Elizabeth Jelin es una socióloga e investigadora que se especializa en derechos humanos, en las memorias políticos-sociales, en los movimientos sociales, en los géneros, en las familias y en la ciudadanía. Vivió la dictadura militar argentina, de los años 70, y conformó un grupo de estudios junto con otros investigadores que se denominó Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes).

La lucha por el pasado, editado en 2017, reúne una serie de relatos que tratan sobre la construcción y cambios en las memorias de la Argentina desde la década de los sesenta. Jelin relaciona y compara esos cambios con los procesos que en ese entonces se vivían en los países restantes del Cono Sur, así también alude a sus escritos que dan cuenta de su mirada sobre las luchas y las memorias.

“Este libro es producto de mi acompañamiento y reflexión sobre estos procesos, en sus diversos niveles y planos: la acción política estatal, las demandas y consignas de los movimientos sociales, la subjetividad y la voz de las víctimas y de diversos actores sociales que, en escenarios cambiantes, hablan y silencian, recuerdan y olvidan, elaboran estrategias, reconocen huellas, dan sentido o actúan en el sinsentido del peso del pasado”, afirma Jelin.

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Pasado y memoria

¿Qué es el pasado? ¿Qué es hacer memoria? ¿Pasado y memoria son lo mismo? Preguntas que responde Jelin a lo largo del libro. La socióloga afirma que el pasado se materializa en ruinas, documentos, monumentos, etc. Y la memoria es el sentido que se le adjudica a esos archivos del pasado.

Por ejemplo, el pañuelo de las madres de Plaza de Mayo tiene un significado muy importante en la historia argentina, no sólo porque recuerda momentos de dolor y represión, sino también por el sentido que tiene en la actualidad: el no olvido. Así lo dice Elizabeth Jelin:

“Cada jueves, cada fecha de conmemoración ligada a la dictadura militar como el 24 de marzo, cada vigilia de veinticuatro horas a comienzo de diciembre-la Marcha de Resistencia en conmemoración del Día Internacional de los Derechos Humanos- la Plaza de Mayo es apropiada por las memorias y el repudio de la dictadura, y sus sentidos se actualizan y combinan con las demandas de cada momento”.

La memoria, de alguna manera, está presente en los objetos, fechas y símbolos que resignificamos día a día.

La construcción de las memorias

¿Cómo se construyen las memorias?, ¿quién o quiénes las legitiman?, ¿por qué y para qué lo hacen? Los que actúan en función de un “deber de memoria” tienen su propia interpretación del pasado y esa es la versión que, muchas veces, se legitima. El Estado y quienes están al mando nos dan su propia visión del pasado que no siempre es compartida, pero es la que se impone.

Jelin analiza esta construcción de archivos como una historia de luchas sociales y políticas, y luchas sobre lo que se debe guardar y buscar, sobre la norma de propiedad, de acceso y respeto a la privacidad. Las memorias son luchas por el espacio de poder.

“Entonces, uno puede decir cuál es el sentido dominante o el sentido que intenta que todos lo acepten. Pero, nunca pasa esto, para mí, siempre hay luchas entre memorias. O sea, en cualquier escenario siempre va a haber algunos que dicen una cosa y otros que dicen otra. Y si tomamos desde la transición ¿Qué pasó? Lo dominante, lo que más se veía en la esfera pública, en el momento de la transición, fue un estado que se instaló con una lógica de los derechos humanos”, sostiene Elizabeth Jelin.

En esta entrevista, Jelin analiza el concepto memoria política

El sentido político de la violencia de género

Otras de las ideas desarrolladas en el libro La lucha por el pasado es la naturalización política de la violencia hacia los cuerpos de las mujeres. Los abusos sexuales comienzan a ser visibilizados y denunciados durante la dictadura, cuestión que antes no sucedía. Pero, ¿cómo reaccionaba el Estado ante esta situación?, ¿qué significaba una violación sexual por parte del Estado?

Jelin nos comenta que hay un sentido detrás de las torturas sexuales sobre los cuerpos de las mujeres. Afirma que “los rituales del poder en el escenario público (saludos militares, desfiles, etc.) tenían un carácter performativo, en el que se desplegaba la dualidad entre el actor/ poder masculino, por un lado, y la pasividad/ exclusión feminizada de la población o audiencia, por el otro”. De este modo, por medio del cuerpo de la mujer se producía una agresión moral hacia los hombres con quienes ella mantenía relaciones de todo tipo, lo que ya implica una violación de los derechos humanos por parte del Estado.

Para los hombres la tortura y la prisión eran actos de feminización, pues los transformaban en seres pasivos, impotentes y dependientes. La violación sexual, según Jelin, era una estrategia política para destruir al enemigo desde las bases culturales que definen la pertenencia de las mujeres a una comunidad. Mediante esta práctica se destruye a la persona, en su dimensión humana y social.

El sentido pedagógico y educativo de la memoria

Elizabeth Jelin hace una crítica a los programas, manuales y explicaciones de profesores que refieren a los temas de la memoria. Muchas veces, cuando los maestros llevan a los niños y jóvenes a visitar museos o lugares simbólicos, lo único que hacen es describir lo que sucedía en esos momentos, de la dictadura, por ejemplo, pero no hay una racionalidad de la acción y su significado en el presente. Así, habría que preguntarse cuál es el sentido pedagógico, si se trata de un ritual similar al de izar una bandera, si se trata de enseñar una historia, y cómo contribuye a formar ciudadanos solidarios, responsables y democráticos.

“Un modelo pone énfasis en transmitir información sobre lo ocurrido y parte del supuesto de que saber qué pasó incide de manera directa sobre la formación (democrática, ciudadana, cívica) de los sujetos. ‘Recordar para no repetir’ equivale a armar un relato fáctico de lo ocurrido y transmitirlo (…). Cartillas, películas, documentales y de ficción, clases alusivas, fascículos, cronología son los vehículos elegidos para transmitir información”, argumenta Jelin.

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De esta forma, no se trata de mirar historia de la memoria como sentidos cristalizados, sino como una oportunidad para darle sentido y oportunidad para cerrar otros procesos. La memoria nos duele pero sin ella no hay identidad. El libro La lucha por el pasado es esa huella que abre heridas que debemos afrontar.


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