El silencio en las calles fue inédito. La muerte en el silencio fue inédita. Lo que no fue inédito, en todo caso, fue la invisibilización de los cuerpos y de las voces de miles. En Salta. Digo en Salta porque hablo desde Salta. Y debo aclararlo. A pesar de que —o porque— es tan fácil hablar desde Salta, de Salta, en Salta. Y repetirse en dimensiones y colores, y sonidos tan salteños. Es un decir, claro, lo que digo. Por ejemplo, en eso de la tonada tan característica, tan salteña (como inexistente —tanto como aquello que intenta rotular ese gentilicio—) que “nos identifica en el mundo”. Es tan fácil. Que nadie la ¿canta? La tonada, digo. Porque ya es tan cantada, está tan cantada. Salteñidad. Rima y mucho con argentinidad. Esencia inexpugnable esa de la “idad”. Basta con repetirnos. E invisibilizarnos en función del deber ser salteño (este nosotros me va a traer problemas. Me trae problemas. Me trajo problemas). Un poncho, una virgen, un señor. Un apellido ilustre y ya está. Contactos, y la salvación eterna. Para quienes pueden —quieren— hacerse visibles por segundos y logran ser vistos alguno de esos segundos. Por alguien. Visible. Pertenecer. A algo. Ser. Mirado.

Invisibilización no inédita. Veamos. Los de siempre, afuera. Del gentilicio, de la memoria, de la tierra, de la vida. Muchos. Más es más. Exclusión, pandemia, aislamiento. “Quédese en casa”, “Haga lo que tenga que hacer por internet”; “Experiencia inédita el home working, ¿se va a quedar?”; “Lávese las manos, use alcohol en gel, evite aglomeraciones”; “si alguien de la familia presenta síntomas, que se aísle en una habitación”. Uno detrás de otro, un Estado proliferador de recomendaciones, responsable, medios tirando tips cada 10 minutos. Un presente continuo, un Estado continuo casi presente. Un Estado presente, en los medios. En campaña. Tirando tips (palabra detestable, si las hay, banalizadora y apeladora a lo inmediato y sin demasiado pienso, un triste remedo del “hágalo usted mismo”) y más tips, un equipo de prensa a full. Algo es algo con hospitales de farmacias vacías y sin profesionales ni ambulancias en salitas. Por lo menos tips. Un Estado presente.

Visibles e invisibles

No hace mucho, en referencia al alicaído negocio de la demanda de paisajes y tours, un amigo me planteaba lo que muchos ya sabemos y vemos con dolor. “Ya no servimos ni pa’ paisaje. No hay quien compre”. No, no hablo de lo alicaído de una actividad que mueve dinero y reditúa por un derrame medio neoliberal algo para los invisibles de siempre. Hablo de cómo nos han convertido en postales para otros, casi niños del Llullaillaco. En museos a cielo abierto en los valles, en la Puna, en el Chaco. Ahora.

La trata de personas, la cosificación de la vida, la venta de la vida, o mejor, de paisajes vivos —en el caso de Salta— ya es no solo obsceno sino asesino. “El Estado es el asesino” fue durante la dictadura el lema que alentaba luchas y resistencias. Y en democracia, también. Luchas menos frontales puesto que la cobertura democrática al capitalismo que por definición es deshumanizante daba los fueros correspondientes a la expoliación más cruda y visceral. Y democrática. Tan bien ha prendido el disciplinamiento social que, a casi cuarenta años de democracia, las grandes demandas planteadas en los primeros años de la salida de la dictadura siguen sin responderse ni mucho menos. Estas casi cuatro décadas han provisto al sistema de palabras de las más variadas procedencias que han servido y sirven para justificar violencias históricas contra los pueblos. El capitalismo y su servicio educativo, servicio de salud, de justicia, todo prolijito. Pero nadie compra esas postales… visita esos museos… el Estado de bienes y servicios, medio inútil, allí esperando, vestido para la ocasión, algo compungido mira su pupo, mete el dedito ahí y juega, y logra recuperar algo de su optimismo campante. “La inyección de resiliencia y la moraleja envasada”, se dice, se inyecta. Ah, la autosuperación, el trabajo con uno mismo. Un coach a la derecha. Un balance nú eich. Los negocios, ¿bien? Sí, por lo menos algo hicimos, ¡cómo nos ayudó el dólar! Un año de cero conflicto gremial. Los docentes sin paro… “¿Derechos, obligaciones, garantías constitucionales?”, se cuela por allí un republicanito extraviado. “Bien, gracias”, dice el Estado aflojándose el moño sin entender mucho, y pensando que suena lindo, incluso la vocecita del cosito ese es linda, para un spot. Hasta se le ocurre un cargo: director de Derechos, Obligaciones y Garantías Constitucionales. Sí, se dice, mañana mismo firmo el decreto. Y sonríe plácido para el lado de las paredes blancas e iluminadas del cementerio.

La historia pendiente

Alguna vez intenté hacerme un panorama de la historia del peronismo en Salta, y escribirla aludiendo a los nombres de los gobernadores peronistas, era simple. Una lista para saber y ver lo que el acceso de los sectores populares al poder había logrado en la provincia. Lucio Alfredo Cornejo Linares era, es, el primer gobernador técnicamente peronista de Salta. Venía, claro, de otro lugar político (¿el único?), puesto que era nueva la experiencia que se iniciaba. No era aún el peronismo de Perón, pensé. El que sería. Y seguí el listado…

Bueno, cierro esto que no es más que un exordio para entender lo de las tierras en Salta. Y el Estado en Salta. Sigo, pero ya como yapa. Era la oligarquía vital y rancia a la vez, los dueños de las tierras, la que abrazaba entonces el peronismo, daba vida al peronismo salteño. No pude leer ni escribir más de una página sobre el tema. ¿Para qué? Robustiano Patrón Costas, entonces el político que representaba a nivel país la vereda de en frente del movimiento que se iba conformando en nacional, era el dueño del otro ingenio de caña de azúcar, el del norte. Ah, un dato de color… local, el peronista era el dueño del ingenio de Campo Santo.

Y en Salta, en los Valles Calchaquíes había algún radical conservador con nombre de bodega dando vueltas por ahí, oscilando en ese juego que nos había entregado los valores republicanos y que cada tanto era interrumpido por algún militar clerical y de prosapia. E incluso salteño, con nombre de calle o de ingenio o de bodega. O de estancia con vaquitas adentro.

Algunas postales, aparecidas oportunamente en el Salta 12, acerca de otra cosa que no deja de ser la misma: la realidad de los paisanos de las comunidades aborígenes en el norte y, mezclados con otros pobres, en la periferia de la ciudad capital, en villas, asentamientos y tomas.


Miguelitos y María Elena Walsh

(Salta, 16 de octubre de 2020)

Esta nota comienza con un pedido. A quien esté leyendo y suele comprar miguelitos, pastafrola o maicenas a una señora que anda acompañada por dos nenas, y a veces por otro bebe más chiquito, en la zona de la terminal y detrás del cementerio, que les diga que todo está bien. Quien esto escribe se equivocó, dijo algo de más ese día —hace dos semanas— cuando al despedirse les pidió “cuiden los libros”. Eran dos de una colección de tapa dura con ilustraciones, de María Elena Walsh, que les regaló a las nenas. Quien escribe cree que no insistió demasiado en decirles que los libros eran de ellas y quizá por eso no vuelven, quizá los rompieron, los mancharon, los perdieron o algo pasó con los libros, con ellas. Bueno, si llaman a su puerta a eso de las 4, 5 de la tarde, díganles eso. Que vuelvan a pasar por aquí, por detrás del cementerio, por la casa de los perros. Ocurre que quien escribe ya preguntó a amigos periodistas, docentes cómo es el tema de la escuela con chicos cuyos padres no tienen celular y si había, hay, alguna cartilla, libro, manual para ellos, para que no dejen de estudiar, del todo. Y dónde se consiguen. Claro, pasa que la previa al regalo de los libros incluyó un mínimo cuestionario. La de 5° grado dijo que lee bien, de corrido, la de 3° que también, aunque miró a su hermanita cuando quien escribe le preguntó cómo le va con el dictado; entonces la más grande le explico “cuando te leen y vos tenés que escribir lo que escuchás”, y la más chica dijo “bien”, que sí sabe escribir lo que le leen. Después la mamá me dijo lo del celular que no tienen, en realidad tienen uno viejo que no admite wasap y web, y entonces no les sirve para las clases virtuales, que las nenas van al Hogar Escuela cuando es normal la situación y ella —la mamá— limpia casas. Claro, no quiere que las nenas estén solas. Viven en San Ignacio, cerca del cerro bola. Todo eso le dijo la señora a quien esto escribe.

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Ahí hay una nota dijo Natalia. Investigo en el Ministerio de Educación cómo están trabajando con esos chicos. Qué respuesta les dan, agregó. Claudia, docente de terciarios, cuenta que en algunos supermercados se podían levantar cartillas de seguimiento escolar elaboradas por Nación. Y que desde Provincia entendía que no había ninguna acción al respecto o, por lo menos, desconocía qué están haciendo. Quien esto escribe también desconoce qué están haciendo al respecto. Y agrega que escucha radios locales, ve canales de aire de la provincia y no vio mucho sobre este tema. Prensa del Ministerio de Educación no hace bien su trabajo, o hace bien su trabajo y no hay mucho que decir sobre el tema. Gestión llamaban “al tema” en otros tiempos. El funcionario en cuestión gestionaba los recursos públicos para que los derechos de la ciudadanía estuvieran mínimamente cubiertos.

Nota al pie, aquí. Digo funcionario y no autoridad. Explico por qué esa palabra me supera. ¿37 años de democracia ya son? ¿Y siguen hablando de autoridades y dádivas y mercedes propiciadas por la buena voluntad de los que accedieron al poder? ¿Cómo accedieron al poder? ¿Fueron acaso bendecidos por algún papa, algún rey en estas, sus colonias? ¿Hay que besar algún anillo cuando estos gobernantes condescienden a caminar por su comarca? ¿A ellos se les ha de derramar alguna cartilla cuando paseen por la villa/ asentamiento/ barrio sin agua/ para que los chicos sin celular puedan, aprendan a leer de corrido? ¿Ellos pasean por esos lugares feos sus majestuosas miradas?

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Yuthiel me escribe con alguna escasa frecuencia. Soy su nexo con Raquel. Raquel ha tenido a bien recibirme como inquilino en su casa. Nos une una amistad de años y la militancia, alguna sobremesa nos ha encontrado discutiendo sobre el cómo de esa militancia. Por eso quizá me dio un lugar para vivir mientras superemos estos malos tiempos de pandemia y de los otros, los otros tiempos. Entonces, me comunico con Yuthiel como telefonista y como militante. Raquel no tiene celular, o tiene uno, pero no lo usa. Por suerte, ya está jubilada y no lo necesita para terminar la primaria. Ella es profesora de Historia y publicó libros importantes sobre Salta y sus historias.

Volvamos a Yuthiel. Lo pude conocer finalmente la noche del miércoles. Hoy, su foto ha salido en la tapa de El Tribuno y está en las redes. Es joven, tiene el pelo largo y barba. Y una mirada de cansancio. Y las manos no se las vi, tiene los brazos para atrás, las esposas lo obligan a estar en una pose no muy plástica. El 6 de octubre mandó un audio. “Quédate tranquila —dice— estamos bien. Dentro de todo, la seguimos remando y vamos para adelante”.

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Un periodista de El Tribuno le hace una entrevista a uno de los asentados que estuvo con Yuthiel cuando lo secuestraron/ detuvieron. De civil, policías. Un auto sin identificación. Los asaltaron, venían de una reunión en el Grand Bourg, habían sido convocados por el gobierno. Los esperaban fuerzas especiales. ¿37 años? Agua, que quieren agua dice ese chango. Para los chicos, para los grandes. Un camión cisterna, algo. Y habla como cuando a un pobre le ponen un micrófono, es directo. El cronista cuenta. El viento se filtra por el micrófono. Y también el ruido que hacen las lonas de las carpas, el plástico de las carpas. Y las voces de las mujeres y hombres en ese lugar que habitan desde hace unos meses.

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Cuando convenimos con la periodista una nota sobre cómo hacen los chicos que ni siquiera tienen la cartilla de seguimiento para no dejar del todo la escuela, también me pregunté qué pasa con los chicos que están viviendo en la toma de Parque La Vega, de San Calixto. Claro, es un tema que rebasa los límites de lo legible, de lo visible. Son ilegales. Ilegales son sus madres, padres, abuelos, tíos. Esto de rotular le sale muy natural a la democracia de 37 años de edad. Sectores vulnerables, pueblos originarios, cabecillas, usurpaciones, ilegales, derechos del niño, servicios de salud, educación, justicia, interrupción de calles y caminos.

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Cuando los chicos están desnutridos se enferman. Y a veces mueren. Claro, esa palabra no va con el plural ni con el “a veces”. La muerte le ocurre a un niño por vez. Esta puerta es muy solitaria. Sus cuerpitos no resisten, y pensar que padecen esa condición de miserabilidad desde que nacen, nacen a/ en ella. Nacer es un trámite. Y respirar también.

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Quieren —dicen los eslóganes de campaña en la que se ha convertido la política de los políticos profesionales— una Salta inclusiva. Palabra complicada esta. Y más en boca de los que comen todos los días y pueden levantar la mano desde sus casas ahora, vía Zoom. Salvo algún escollo mediático que les permite/ conmina por cinco minutos a decir a viva voz ¡el rey está desnudo!, no tienen mayores sobresaltos. Esa iluminación pasa y vuelven a las instituciones y a la capa del rey hermosa y fina y abrigada, hecha de hipocresías y conveniencias. Y aquellos que gestionan desde el ejecutivo, ¿saben lo que es ver morir a un chico en los brazos de su madre? Inclusiva. Una Salta inclusiva. Que incluya a todos los salteños. Salvo a los ilegales. A los que usurpan tierras, espacios públicos. A los que nacen en un rancho de 3 por 3 y se siguen multiplicando, y claro, son muchos. Rótulos, con pobres abajo. Educación sexual integral, ¿se acuerdan de ese debate? ¿Se acuerdan de la década ganada? ¿Y de la ignorancia, en ese debate, de los funcionarios locales apoltronados en sus prejuicios y tradiciones que no les permitía ver que Salta, sus chicos, necesitan información vital acerca de sus vidas y derechos? En realidad, a la distancia, eran coherentes. Cómo iban a reconocer un derecho, si después tendrían que gobernar preservándolos. No los reconocen, no existen. Castidad y abstinencia, y de eso no se habla. 37 años.

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El miguelito es un pan dulce chico, con dulce de leche. La señora y sus nenas, y el nenito a veces, lo venden a 10 pesos. Hace dos semanas que no vienen. Si los ven, por favor, ¿les dicen que quien escribe necesita comprarles cinco panes? ¿Y que aquí están Cuentopos de Gulubú y Tutú Marambá (ambos de María Elena Walsh) esperándolos?


Niños, tierra y vómitos

(Salta, 9 de noviembre de 2020)

La palabra “vómito” hace ruido y huele mal, es una palabra que incomoda. A muchos. Si la escucha una madre, no; esa mujer tiene otra relación con ese tipo de palabras. Su amor la lleva a no quedarse en ellas, las enfrenta.

El jueves 29 de octubre de 2020 un nene de dos años, wichí, falleció tras padecer vómitos, diarrea y, finalmente, una neumonía bilateral. El vómito significa algo en Salta, y más si se es niño, y más si se es un niño o niña wichí, una niña/ niño pobre. En realidad, 8 de cada 10 niños en la provincia. Pero aboquémonos a los paisanos del Chaco salteño. Siglos de vómito, propio del lugar. La criatura era originaria de la comunidad El Arenal, de General Mosconi.

Por esa zona, más precisamente en la comunidad wichí Yokwespehen, en km 20 de la ruta nacional 86 de Tartagal —cuenta Seila Pérez—, a las 5 de la mañana del 21 de octubre de 2020, era miércoles, ancianos alertan sobre la presencia de policías de la Provincia, que los rodea cuando muchos de ellos duermen. Los mayores sienten fuertes ruidos de caballos, un grupo de unos 20 policías obligan a un joven de la comunidad, mediante amenazas, a “notificarse” del desalojo a cargo de otro empleado del Estado de Salta, también con uniforme y armas, que le provee ese Estado, claro. Actúan de esta manera porque el presidente de la comunidad exige una orden de desalojo firmada por un juez. El operativo cuenta con 10 camionetas, 6 policías de la montada, 5 motorizados. Exactamente, 200 efectivos de la Policía de Salta rodean a la comunidad mientras las familias duermen. Las despiertan/ violentan. A las mujeres las obligan a recoger sus pertenencias y a retirarse del lugar sin importar sus niños, a los varones los obligan a desarmar las viviendas, violando preceptos constitucionales, tratados internacionales sobre derechos del niño y derechos civiles. Problema, derechos civiles: son indios, y por ello salvajes, el Estado argentino intentó eliminarlos primero y después, civilizarlos. Y no hay caso.

Interregno. Propiedad privada. Fotos.

Hay fotos de los hoteles de inmigrantes de principios del siglo XX, violentas, con chicos rapados, que han sido fumigados para desinfectarlos, venían con sus padres. Eran europeos un poco menos europeos que los deseados por los dueños de estas tierras, ahora independiente y con un Estado argentino, digno y encaminado a ser el granero del mundo. Estos que venían en los barcos desde el siglo XIX por lo menos eran blancos; pobres sí, brutos, sin mucho pienso, y por eso mismo manejables. No preveían los dueños de esa Argentina que habían desertificado aún más el desierto con sus campañas y conquistas que se colaran anarquistas, comunistas y laburantes y pastores ignorantes —tan sabios como Miguel Hernández, por ejemplo—, pero eso es de otro cuento.

Hay otras fotos de esa época, y posteriores, de indios del Chaco argentino preparados para ser arreados a los ingenios; los que los llevaban como animales eran los uniformados del Estado. Los empresarios —bajo la atenta (interesada, creo que es más adecuado) asistencia de gobernadores, intendentes y legisladores, bancada por los jueces, que velaba y ejecutaba el desarrollo de este gran país— se sentían muy buenos argentinos puesto que su propiedad privada y civilizada estaba a resguardo… Tenían papeles, y la misión civilizatoria de educar a los indios con el trabajo, sacrificado.

Niños, vómitos y tierra, de nuevo

Volvamos a Yokwespehen (que en una traducción posible puede leerse Despojados), la comunidad wichí que se encuentra en km 20 de la ruta nacional 86 de Tartagal, con 15 familias, 40 chicos y 45 grandes. Hostigados por Jorge Panayotidis, y el Estado argentino. 5 de la mañana del miércoles del 21 de octubre de 2020. Al ver estos atropellos, una abuela decide salir al monte con algunos niños para protegerlos, llevándolos a otra comunidad ubicada a 4 km. Los chicos presentan vómitos. Una policía lo presencia (uno se imagina el cumplimiento del deber que le ordena el Estado/ el dolor/contradicción de esa mujer por lo que le dice su pacha) y no los asiste ni intenta llamar una ambulancia, inexistente claro (los funcionarios de la Provincia no pensaron en llevar una —por lo menos— y médicos, y algún alimento para ver cómo se encontraban esas gentes pobrísimas. Y quizás un poco de agua, por los niños, piensa uno desde un sentido común que se agarra de los pelos con el de vagos que no quieren trabajar), o no piensa en llamar a alguno de los uniformados por el Gobierno de Salta que maneja uno de los diez patrulleros que allí están. Un Estado presente. Para preservar la propiedad. Privada. Para asegurar los intereses de esos ciudadanos, buenos argentinos que creen en el progreso y tienen DNI y avales y todos los papeles. En regla.

Más fotos

* Yuthiel Alderete sigue preso. No solo lo secuestraron/ detuvieron como en la dictadura, sino que además lo torturaron, como también lo hacen en la democracia pronta a cumplir 38 años, la del gatillo fácil y las topadoras. Siguen niños y grandes en la toma de San Calixto/ Parque La Vega. Sin papeles y sin agua, claro. Como los paisanos del norte.

* Un puma ingresó el viernes o jueves en una casa de Alto Comedero, Jujuy. El animal estaba asustado. Perdido. Dice la señora dueña de la casa que era grande, pero tenía cara de bebé, de cachorro. Agrega que le dio lástima. Aludió a los desmontes y a los incendios y a cómo estos bichitos estaban muriendo.

* En Bolivia, el viernes, amautas y yatiris piden la bendición de la Pachamama para el pueblo y Luis Arce Catacora y David Choquehuanca, sus gobernantes. Ocurre en Tiwanaku, allí Arce le pide sabiduría a los achachilas. “Acompañados de Amautas y Mama T’allas, organizaciones sociales y nuestras familias, recibimos en #Tiwanaku la energía de la Pachamama y los ancestros para gobernar en paz, unidad y prosperidad. No defraudaremos la confianza del pueblo. ¡Jallalla #Bolivia! #VamosASalirAdelante”, dice por Twitter. Y asumieron ayer, oficialmente. Y Arce Catacora jura por las luchas y por los pueblos… por la Pachamama, por los próceres de la Independencia, por los hermanos que dieron su vida por la democracia. E invocan en la ceremonia a los próceres, a los héroes contra el estado colonial y al pueblo como reaseguro de ese juramento.

* En Estados Unidos, el republicano Trump no reconoce que ha perdido la presidencia con el demócrata Biden. La democracia más sólida del mundo da una nueva función. El presidente electo tiene experiencia, dicen. Y tienen razón.  

* Diego emociona de nuevo con una nueva gambeta, cuando lo vemos caminar despacito y sin poder levantar los brazos, en imágenes que duelen, saludado por su pueblo. El Diego cumplió 60 años el 30 de octubre de 2020.


El empleo de la palabra.

(Salta, 6 de diciembre de 2020)

El empleo de la palabra “malón”, cuyo uso debería incomodar en el siglo 21, aporta a la discriminación. Por lo menos, a los que consideran que son parte de algo llamado Latinoamérica debería incomodarles emplearla.

Digo lo de malón porque estos días nuevamente tuvimos paisanos argentinos con otras lenguas y culturas caminando por la muy colonial ciudad de Salta. Y se volvió a escuchar esa palabra en algunos medios.

Marcha de la Uacop a la Casa de Gobierno de la Provincia de Salta 1 de diciembre de 2020..

Quizás resultaba graciosa —la palabra malón, digo— en el siglo pasado y hasta servía/ sirve, desde la ironía del mismo sujeto cultural —el Cortázar de “Las puertas del cielo”, por ejemplo— que la emplea para definir un lugar (el suyo) de hombre (la mujer era/ es una costilla o peor, un apéndice, en el sentido anatómico) con rasgos europeos (¿?) en oposición a los que tiene el otro/a, el/ la monstruo provinciano/ a, mezcla de genes criollos, indios y negros (africanos, aclaramos), que alimentaría y alentaría al general con cara de indio y un tanto cetrino en su color y sus banderas, junto con otros desplazados de sus lugares por las guerras y el hambre y que se hacinaban en conventillos de la ciudad portuaria en los que el cocoliche era la lengua franca, cuando no eran llevados como colonos a las provincias, todos mezclados. Y mezclados en una plaza y con las patas en la fuente se encontraron en el 45.

* Estas oraciones con tantos recovecos cansan y no es bueno que estén en un texto que pretende dialogar. Traduzco: “malón” sigue violentando a quienes no tenemos rasgos europeos, puesto que nos invisibiliza (ese fue su propósito inicial y lo sigue siendo), quitándonos la historia y memoria que portamos aún en nuestros cuerpos, a pesar de que muchos de nosotros hemos perdido nuestra lengua materna. Y también violenta a otros pobres que incluso, y hay muchos, tienen perfectos rasgos europeos. Malón, aluvión zoológico, hordas, villeros, piqueteros, peronios, morochos, cabezas participan del mismo gesto de nombrar adjetivando que se arrogan los que detentan el monopolio del sentido.

Y, ya sin ironía, era habitual su empleo decimonónico, cuando esa palabra era oportuna y hasta necesaria para los dueños, los nuevos dueños de estas tierras, y de las palabras, tanto las que se hablaban en las estancias y en las ciudades como las que fijaban en papeles pensamientos, hechos, estéticas y, por supuesto, leyes. Leyes para disponer de las cosas -cuerpos de indios, negros y pobres, entre ellas, puesto que el monstruo es una cosa.

* A propósito de la ironía, todo un género literario si está escrita; y ya sin ella y hablando de ella, ¿cabe la ironía cuando se habla de un ser humano que muere?, ¿cabe usarla empleando “malón”, por ejemplo? ¿Si, de hecho, no solo con ironía, sino con un abierto racismo se emplea esa palabra?

* “Las palabras y las cosas” es un libro del 66, Michel Foucault lo escribió y significó todo un hito en el pensamiento occidental ilustrado (este adjetivo que seguramente a este neokantiano le habría provocado una sonrisa quiere en esta oración quedarse en su más estricto uso pedestre). No me interesa hablar de Foucault, sí de las palabras y las cosas, lo que hacen aquellas sobre las segundas, en una sucesión que no es tal y lo que hacemos ahora, cuando escribo y me leen. Estamos en el cómodo espacio de lo decible, del discurso que, por supuesto, es y no es ocioso e inofensivo y no. Y permite y justifica -desde ese no lugar- muerte y dolor. Malón, dicen, por ejemplo, y no se inmutan.

Abya Yala, Grand Bourg, política. De cómo decir este tiempo.

Lo que escribe-investiga-dice-y luego publica en 1966 Foucault es una arqueología. El nacimiento de las ciencias sociales, el nacimiento y entronización de la ciencia desde el racionalismo europeo que tanto hombre unidimensional justificó, justifica. Y no hablamos del imperialismo todavía, hablamos, en primer lugar, de lo que ese pensamiento inhumano hizo con los propios europeos; Occidente los reticuló, domesticó, encarceló, confinó, civilizó y medicalizó (esto último más recientemente). Y, ya ordenado el mundo en el Viejo Continente, y habiendo quemado brujas y herejes, ese Occidente —curas y burgueses y su racionalismo-racismo-racialismo— exportó a otros lugares su iluminación, a tierras donde era más fácil esa imposición puesto que no hablaban ni pensaban (ni hablar de sentir, puesto que estos adelantados le negaban potencia a esto del afecto y otros regímenes dejados de lado, más precisamente dentro de la órbita de la religiosidad y del pensamiento mágico, ritual, irracional, en un contradictorio frente). Me cansé. Pensar y sentir de corrido, cansa.

* “Además está el olor, no se concibe a los monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta pasada, uno sospecha los lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los sobacos, después lo importante, lociones, rimmel, el polvo en la cara de todas ellas, una costra blancuzca y detrás las placas pardas trasluciendo” (la cita podría ser: “La fiesta del monstruo”, o “Las puertas del cielo”, para el caso son casi iguales Bioy, Borges y Cortázar).

* Abya Yala es una denominación que, no sin problemas, intenta nombrar a un continente desde la diversidad, el que ahora es América, para -dicen- comenzar a nombrarnos nosotros mismos de nuevo después de más de cinco siglos de ser nombrados por otros.

Wichís, chorotes, guaraníes, algunos tapietes están en el Hogar Escuela. Algunos de ellos se han ido. No tenían su suelo, malo o bueno, para decir su voz y faltaba monte y sobraba ruido y autos y avenidas. Y tenían a sus familias lejos. Los que no se fueron están en la escuela. A un paso de la terminal, y del cementerio. Y del San Bernardo. Fue constante la presencia de ómnibus estacionados, afuera, no para llevarlos al Grand Bourg sino para tomar para la derecha -con ellos adentro- y por el portezuelo salir de Salta capital, supone uno con una mala espina, clavada en y por las experiencias que ha visto. Y no. Hubo marcha y llegaron al Grand Bourg (qué nombre conveniente) con sus demandas. Y el gobernador llegó un poco tarde, pero llegó. Y saludó y se hizo selfis, y dijo: “Vamos a hacer lo humanamente posible para devolverles a ustedes lo que les quitaron” (¿quiénes?). Y habló de dignidad. “Y aquí estamos, todo el Gobierno presente… Todos aquellos que quieren acompañar y ayudar más allá de la política”, agregó en un tono conciliador, y despolitizado, quizá haciendo uso de esos dos instrumentos de la colonia, la racionalidad y la religiosidad nueva, la impuesta para unificar algo tan diverso como lo que había/ hay en estas tierras. Supongo que lo de “ayudar” y “más allá de la política” alude a las ONG. Malo sería que el Gobierno despolitice un tema que debería ser una política de Estado.

Más nombres propios e impropios

Secretaría de Asuntos Indígenas se llama ahora; hasta la anterior gestión del Gobierno provincial, tenía rango ministerial y completaba su chapa con “y Desarrollo Social”. Y piden estos días algunos medios y referentes sociales que salga de la órbita asistencialista del ahora Ministerio de Desarrollo Social, y se jerarquice como un ministerio o secretaría de Estado con autonomía de decisiones y presupuesto. Todo un cambio. ¿De nombre?, ¿de nuevo?

* Derechos. La palabra derecho, su uso, de un tiempo a este, ha funcionado como cobertura del status quo. Cuando la propiedad privada –ilustrada, capitalista, instrumental, concreta- aparece en los hechos y cualquier “otro derecho” de rango no ministerial también y entran en conflicto, los que deciden -a veces con un poco de ruido y otras, con presentaciones escritas silenciosas- deciden siempre en el mismo sentido. ¿Conflicto de derechos o de intereses? ¿Conflicto? Y por allí resuena, opacado por tanto ruido, un eco lejano de la voz de Evita: “Donde hay una necesidad hay un derecho”.

* Agua. Una de las demandas de los pobladores de las comunidades del norte de la provincia es el agua. No tienen agua. No hay agua. Y la sequía y la pandemia, y las altas temperaturas han agudizado los efectos materiales de su falta (¡lo que es el lenguaje!, estoy hablando de vidas y de muertes de hombres y mujeres, niños y viejos). Y ahora llegan las lluvias, y de nuevo el agua –inundaciones mediante- estará en el presente de estos paisanos pobres del Chaco salteño.

* Femicidio e identidad de género. Observatorios, secretarías y demás institutos de palabras oficiales para decir que se hace algo mientras siguen asesinando a mujeres. Proyectos de ley girados al Congreso. Y en las escuelas, ahora vacías, se sigue sin informar a los chicos, chicas, chiques sobre educación sexual integral. Ellos, ellas y elles, los límites de lo decible y definible. “Estamos en obra”, dicen con un cartel muy visible con sellos y plazos. Y sin obreros.

Medios y cuerpos con nombres propios

“Diego unió a buenos y malos, en un abrazo”, dicen los que hacen de decir un negocio —mirando el rating cada minuto— y llenan horas y horas con su nombre y también los que no, los que sienten que es así. Y otros, y/ o los mismos de recién, aquí antes del punto seguido anterior (esta clasificación no es excluyente, como la que puso sobre la mesa Borges y que hizo sonreír con cierta inquietud al Foucault de “Las palabras y las cosas”), han llorado en silencio y con una profunda tristeza la partida del ídolo popular nacido en Villa Fiorito hace 60 años (yo, entre ellos).

* A Mona Moncalvillo la seguí escuchando por Radio Nacional cuando su programa “Dos ideas juntas” fue llevado a las 3 de la mañana, los domingos. Ese horario tuvo en el macrismo esta mujer luego de haber sido directora, con un enorme sentido federal, de esa emisora. Carlos, mi hermano mayor, compraba la Humor, y la leíamos en los 80, de modo que tenía historia y experiencia. La escuchaba en la madrugada y sentía en su voz, en el gesto de no irse de esa radio, la convicción de la resistencia de una militante. Gracias, Mona, también por eso.

* Yuthiel Alderete sigue preso, ya no lo tienen en la plaza pública, exhibido como ejemplo de mal ejemplo en la ciudad de propiedad privada, bien privada. Lo tienen en la sombra. Las familias de la toma de San Calixto siguen en la toma. A la intemperie.


¿Crónica?

(Salta, 22 de enero de 2021)

Una crónica deportiva. Una crónica periodística con el diario del lunes. Crónica de una muerte anunciada, crónica del diluvio (además, títulos de dos novelas bien americanas del sur del siglo pasado). Y también algo crónico, algo que se torna recurrente, reincidente, repetido, agobiante por el puro decurso de saber uno que va a acabar de una forma y no de otra. Bastaría con escribir una sola crónica y cambiarle los nombres propios, cada tanto, cada siglo.

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En Carboncito, este lunes comenzó el Congreso Ruta 53. “El Consejo Consultivo y Participativo de los Pueblos Indígenas invita a organizaciones indígenas y no indígenas para tratar los avances en la propiedad comunitaria indígena”. Hace unos días me llegó esa invitación desde Carboncito, cerca de Embarcación, de Misión Chaqueña y del río Bermejo.

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Situación crónica, la de las tierras en Salta, en el país, en el continente que quedó bajo el rotulo de Occidente (con rima y todo), bajo el dominio de la propiedad privada como un valor supremo y que subsume en su lógica cuerpos, y dolores de esos cuerpos, y tierras. Colonia. Continente diverso y conflictivo, con siglos de violencias. Fotos del lunes de lo que quedó, precisamente, de una toma de tierras. Parque La Vega. Arreglaron, cerraron un acuerdo con el Gobierno. Optimismo medio mojado por las lluvias y por el cansancio. Un pedazo de madera en medio de la correntada que los lleva río abajo desde hace tiempo. Qué contradicción: son asentados. Siguen en el río los asentados, ya que no en tierra. No tienen. El Estado tampoco, pero va a hacer lo posible para que sí. Pasa que ellos, los asentados, son medio inestables y van para donde los lleva el río. Tierra tierra y hasta planes de vivienda, para los que trabajan. Y si pueden pagar cuotas altísimas, mejor. Estos de Parque La Vega (dejemos descansar a los de San Calixto) son-eran pobres e inestables. ¡Y claro!, si no tienen un terreno firme para pisar firme, sin tanto miedo. ¡Qué maravilla el lenguaje!

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Yuthiel sigue preso, en otro río. Si leés este medio (por el Salta/12), sabés quién es Yuthiel Alderete. Sabés que lo secuestraron cerca del mediodía de hace unos meses cuando volvía de una presunta reunión en el Grand Bourg y que tiene causas judiciales por revoltoso. Él era uno de los referentes de San Calixto cuando comenzó la toma. Tenía ideas subversivas. “No digas secuestrado, queda mal, ya tenemos 38 años de democracia, y menos digas subversivo”, me dice Cati La Grande, arrogándose una edad que no tiene con ese nosotros dentro del “tenemos” y también una condición de humana que la desmejora, pobre. Que mira indolente cómo trato de cebar unos mates, mientras el dolor de cabeza por no dormir como se debe y por no cambiar los anteojos me propina su dosis de cada mañana, ya casi al mediodía. Pobre Catalina, hablar con este humano desde su condición hermosa de gata. Dicen mucho sus ojos y su silencio respetuoso, ahora que he vuelto después de haber ido por un vaso de agua.

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La crónica une información con otras formas de comunicar, asocia lo cotidiano a los hechos que se narran como para que se tornen más próximos y, de esa forma, lleguen y comuniquen. Esas formas, digo en un todo que mixtura palabras, dicen cosas.

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Ya he escrito y he hablado mucho sobre lo de siempre, los paisanos sin tierra. “Buen día hermano te comento que desde el miércoles me encuentro en la ciudad de Salta con nuestro equipo de la Uacop”, me escribe mi amigo Gerbasio. Ellos —los de la Uacop— hicieron una marcha desde sus comunidades en el norte hasta la ciudad de Salta en noviembre pasado, buscaban respuestas. Estuvieron unos 20 días en el Hogar Escuela. Se fueron, con promesas. Son vecinos del Chaco salteño que hablan otros idiomas. Un palo en el medio del río. El Pilcomayo está creciendo, los paisanos de esos lugares se están reuniendo. Los del Bermejo, en Carboncito, también.

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¿Qué pasó, qué pasa, qué pasará con Yuthiel?

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“Crónica, no. Está de moda”, me dice casi con lástima una amiga comunicadora con la que cada tanto hablamos por wasap. ¿Está bien dicho hablamos si nos escribimos? ¿Hablar es más que escribir? ¿Y prometer es más que hablar?, pienso mientras leo lo que me escribe. Me dice: “Con la pandemia todo el pucho mundo hace crónicas que nadie lee”. Lo de pucho sería un remedo de puto, en realidad me lo sé con pucha, que sería —según recuerdo que alguna vez aprendí— puta. En la primaria y en la casa teníamos ese recurso para no decir malas palabras. “Es autoayuda (traduzco así paja, que es lo que mi amiga comunicadora escribe). La salida de muchos con acceso a las redes que como están al reverendo ‘haciendo nada’ (ella dice “pedo”, pero queda mal hablar de los humores del cuerpo, eso lo aprendí en catecismo cuando tenía 8 años, con otras palabras, claro) escriben…”. Qué difícil es traducir los barbarazos que dice la gente. Por suerte uno tiene el ejercicio de saber no decir malas palabras bien aprendido en una Salta muy respetuosa.

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Qué difícil también que es hacer una crónica con el diario del lunes. Con las fotos del lunes, peor. “Todo nos salió positivo, hablamos con el Sr. ministro de Salud. Habrá curso de agentes sanitarios en Santa Victoria Este, logramos la refacción de 3 centros de salud, comenzando con Misión La Paz, construcción de pozo ciego. Luego con el secretario de Obras Públicas, con el Sr. presidente del IPV y otros funcionarios”, leo lo que me escribió hace unos días mi amigo wichí que vive cerca de Santa Victoria Este, mientras pispeo los restos ¿de basura? que quedaron en las fotos del domingo de lo que fue la toma de tierras en Parque La Vega. Y me pregunto: ¿eran asentados? No. Si era una toma… El asentamiento es un estadio superior de la toma. Entonces, dudo y me digo “lo de arriba está todo mal”. Eso del río y de los asentados que no pisan firme y etcétera, etcétera.

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“Si esto no se llega a cumplir, habrá otra caminata”, me dice Gerbasio en el mismo wasap.


Cierre. ¿Poner el cuerpo? ¿Otra vez?

manos de tejedora wichí

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