Por Roberto Acebo*

“En esa foto están todos los artistas de esa época, es una foto histórica, aquí está Jorge Román… Maheasi… Hay una condición importante en mi vida, que he podido guardar todo lo que he hecho, toda la documentación y por eso, lógicamente, puedo documentar todo”, dice Raúl Enrique Bravo Herrera, mientras nos muestra una copia de una foto de El Tribuno de 1975.

“En esa foto están todos los artistas de esa época… Jorge Román, Maheasi…”, dice Raúl Enrique Bravo Herrera.

Nacido en la ciudad de Rosario, Santa Fe, en 1928, Bravo Herrera se recibió de abogado y escribano y se instaló muy joven en Salta. Paralelamente, pinta y esculpe. Realizó muestras en Córdoba, Salta, Jujuy, Santa Fe, Buenos Aires y Corrientes y participó de diversos salones. Su obra ha sido incluida en libros especializados que recuperan la plástica del continente.

“En función de una composición clara y de un manejo de las formas que se funda en la síntesis”, sus obras “proponen una partitura anclada en variadas propuestas estilísticas relacionadas con poéticas de las vanguardias del siglo XX. El color funciona como elemento de expresión pura, trabajado en grandes planos que sostienen las formas”, se lee en “Vida plástica salteña”, de Carmen Martorell y Margarita Lotufo.

Rodeado de belleza

Este hombre, que ha hecho de la pintura su oficio para encontrarse con la “otra memoria” -de la que nos hablará-, nos recibe rodeado de colores, en una casa museo taller que deslumbra por la belleza que en ella se respira. 
“Escribo poesía, literatura, en la editorial Línea Abierta de Córdoba, saqué un premio hace algunos años, he escrito mucho, pero últimamente me he dedicado a ver toda la documentación que tengo, es impresionante lo que he reunido”, dice.

“El 12 de octubre de 1975 se sacó, en esa foto están todos los artistas. Yo estoy ahí, acá con el Japo (Roberto Maheasi) habíamos estado viendo las obras en la Casa de la Cultura… Y le digo: ‘Voy a ir a tu taller, quiero comprarte una escultura’. Él hacía escultura en piedra muy buena, y yo quería ponerla en el jardín. De eso estamos hablando los dos y cuando publican la foto, la cortaron… y no entro. He hecho una muy buena amistad con todos estos plásticos”, cuenta sobre lo que evoca la foto que nos muestra. 

“Román vivía a tres cuadras, y sabía venir del centro caminando, y tocaba el timbre y me decía ‘doctor, ¿quiere que vayamos a tomar algo a mi casa?’. Íbamos a tomar una copita de ginebra, éramos muy amigos… estoy hablando de los 70. Él trabajaba en El Tribuno, en la parte cultural… Y le compré muchas obras, cuando hizo una muestra importante, le presté las obras que tenía, que están arriba, y la exposición fue en el Arias Rengel”, dice, y suma. “Tengo una colección de pintores de Salta y otra de pintores nacionales, que algún día pienso donar o hacer un museo”. 

Actividad laboral

Bravo Herrera tiene más de 2.000 obras propias catalogadas, a ese orden -suponemos- lo lleva su labor de escribano y abogado. La charla es amena y tan pronto sale un nombre, acude un recuerdo con una sonrisa o una risa franca. “La pintura es una actividad laboral que encierra no solo el trabajo que uno tiene que hacer, material, con los tonos, los colores, las telas, los pinceles. Por ejemplo, yo tenía acá siempre dos caballetes, en el salón tenía dos caballetes más y arriba tenía tres más. Siete caballetes… entonces pintaba a la mañana en uno, me iba allá, pintaba, seguía para allá y seguía pintando”, dice desde la humildad alguien que ha desplegado un oficio de luz.


“La actividad del pintor no solamente es esa, encierra una actividad intelectual y la importancia que tiene son los recuerdos, los pensamientos, la memoria que tiene; pero no solamente la memoria que vos tenés de las cosas del día, sino la otra memoria… la que vos no te recuerdas; la memoria que tenemos y que no recordamos, no sabemos, porque llevamos otra memoria. Esa memoria es la que está acá”, señala un cuadro y concluye el hombre de 94 años, a quien alguna vez el crítico de arte César Magrini dijo conocer por su obra. “En Buenos Aires, en el teatro San Martín, me dice ‘lo estaba buscando’, y le digo yo también lo estaba buscando, Magrini, porque quería conocerlo. Y me dice, bueno, pero yo a usted no lo buscaba para conocerlo porque ya lo conozco, y le digo ‘si usted no me conoce’. Sí lo conozco -me dice-, porque le hice varias críticas de arte y yo sé cómo vive usted”, cuenta el pintor.    

“Siempre he sido un gran caminante para ver las cosas”

Raúl Enrique Bravo Herrera pinta universos con texturas, voces, llenos de vida. Flores, colores plenos, capillas pequeñas y blancas en cerros de colores inusuales… Sus cuadros son ventanas que llevan a otros mundos. Esa casa de la Leguizamón está poblada por esas ventanas. Subimos al estudio taller del artista y nos deslumbramos con las obras que están en las paredes y dispuestas en mesas y armarios. 

“Siempre he sido un gran caminante para ver las cosas; muchas veces me iba y veía las plazas, los colores de las hojas, los ruidos de las hojas, de las ramas. Vos te sentás y empezás a escuchar los ruidos que hacen los árboles, que crujen… y más en esta época, hacen cric, crac, cric, crac, y ves que la hoja se mueve un poco, y por ahí se cae una y se cae otra. Y las alzas y las ves y tienen un color verde, un color rojo, tiene un color tal… A su vez, el ojo no ve lo que otros pueden ver, tu ojo ve otra cosa, por eso muchas veces se dice que el pintor ve cosas que los otros no ven”, dice. 

“Y puede ser, porque hay cosas que ni yo mismo me las puedo explicar… reminiscencias y digo, bueno yo he visto esto, lo he visto en sueños… o por ahí estoy pensando y lo veo, lo veo porque es un reflejo de la otra memoria, de la que hablábamos, que nosotros no sabemos cuál es”, reflexiona.

Chagall, Munch, Klimt

“Es muy lindo saber que el pintor muchas veces ve cosas y tiene esa memoria”, dice, y agrega mostrando unos libros sobre la mesa: “Estaba viendo un libro de Marc Chagall, él pintaba -por ejemplo- un pueblo y arriba, a una pareja de novios que están volando encima de las casas, es algo poético. Él los veía, yo estoy seguro de que él los veía, los veía en el cielo y volando… Y también estaba viendo de Klimt… una sola obra, ‘El beso’, fue para que no nos olvidemos nunca más de él. Era un dibujante extraordinario, ves esa pareja y están saliendo los sentimientos, brotando… Es una obra sublime, como así también la obra de Munch, el pintor noruego que hizo ‘El grito’. Bueno, ‘El grito’… por favor, vos lo ves, y quedás sobrecogido, porque ves una persona en un puente que está gritando… grita el dolor, grita la desesperanza, grita algo que le sale y no podés olvidarlo… Esa pintura que hizo Munch es fantástica”.

Cuidar nuestra casa

Las flores están en muchas de sus obras, le preguntamos el porqué. “La planta crece, crece la hoja y al final te da la flor: la flor es como la expresión total de una planta, es la expresión de la belleza de la planta; y también en el ambiente. A la vez, el perfume que larga nos posibilita que estemos en un ambiente agradable y que el aire esté mejor, que se pueda respirar. En toda mi pintura siempre pongo flores”, responde.

“Como también esto significa el suelo (señala las cuadrículas en blanco y negro también presentes en sus obras), tenemos que saber que nosotros estamos acá… Una vez me visitaron dos periodistas, de una revista llamada Qué. Y les decía que hay que cuidar todo, cuidemos el piso, cuidemos el aire, cuidemos la pared, cuidemos las cosas, cuidemos la vida, porque así vamos a poder cuidar el planeta, que es nuestra casa”, dice, y cierra: “Y yo creo que siempre hay que hacer eso, como hablamos del mensaje de ‘El beso’ de Klimt o el mensaje de Munch con ‘El grito’, siempre la pintura tiene que dar un mensaje”.

“Un trabajador del arte, nada más”

“Hay una entrevista que me hace para El Tribuno Silvia Díaz, y yo le decía ‘soy un obrero, un trabajador del arte, nada más. ‘Y a qué hora se levanta para pintar’, y me levanto a tal hora; ‘y ¿pinta todos los días?’. Sí pintó todos los días y dibujos todos los días, porque si no no se puede”, recuerda Bravo Herrera, y concluye: “Tenés que dibujar y pintar todos los días porque si no parece ser que algo hay que no cierra”.

*Fuente: El Tribuno, 16 de abril de 2022


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