de Arte, la comparsa y los changos en el picado de los domingos en la cancha del barrio. El carnaval. Todo eso, y las mamás cebando el mate de la siesta. La abuela retando al chango vago que no estudia ni trabaja y duerme todo el día y pataperrea toditas las noches. El parque San Martín los domingos…
Coordenadas para encontrarnos a nosotros mismos.

Los poetas captan esos modos y los cifran en palabras cuando son poetas de verdad. Ocurre que son sus modos y sus palabras, las de su tiempo y lugar, no son impostaciones en aras de espejos y vidrieras.

Ese de sólo estar… inaugura la palabra.

Los 40, flor de la tierra

Los 40 encuentran a un grupo de jóvenes en Tucumán. Vienen de diferentes provincias y los une un proyecto poético, La Carpa.

Raúl Galán, María Adela Agudo, Sara San Martín, Julio Ardiles Gray, Víctor Massuh, José Fernández Molina, Raúl Aráoz Anzoátegui, Manuel J. Castilla y otros jóvenes forman ese grupo y sienten una “íntima necesidad -no individual sino colectiva- y a ello se debe la cohesión del grupo”. Quien habla es Raúl Anzoátegui, y continúa: “La poesía se había detenido con demasiada fruición en pintoresquismos que no reservaban otro mensaje que el de su minúscula importancia, puesto que dentro del ámbito del arte este ‘folklorismo para turistas’ se hallaba totalmente superado.”

Manuel José Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui y Raúl Galán.

La copajira que corroe al minero en Bolivia, nombrada para siempre por Castilla. O el hombre del Chaco: “Tu nombre es una espina/ que se nos clava en medio de la lengua./ Y tu choza que tiene la boca bien abierta,/ una protesta que se va hacia adentro”.  O esos versos del 65 de Aráoz Anzoátegui: “Nunca conoceré sus rostros/ ni sus cuerpos que caen para siempre,/ que descienden/ a la muerte// (…) Mientras espero,/ todos los días me suceden cosas/ y unas ganas terribles/ de bajar por los ríos a esta patria/ que huele a fuego, a mártires,/ a débiles escombros…” (Fragmento de “Dicen que la gente se está matando”, en “Otros poemas”, 1965.)

La investigadora Zulma Palermo nos habla de la ética dialógica que propone esta generación. Puntualmente, escribe sobre la responsabilidad de la escritura de Raúl Aráoz Anzoátegui: “Es la elección de una ética según la que -parafraseando a Mijail Bajtin- el arte y la vida se convierten en una sola identidad en el poeta, quien se pone en juego en la asunción responsable de su escritura, marcada decididamente cuando dice: ‘No sé si ir directamente/ al grano,/ o quedarme mirando las nubes/ el paisaje’, porque ‘la vida no es sólo este campo demasiado hermoso’; entonces se hace necesario trabajar las palabras ‘para cargar con esta angustia/ que nos pertenece a todos’ (en Confesiones menores).” 

“Tu nombre es una espina/ que se nos clava en medio de la lengua”

¿Cómo se inscribe la vida en la palabra poética? Esa es quizá la tensión que habita la propuesta de esa generación de poetas del NOA. Osvaldo Picardo observa que “Raúl Galán supo concitar y plasmar alrededor del grupo La Carpa los elementos de la poética que se empezaba a constituir en el interior como correlato al neorromanticismo porteño y a las exigencias propias de lo que se dio en llamar el signo telúrico, suerte de enlace entre canto y naturaleza. Apropiación, en definitiva, de la memoria de la tierra, diferenciada de las tradicionales formas nativistas cristalizadas e inmovilizadoras. Esta tendencia abreva -continúa Picardo- de la música y del canto popular y anónimo, reformulado tanto en la copla como en la glosa, desde una concepción lírica que celebra y testimonia, siempre con el afán de vivir la Poesía y el Arte”. La poesía definida como “la flor de la tierra, en ella se nutre, y se presenta como una armoniosa resonancia de las vibraciones telúricas…” (“Prólogo” a la Muestra Colectiva, publicada en 1944).

El arte, para esta generación, era social antes que individual. Los jóvenes tomaban conciencia de nuestra América profunda, desasidos ya de las imágenes bucólicas que la presentaban “exótica”, casi irreal. Era el hombre, un hombre, puesto en relación con su mundo. El arte para este grupo tenía una raíz y un destino colectivos.

Los 60

“Muchacha ojos de papel” canta Almendra, un grupo de chicos de pelo largo y aspecto desaliñado, en 1969. Concluía la década con el Cordobazo y se avizoraba el fin de la dictadura de Onganía.

La poesía y música de Salta tenían presencia nacional; el folklore asumía un lugar central en la cultura popular del país. Los nombres se multiplicaban: Los Fronterizos, Los Chalchaleros, el Chango Nieto, Hernán Figueroa Reyes, Jorge Cafrune (jujeño nacido artísticamente en el Bar Madrid, de propiedad de su tío Remsi), Los Cantores del Alba (también nacidos en el Madrid). Las armonizaciones de Gustavo Leguizamón para el Dúo Salteño. La poesía de Jaime Dávalos en la voz de Eduardo Falú y su guitarra.

Un clima creativo que intenté describir hace un tiempo con estas palabras: “Y la presencia afectuosa de historias, de amigos. Intento recuperar alguna que me cuenta Carlos Hugo Aparicio circulaba cuando apareció ‘El vendedor de tierra’, libro de poemas de Jacobo Regen. ‘La tierra -dice- era el tema de mucha de la poesía de Salta hasta que llegó Jacobo, y la vendió’. Y se ríe Carlos, con los ojos luminosos. Y yo imagino una mesa generosa rodeada por Melania Pérez, por el Cuchi Leguizamón, por el Hicho Vaca, por Manuel J. Castilla, por Jacobo Regen, por Walter Adet, por la Kuky Leonardi Herrán, por Carlos Hugo Aparicio, por Miguel Ángel Pérez, por el Chacho Echenique, por Miguel Alejandro Carreras, por Jaime Dávalos, por Patricio Jiménez, por Hugo Ovalle, por Walter Adet, por Benjamín Toro, por Holver Martínez Borelli, por Luchín Andolfi y el Hugo Alarcón y por muchos, muchos otros multiplicándose en abrazos y brindis. Y, por supuesto, por risas y muchas, muchas palabras. Palabras de amigos”.

Kuky Herran, por Carolina Grillo

Este fragmento lo tomo de un artículo escrito a propósito de Carlos Hugo Aparicio. En él recuerdo lo “de la tiritadera de sensaciones” a la que aludió Ramón Vera en la presentación del último libro de Carlos. En esa mesa, la de la presentación de ‘Días de viento’, estuvo, además de Ramón, Teresa Leonardi Herrán, la Kuky, compañera de generación del 60.

Y aquí volvemos al presente y a ese mapa que intentamos trazar en el tiempo.

La Kuky tiene un mundo adentro y anda y siente el mundo de afuera, el tiempo de afuera. El de los 60, el de los 70, el que la unía a otros militantes de la poesía y de la vida. Ese proyecto generacional que, citando al editor enorme de La rosa blindada, José Luis Mangieri, “quería cambiar la vida”. La pasión de esa exigencia era la de los jóvenes comuneros de Paris, la de Rimbaud. Lo que se respiraba en el Mayo del 68 y las banderas que registraron los medios masivos: esa revuelta de obreros y estudiantes parisinos y extranjeros contra “el sistema” y sus lógicas, portando la imagen del Che y haciéndose cargo de los movimientos revolucionarios que sacudían al mundo. La descolonización de África, de Latinoamérica, el hippismo, los pacifistas, los Beatles, y la efervescencia de esa juventud en ese, su mundo.

La Kuky desde aquí, nuestro lugar, habitó con fervor esa década que fue mucho más que tiempo medido en años. Habita desde nuestro presente con su palabra “a contraluz del tiempo/ a espaldas del gran viento/ que corre hacia la muerte/ hacia el atrás me busco…”

Los 80

La imagen de Hendrix en la pared de la casa de Ramón Vera es una metáfora de su generación…

Esa dualidad de pertenecer a varios mundos y a ninguno, esa certidumbre de estar a la intemperie. Y la búsqueda. La marca de los 80. El encontrar en la poesía una forma de nombrar lo que había pasado en la provincia, en el país. “Algunos/ no llegaron a destino.// No bastaron/ los abrazos, el son cosas que pasan.// No bastaron/ el que pensaran una salida;/ el aire que los comunicaba con el mundo; los poemas/ que recordaron y que mencionaban el más allá;/ el hematoma del golpe/ que vaya a saber por qué les perdonó la vida;/ la luz.// A mitad de camino/ esperan que un comedido les cierre los ojos// o recoja la ceniza” (“Sombras”, en Subsuelo de 1983).

Jesús Ramón Vera, frente a su casa, en Villa 20 de Febrero.

Luchín Andolfi escribía en junio de 1983 en la primera página de Subsuelo: “Tu técnica -si de tecnicismos se puede hablar en poesía- te avecina con el surrealismo. Y en ese ‘desorden de todos los sentidos’, como quería Rimbaud, encuentras tus mejores momentos. Quiero subrayar tu poema ‘Las vueltas de la vida’, al que Ovalle y Aparicio tuvieron la fortuna de acceder antes que yo, y para el que emitió Raúl Aráoz Anzoátegui exactos elogios. Todo en ese poema es una visión oníricamente lúcida de la realidad; una realidad soñada, no pensada, para que no pierda el peso de su verdad. Hay mucho por hacer todavía, Verita. Por ejemplo, escribir tu próximo libro”.

Jesús Ramón Vera (fotograma de “Ver el aire”, de Carolina Grillo)

Ramón se hizo cargo del augur de Andolfi y concluyendo los 80 publica en Tunparenda “Así en la tierra como en el cielo”. Esa década había propiciado la creación de un proyecto editorial colectivo, Tunparenda. En esta casa de todos se publican libros de Nelson Muloni, de Reynaldo Castro, “Resurrección de la soledad” de Gustavo Rubens Agüero, “La incesante memoria” de la Kuky, entre otros muy valiosos textos poéticos. Las ilustraciones eran de plásticos que “andaban por ahí”. Santiago Javier Rodríguez, entre ellos. Y la presencia de músicos como los hermanos Lamas. Uno se pone a escribir y a recordar lo que pudo ver y lo que charló con Julito Lamas, con Santiago Rodríguez, con el mismo Ramón Vera y se pregunta si las palabras de Andolfi no nos tocan a nosotros. Hay mucho por hacer, todavía, desde nuestra Salta para fundar esa memoria cultural de nuestros días y nuestros lugares.

Carolina Grillo me convoca para que, de alguna manera, enmarque con referencias, datos personales su trabajo* y a mí me cuesta. Porque hay, como dije más arriba, una densidad a asumir, un espacio que hay que llenar con imágenes, con palabras, haciéndonos cargo de una memoria cultural que está latente. Quiero decir, es y está siendo: está muy viva. Quizá lo que falte sean emprendimientos como los de Carolina, propuestas que nos lleven a mirarnos -estas fotos- y a reconocernos y a habitarnos de nosotros mismos. Formas de encuentro.

Este texto fue escrito para el trabajo de Carolina Grillo “Ver el aire. Tres poetas salteños”, un estudio fotográfico y luego un documental sobre Raúl Aráoz Anzoátegui, Teresa Leonardi Herran y Jesús Ramón Vera.

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