Por Roberto Acebo*

Andrés Américo Gauna es plástico, titiritero y docente. Trabajador silencioso, siempre se ha destacado por su compromiso con las realidades de los suyos. Quizás por eso, como formador y educador ha tenido una labor importante en barrios y villas de Buenos Aires y en la provincia. Sus murales lo atestiguan. De vuelta en Salta desde el 2012, su primera muestra fue hace 48 años y lo celebra con “Camino a los 50 por la América periférica”. El Tribuno habló con el pintor acerca de lo que significaron estos años. 

En tu casa se respira música, me mostraste vinilos, cuadros, esculturas… ¿Por qué tu casa es así?
Es el mundo de uno, que ha elegido. Todo es arte, pues, la música, los libros, la pintura, todo eso se conjuga. No pueden estar separados. Aparte, soy melómano, junto todo lo que sea música, debo ser uno de los pocos que tiene tantos vinilos. Muchos son especialistas en folclore, en rock. Yo tengo un surtido de todo, esa es la diferencia. Cumbia, rock, vinilos de salsa, si querés un bolero tenés; y de los viejos, de la vieja música. Eso se fue juntando y es tanto mundo y después los cuadros y las imágenes se suman, se conjuga todo.

En la puerta dice Centro Cultural Antolina López…
Antolina López era mi vieja, es un homenaje. Esta historia surge así. Nosotros en el 98 formamos un centro cultural llamado Gustavo “Cuchi” Leguizamón en Buenos Aires. Y después, a pesar de que estábamos con Juan Martín, con Luis y el Delfín (hijos de Gustavo Leguizamón) y habíamos hecho el centro cultural con muchos artistas, resulta que teníamos que registrarnos en el Gobierno de la Ciudad y teníamos que armar la comisión y poner un nombre efectivo, y cuando estábamos haciendo la reunión llega uno que dice que era el representante del Cuchi, y justo se habían ido los hijos, y dice que había que pagar para poner el nombre. Y nosotros dijimos no. Estábamos haciendo jornadas solidarias y el nombre del Cuchi era porque lo queremos mucho y no nos permitió poner el nombre. Entonces, los que estábamos, el Payito Solá, estaba Zamba Quipildor, estaba Ariel Petrocelli… empezamos a tirar nombres y decíamos no, este no, y ya se vencía la hora y dije pongamos el nombre de mi vieja y “quién es tu vieja”, Antolina López, un ama de casa, dije. Y así se formó la Asociación Antolina López y se comenzó a trabajar solidariamente. Formamos bibliotecas populares y fue bastante el laburo hecho, hemos hecho espectáculos con gente de Salta en Buenos Aires, espectáculos en la Biblioteca Nacional, en el Café Tortoni y llevábamos propuestas y laburo que no hacían otros.

Pasillo galería, en la casa del pintor.

¿Viviste mucho tiempo en Buenos Aires? 
Sí, mucho tiempo, casi 20 años. Trabajaba en Avellaneda, pero vivía en Villa Crespo, pleno barrio judío, y no siendo de la comunidad, me han elegido presidente de la República de Villa Crespo, que juntaba a todas las entidades y así han hecho todas las cosas, como dirigente, fui el elegido de todas las entidades y había cada quilombo. Ahí está el mural más grande de los míos hasta ese momento, de 8 metros de alto por 24 metros de largo, en Villa Crespo. Ahora tengo otro más grande, pero en ese momento era el más grande y estaba hasta en las guías turísticas. Eso era en el 2000. Viví desde el 94 en Villa Crespo, en Paraná y Tucumán, cerca del Obelisco, ahí tenía un departamento tomado, era un ocupa (risas).  Yo tenía un departamento arriba de una oficina de Yabrán. Y ahí armé mi primer taller en Buenos Aires. Y cuando me han descubierto me tenía que a ir del día a la noche, y fui a parar a Avellaneda y estuve viviendo en la casa de un pintor que había fallecido y la mujer me dio el espacio. Era una casa impresionante, tenía dos pisos y era un centro cultural, tenía escenario para modelos, era un taller de locos y ventanales por todos lados, la luz y los balcones, era una locura. Estaba feliz ahí.

Tuviste siempre oportunidades…
Yo no sé, a veces me pregunto cuál es el destino, la estrellita que te acompaña, porque siempre tuve suerte en ese aspecto, tuve 50 mil quilombos, pero siempre alguien me ha salvado, una varita mágica. Y después me junté con Ana y me fui a vivir a Villa Crespo. Pero en Avellaneda hicimos bastante despelote y ahí me quedo trabajando con Cultura, en Avellaneda. Trabajé en el Instituto Municipal por el Arte dando clases de posgrado a maestros. Cuando pierde el que era intendente y ganan los radicales, nos rajaron a la miércoles. Decían son todos peronistas y nos han echado. Estoy hablando del año 96 más o menos. Y después nos llaman de a uno y a mí por la imagen, no sé por qué me dejan en el contestador que tenía que estar el jueves a la 1 de la tarde en una reunión para distribuir los puestos, y voy y llego a la 1, la reunión había sido el miércoles y a mí me han hecho una jugada y me han mandado al jueves. “Como usted no estaba va a ir a trabajar a Agüero, en una villa, y tiene que ir allá a las 5 de la tarde”, me dicen. Y ahí comencé a trabajar. Me hicieron un bien. Estuve 15 años trabajando en la villa.

“Comencé con dos chicos en el Agüero, y terminamos con una cooperativa para imprimir, una cooperativa de madres, con un centro cultural”. Jan Touzeau (El Tribuno)

¿Cuál era tu trabajo?
Trabajaba títeres, hacíamos títeres, después llevaba pintura, juntaba a la gente de circo, la gente de malabares, teníamos teatro… y la gente de Cultura me decía qué necesita y mandaban profes, coordinábamos talleres. Había una coordinadora de cada barrio, y decía “hace falta un conjunto de murga”, y la hacíamos. Cuando estaba en Agüero, hicieron ese video “Despierta la ciudad”, de Vicentico, con los chicos de la murga nuestra. El barrio Agüero está bajo de los 7 puentes. Y de ahí fui a parar al Docke y terminé en Dock Sud, en las islas, los 3 años finales. Barrios súper complicados, mucho quilombo. Y ya me vine a Salta en 2012, y en 2015 me llaman de vuelta para que vaya a trabajar a la villa, y me lo duplicaban el sueldo para ir tres días a la semana a la villa. “Ya no puedo” les dije, primero porque la situación cambió, la droga está muy metida, los pibes están muy pasados, ya no te respetan. Antes había un respeto. Te cuento: yo estaba en el centro cultural y veía a la tarde que pasaban los pibes y decían “eh, profe, nos vamos a laborar” y los changos iban encapuchados, falopeados, chupados y con los chumbos (armas de fuego) en la cintura; subían a la autopista paraban los autos, robaban y se iban a la ciudad a hacer su delincuencia. Era tremendo, donde yo estaba mataron a varios, a tiros con varias bandas, como pasa acá ahora. Cuando llegué acá, dije esté es un jardín de infantes con relación a lo que pasa en Buenos Aires. Yo estaba en zona jodida, la 1114… entrar ahí era terrible. Y yo me quedé por esa imagen que tengo, que no sabés si sos sospechoso, culpable, parecido a ellos, y siempre me han respetado por la imagen. Y aparte por darme siempre con ellos, siempre la pasé bien. “Tengo una idea”, tal cosa, y se prendían y se sumaban.

Los ibas sumando al trabajo…
Yo comencé con dos chicos en el Agüero, y terminamos con una cooperativa para imprimir, una cooperativa de madres, terminamos con un centro cultural, que venían profe de todos lados, y en total -cuando yo me vine- teníamos 250 chicos. Y como nosotros teníamos un horno de barro y una cocinita con garrafa, vino gente de estos que hacen cocina Longvie, ponele esa marca. “El trabajo que hacen acá, entonces vamos a apoyar”, dice y nos donaron una cocina industrial, con eso las mujeres empezaron a hacer pan, empanadas y fue creciendo. 

¿Por qué pintás?
(Risas) Porque es la mejor manera de expresión, porque muchos no quieren ver lo que es la realidad, y la manera de expresar eso. Yo no quiero pintar caballos ni flores, porque caballos hay muchos en la política; entonces, no pinto caballos y a todo el mundo le gustan los caballos y las flores. Y yo no pinto flores, porque nuestra sociedad no tiene tantas flores, no tiene alegría. La sociedad está llena de tristeza. Los rostros míos son fuertes, son de dolor, de tristeza y no hay mucha sonrisa. Y es lo que uno rescata, lo que ve en la gente. Bueno eso pinto, el rostro de la gente.

¿Dónde naciste?
En Salta capital, en la Alvear 450, cuando era el canal, cuando no tenía ni asfalto, y había un solo almacén en la esquina, que era del Turco Marcos, no me acuerdo el nombre. Era un barrio de casitas humildes, de chapa, bomba de agua. En invierno, todo escarchado el lavatorio que teníamos, o el balde, y a lavarse la cara para ir a la escuela.

¿Qué es un centro cultural para vos?
El centro cultural es un espacio para conglomerar, para juntar gente que tengan objetivos, un deseo. Porque ¿cuál es la función de centro cultural? Para mí un centro cultural tiene la función de cumplir lo que el Estado no cumple, porque el Estado debería tener todos estos centros culturales oficiales y bien reconocidos y pagado el profe como tiene que ser. Pero acá se hacen los centros culturales a pulmón, entonces vienen los profes y enseñan guitarra, bombo, a todos los chicos. Y tienen que estar en los barrios, porque cuando van al centro es medio elitista. El centro cultural tiene una función netamente social, en los barrios, en las villas. El centro convoca y convocando a los chicos convocás a toda la familia. Eso pasa por ahí.

En el disco de Pablo Mangini te hace un homenaje, “Grito mural”.
En “Grito mural” quiso poner Pablo un homenaje para mí. Nosotros teníamos muy buena relación con Pablo, una relación de amistad. Cuando volví a Salta en 2012, los sábado nos encontramos con Pablo, y él vendía huevos, cuando venía me decía “¿querés que vamos a comer allá? Y no, cocinemos acá. Él terminaba de repartir a las 3 de la tarde y venía a comer. Y me decía escuchá esto y me hacía escuchar lo que estaba componiendo, una cosa linda. Y yo decía “no me gusta esto, no me gusta aquello”. Y él también, cuando me miraba un cuadro, decía “me gustaría aquel color o aquella cosa”. Y había un diálogo muy lindo con Pablo Mangini, era la lucha, era la historia…

“Pintamelo un cielo Andrés, con las alas del pincel…”. “Grito mural”, Pablo Mangini, Milagro Ortiz

La militancia en el arte y en lo social está en tu obra..
Se conjuga. Tu pintura o tu trabajo artístico, seas poeta, músico, lo que seas, tiene que tener un contenido social, tiene que estar unido con la sociedad, y con la sociedad que lucha, que sufre, que la pelea. El artista tiene que estar con su pueblo. El que hace otra historia, está bien, hace su para su mundo, pero es elitista y es para cierto grupo, no es para todos. Y lo mío es diferente, lo lee todo el mundo, todo el mundo ve mis cuadro, se identifican. Todo el mundo puede saber cuál es el mensaje, qué quiero decir, el mensaje es el mismo dolor, todo lo que uno pasa. Muchos no quieren ver, pero se lo muestro.

¿En qué lugares en Salta tenés murales?
El más grande está en la Jujuy y Tucumán, del PJ, después en La Viña y después estamos haciendo uno en Cafayate, arriba de un cerro, que mi hijo me dijo “estás haciendo un mural para el cóndor, porque no lo ve nadie” (risas). Y después tenemos en la Vieja Estación el mural del escenario es mío, y en el centro vecinal de la villa 20 de Febrero, en la plaza Gurruchaga, del Negro Cáceres… ese, cuando era intendente Sáenz, lo borraron. Después también en Villa Soledad tenemos uno. He hecho varios… 

¿Tenés contacto con los muralistas jóvenes? 
No, con el único que tengo es con Walpaq, a veces por Facebook con Martín Córdoba, hay un chango de La Merced… Genial eso que laburen, que haya mucho mural. El sueño mío -estoy hablando de los 90- es una ciudad llena de arte con murales en todos lados, y sigo soñando. Hay que pintar un barrio entero, cuando vos veas un barrio entero pintado, no es que le borrás la cara pero cambia la historia. Por más que tenga la miseria, la necesidad que tenga, con el color ya cambió la cosa y la gente ya tiene la imagen que ellos quieren, esa es la agua onda. Y aparte el mural es comunitario, pertenece al pueblo, un mural lo armás, lo pintas y ya no es tuyo. Una vez que está pintado ya no te pertenece, le pertenece a la gente y algunos lo cuidan y otros lo hacen m… Pero yo tuve suerte con los murales, a mí me lo borraron la parte oficial, también cómo robaron un Che de la plazoleta De la Juventud, en el 2008 vine de Buenos Aires a traer ese busto del Che y ya no está, desapareció, lo sacaron. Fui a preguntar a la Municipalidad y nadie sabe. Justo en la entrada al Portezuelo está, parece que no le gustó a alguno… pero los pibes han pintado en lo que ha quedado del pedestal “Che” nada más, pero la imagen no está…

Estás haciendo una muestra…

Esa muestra salió porque me encontré con José Vilariño, a José lo conozco de la Escuela de Arte, y somos amigos, aparte, lo que ha pasado, lo que ha hecho en su función política, es una historia y su mundo es otra, y nosotros seguimos manteniendo una amistad con él. Él me dio el mural de la Jujuy en el 2001, andaba buscando a los pintores para hacer un mural de Cámpora y no conseguía, nadie quiso hacerlo porque era político. Da la casualidad que yo vine de Buenos Aires, de vacaciones, y nos encontramos en una casa comiendo empanadas y nos saludamos y me dice “ahora soy secretaria y Medio Ambiente”. Y le digo, “vos que sos de la muni, hay una pared que yo estoy viendo siempre donde está el triángulo está linda para un mural”. Y me dice esa pared es mía. Era el responsable de ese espacio. “Querés hacer un mural, me dice, yo quiero hacer un mural de Cámpora”. “Dale te lo hago de una”, le dije y me fui Buenos Aires, saqué permiso en el laburo y me vine. Y ahora me encontré con José y charlando le digo que quiero hacer una muestra y mira el local, estábamos en los Visitadores, y listo. Hacela aquí, me dijo, y con eso llegamos a hoy.  Después de esto viene una muestra en el Centro Cultural Alas, en Villa Juanita, que han armado los changos a pulmón, del cementerio a tres cuadras. Y, bueno, veremos quién va, vamos a llevar el arte a esos lugares. Ahí era un asentamiento, calles de tierra, ahí tiene que estar el trabajo…

48 años de trabajo...
Sí, 48 años ya de andar así, pero, como dice Gilda, “no me arrepiento de este amor”.


*Fuente: El Tribuno, 13 de abril de 2021

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