Oralidad y medios… Estos términos son vagos por varias razones. Las resumo en dos.

Uno. Hablar de oralidad en la literatura es como hablar de los diálogos en el teatro, y más si pensamos en la literatura que se practica desde abajo[1] y en nuestros tiempos. Lo oral está siempre. A menos, claro, que busquemos desglosar el hecho estético en los elementos que lo materializan y hagamos esos complicados ejercicios de erudición en pro de explicitar funcionamientos. Entonces, separaremos, clasificaremos y pondremos rótulos. Y estará bien: lo oral como tema y como estrategia de construcción de la representación. Sin embargo, se me ocurre una pregunta para comenzar (y terminar). ¿Cómo inscribimos/ escribimos lo cotidiano y lo próximo si no es con lo coloquial, con lo oral?

Dos. Los medios masivos. Quien haya leído Trenes del sur y no se haya colgado tratando de entonar alguno de los tangos que en sus páginas respiran no se dejó arrullar, evidentemente, por esa ficción de realidad que es la literatura. Y aquí volvemos al principio, al razonamiento de las primeras líneas de este trabajo. Los medios están en todas partes, esa es su razón de ser. De modo que una novela que ya tiene cuarenta años y sitúa su historia en los 40 y 60, seguramente, algún medio tiene. Y si de trenes del sur y de tangos y de Boca Juniors y de Fangio en La Quiaca hablamos…

Por estas razones digo que son vagos y quiero dejarlos así. La oralidad y los medios van a estar en estas reflexiones de manera tangencial, si acaso aparecen. Hago esta observación para quien lee el título y se dispone al desarrollo consecuente.

Hechas estas salvedades, me animo a sugerir este título: Los trenes y los silbos en la escritura de Carlos Hugo Aparicio, las formas del regreso.

, las formas del regreso.

Cuando leí por primera vez la novela Trenes del sur (hace algo así como 16 años), sentí algo extraño: esa ficción era verdadera. Quiero decir, se parecían a mis recuerdos de infancia los que estaban escritos allí. Era yo ese niño. Era yo en la escuela 20 de Febrero de un pueblo grande que llamábamos barrio con sus calles Los Naranjos, Los Manzanos, Los Perales. El baldío que era la cancha de fútbol y, cada tanto, el parque de juegos de Parrita, con lota incluida. Era Villa Belgrano y el lado de la vía. La niebla, la noche yéndose y nosotros pisándole los talones, detrás de ella, de la mano de mamá, yendo a la escuela. Era el frío y el hermanito menor, suertudo, quedándose en la cama, calentito. Y dueño absoluto de los juguetes y de los juegos por la mañana. Inmune a las tareas y obligaciones de “estar aprendiendo”. E inocente para siempre.
Me emocionó la novela. Me había llevado a las calles y sueños de la infancia. Y eso era bueno, y también triste. Triste como el tango, y como algunas coplas que hablan de ese territorio al que no se vuelve, y cuya distancia no se mide en kilómetros sino en años. Y no, no se vuelve, pero se vuelve. Se vuelve caminando los frágiles caminos del sueño. O de la literatura, ese ejercicio con palabras que nos sitúa en la memoria. Esa memoria que cuando se torna colectiva nos da la dimensión de la pertenencia.

“Él quiere estar ya nomás en su patio con el hermano, jugando a las bolillas o haciendo bailar el trompo sobre la palma de la mano, arrinconarse ya mismo en el galpón a hojear revistas, los libros del padre, sacar su cometa y darle todo el hilo del carretel, encerrarse en el comedor con la vitrola y dedicarse a escuchar esos nuevos discos que ha traído su papá junto con la cajita metálica de púas flamantes; no los foxtros, ni menos las rumbas ni las congas, sino esos de Tanturi, Di Sarli, Gardel, Laurenz, Troilo, Gobbi, Canaro entre un alto de otros y, en fin, ser por último el actor y matar uno a uno a todos los bandidos…”.

Me había comprometido tanto ese decir, que una incomodidad se me instaló en el cuerpo. Ese ejemplar de Trenes del sur era prestado, lo devolví. Y el olvido hizo lo suyo.
Y aquí estamos.

En la Escuela, en el pago.

La literatura es un espacio de inscripción social. No podría pensar en ella sino fuese para vivir las realidades que su cuerpo inscribe en el mío, recupera en el mío. ¿Cómo no admitir que esa Escuela (con mayúscula) de patios fríos no es la mía? ¿Que ese acto escolar –la velada- no fue en mi Escuela?

En el día de la velada ya hay movimiento desde muy temprano. Entre los preparativos se van pasando las horas sin sentirlas… Los alumnos que toman parte se aglomeran detrás del escenario improvisado contra la galería más amplia de las que dan al patio principal de la Escuela… Al costado de ellos y por detrás toda la Escuela de guardapolvo blanco y bien formada, cada maestra al frente de su grado. Le han hecho un chiripá para el Pericón, es de color negro con bordados rojos; calza un par de botines flamantes que le ajustan, la vestimenta le cae algo holgada, se la arreglan a las apuradas con alfileres y costuras improvisadas; le pintan los bigotes con corcho quemado y le alargan las patillas. (…)
… Pone toda su atención en el baile, procura no equivocarse; grita exageradamente los versos de la relación
en su delante imillita
mis ojos he de cerrar
así se queda usté adentro
cuando se mande a mudar
la voz de ella replica clara, musical
mocito de pelo negro
no ha de hacerse el presumido
antes que cierre los ojos
ha ’i mirar que yo me he ido.

La escuela y la región y la adscripción a una cultura. Está todo aquí. La copla del changuito a la imilla, la respuesta consiguiente. Los guardapolvos blancos, los apuros de los grandes y las destrezas de los niños puestos en el papel de representar una cultura nacional, y a la vez propia. Y ahí nos salimos, por un momento, de la literatura.
La identidad/ memoria de un pueblo es la adquirida a través de los aparatos ideológicos del Estado. La escuela y la iglesia aportan a modelar esa memoria en aras de la construcción de una identidad.

El domingo no ve la hora de que pase la mañana. Temprano, vestido con la mejor ropa, lo mandan a la iglesia, a la misa que es obligatoria para los alumnos a partir del segundo grado. Además, toman lista, y pobre del que no va, porque el lunes a primera hora tiene que justificar con las firmas de sus padres la causa de la ausencia. En la clase de Religión les hacen aprender de memoria el Padrenuestro, el Credo y los Diez Mandamientos; les enseñan a persignarse, ya los están preparando para la primera comunión…
Pero qué molesto y fiero es arrodillarse, estarse quietito, hacerse el de rezar repitiendo de memoria las palabras, a los susurros y cerrando los ojos… Entonces, cómo no va a ir a la iglesia de mala voluntad, sin ganas, sólo por exigencia de la Escuela aunque le regalen estampitas que él después las cambia por tapitas de cerveza o figuritas con la imagen de los jugadores de fútbol para llenar el álbum y sacarse, Dios quiera, la bici en el sorteo final.

El sustrato originario, el que se aprende en la casa, con los abuelos, con los amigos en los juegos, con lo coloquial de la lengua de todos los días, también está. Lo que denominamos a los efectos descriptivos habla rural. Y que, pensamos, no es otra cosa que el uso ordinario de la lengua para decir lo que nos pasa habitualmente. El cuerpo de esta literatura ha propiciado ese encuentro que, en realidad, no es un encuentro sino un espacio vital de conformación cultural. Siempre está. Y de qué manera. Por ejemplo, en el tiempo del carnaval.

En La Quiaca –me contaba don Carlos hace unos años-, mi viejo y mi vieja nos dejaban bajo el cuidado de Angélica y se iban… Quince días se desaparecían. A mi hermano le encantaba irse a la casa de mi abuela, a mí no me gustaba… Y yo siempre me quedaba con Angélica y Angélica tenía su novio, así que se iba, también. Quedaba solo, solo, yo, sentado en un banquito que había sobre la calle, el portón y el perro ladrando y echando de menos detrás de mí, en la oscuridad absoluta. Cada vez que me acuerdo de eso, tiemblo de miedo. Y ellos se iban a carnavalear y después te daban las fotos que sacaban a las comparsas, en los bailes. Bailaban muchísimo el tango. Quizá lo que más se bailaba en esa época era el tango, bailaban zambas, también, bailaban folklore, bailaban rumba. Pero el tango era el baile esencial. En esa época, La Quiaca era una ciudad tanguerísima.

Y en la novela, en el capítulo VIII, don Carlos escribe:

En el último carnaval los llevaron a los dos por primera vez; el padre que portaba la bandera bordada al frente de la comparsa bailando de casa en casa se machó enseguida, y ahí aprovecharon para pintarlo con corcho quemado y lápiz de labios mientras la madre como si no le importara bailaba lo más tranquila con un diablo entero de rojo, con cola y careta de alambre, en la otra pista. En realidad, todos se dedicaban a jugar y a bailar, lo hacían por parejas, del brazo, rara vez el marido con su propia mujer; al compás de un bandoneón, una mandolina, violín, un par de guitarras y bombo; todos enharinados, hasta los de la orquesta, salpicado el cabello por el papel picado verde, amarillo, rojo, azul; serpentinas también de todos los colores envueltas en el cuello; perfumados; gajos de albahaca en el ojal o en la oreja, así se amanecían. A veces salían de la calle del brazo, por parejas en fila, una detrás de otra y recorrían bailando el pueblo, cantando
“he llegado, no he llegado,
aquí había sido su casa
no sé qué me habrá traído
la fortuna o la desgracia”
coplas parecidas a las que su papá le hace para las relaciones del pericón.

Parecidas a las que don Félix escribía para el acto escolar. Sí, eran coplas.
Quiero acordarme de las copleras de Iruya que viven aquí en Salta, algunas en Castañares y en otros barrios del norte de la ciudad en la persona de doña María Corbera, de don Severo Báez de Villa Primavera y el grupo de residentes puneños y de los valles que, para carnaval, en las carpas carnavalean, caja en mano y albahaca en la oreja. Quiero nombrar a las comparsas de indios que pierden el monte en la ciudad y encuentran las tumbadoras y las cajas en los corsos.
Y de esa metáfora del sur, de los trenes del sur.

Trenes del sur. Migraciones. La villa. El silbo de la esquina.

Pedro Orillas, Dino Saluzzi, poema de Carlos Hugo Aparicio, 1970

Don Carlos Hugo Aparicio me cuenta:
Pasa que el tren ha sido, para mí, un sujeto de asombro y admiración y de cariño impresionante. Yo me hacía vestir en La Quiaca con la mejor ropa que tenía y me iba a esperar el tren que llegaba de Buenos Aires y no iba a esperar a nadie, iba a esperar el tren; porque yo pensaba que el tren que llegaba a La Quiaca era el mismo tren que salía de Buenos Aires. Y no es esa la verdad porque cambiaban, no sé dónde cambiaban y yo no sabía eso. Y esperaba el tren. Yo sabía creer que este tren estaba en Buenos Aires en medio del fútbol, en medio de los tangos, o en medio de la gente o en medio de las revistas y estaba acá. Y de ahí bajaban las revistas, los discos, bajaban todo.

Bajaban todo. Incluso la condena/ certeza/ ilusión de saberse, algún día, sentado en uno de sus asientos, rumbo al sur. A Salta o a alguna otra ciudad. Lalo, el changuito de la novela, se viene a Salta.
Vuelven por última vez a su casa ya vacía; pobre, cómo habrá pasado la primera noche sola, sin ellos cuatro y la Angélica, sin el perro y el gato. Abren el portón que rechina lo que nunca; entran en el patio blanquecino en partes por la escarcha y el agua congelada de algunos charcos, ya borrada la cancha de jugar a la taba; en las piezas desiertas donde, contra las paredes desnudas y enormes, están apiladas las valijas, las camas embaladas, los colchones enrollados y envueltos en cubrecamas atadas con piolas y cosidas. El camión del tío Juan Carlos no tarda en llegar humeando por el radiador. Simula ayudar, ayuda un poco para que no le reclamen; si él lo que quiere y ruega es que el camión se rompa y no arranque; que los deje el tren, que los dejen todos los trenes de toda la vida. El padre más activo que nunca, la madre haciendo memoria en cada instante
qué nos estaremos olvidando pues, a ver, a ver; Angélica ¿dónde has puesto la caja con el servicio?,
el hermano feliz porque cree que va a ir en la cabina del camión
¿no mamita?
él los labios apretados, con toda la voz para adentro.

Y aquí estamos; ubicados en nuestra geografía, la de Salta. La voz de la narrativa de Aparicio ha servido para decir lo que a muchos de nosotros nos ha ocurrido. Hemos migrado. Hemos ido habitando en los 50, en los 70 esta ciudad en sus villas y barrios. Y estamos acá, inscriptos en el espacio urbano de nuestra ciudad, sabiéndonos puneños, vallistos, chaqueños. Con nuestra propia voz de puneño, de vallisto, de chaqueño. Y con la forma de hablar de Salta, mixturados.
El habla rural viene con nosotros, en los trenes al sur.

Esa migración tuvo sus razones, sus esperanzas. La ficción las cuenta:

En lo mejor del sueño se despierta, los escucha hablar en la oscuridad, (…) el padre en voz baja es el que más habla
y si podemos vender el lote es mejor; los muebles también, es preferible antes de llevarlos con lo que va a costar el flete… y che, Ñata, todo sea por ellos, por su educación; que puedan seguir estudiando y recibirse, ¿o no es tu sueño también? Mañana entrego la bicicleta, la he dado barata…

Lalo vuelve, como en el tango, veinte años después a su pueblo, a La Quiaca y en la estación está el changuito esperándolo para ver cómo le fue. La literatura de Aparicio nos sitúa en esas coordenadas, enfrenta a Lalo con Lalo, al niño con el hombre. Y soslaya el tiempo, poniéndolo en primer plano. Pero no se ven. Y ese movimiento me provocó en aquella primera lectura de hace algunos años a la que hice referencia, cierta incomodidad.

Pedro de al lado/ La séptima luz, Dino Saluzzi, poemas de Carlos Hugo Aparicio, 1970

He leído la novela muchas veces, y creo que puedo arriesgar una respuesta, un porqué de esa incomodidad. Es ésta: quizá uno siente que la literatura es más que una buena novela, o un buen poema. La literatura es vida que surge invicta cada vez que uno se atreve a ella, y lee. Es una ventana por donde se entra a muchos mundos, a muchos lugares, casi a todos; e incluso al nuestro, a nuestro propio mundo. Y aquí hablo de geografías y de tiempos. Hablo con una enorme primera persona, porque soy yo, lector, ingresando a mi tiempo y a mi lugar en el mundo, mientras leo.
Eso me ocurre cuando los trenes del sur me dejan en La Quiaca. En los 40. Y escucho los silbos de la esquina.

Salta, junio 2007


[1] Este “desde abajo” me va a traer problemas. Intento una explicación: uno habla como puede o como quiere. En la elección del modo está inscripta toda una ideología. Digo desde abajo y estoy pensando en escrituras que se desprenden de lo inmediato. Juan Rulfo con El llano en llamas, José María Arguedas con sus relatos en los que no sólo se habla de los indios, sino que se habla desde los indios con las estructuras lingüísticas del quechua. En el caso de la escritura de Carlos Hugo Aparicio, habla el hombre que está vivo, el que habita el barrio y transpira sobre una bicicleta.

Carlos Hugo Aparicio en el bar Los Tribunales, 2007

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