La memoria nace, se alimenta y reflexiona de/ sobre hechos vitales. El prólogo de Identidad y violencia. La ilusión del destino cuenta uno. Cuando Amartya Sen regresaba a Inglaterra, el oficial de migraciones del aeropuerto, al ver el pasaporte indio y la dirección de residencia en el formulario de migraciones (residencia del director, Trinity College, Cambridge), le pregunta si el director era un amigo cercano. Esa cuestión, ironiza Sen, le produjo cierta perplejidad filosófica y dudó. Luego, dijo que sí. El tiempo que demoró, la actitud de reflexión, despertó sospechas. Sen no respondió: “Yo soy el director”, como se hubiera esperado en otras circunstancias tales como portación de nombre y rostro y nacionalidad. En realidad, si estos elementos constitutivos de “una identidad documentada” hubieran “correspondido” a un director del Trinity College de Cambridge, la demanda del funcionario no hubiera sido tal. El tema quedó allí.

Las tortugas también vuelan

Y la memoria de este fragmento de vida le sirve a Sen para introducir algunas ideas referidas a la violencia en el contexto, no muy nuevo, de “diferencias irreconciliables” desprendidas de la ilusión de una identidad única. Identidad cuya imposición es, a menudo, un componente básico del “arte marcial” de fomentar el enfrentamiento. Esta idea recorre el libro que nació de una serie de conferencias sobre identidad y futuro dictadas por Amartya Sen entre fines del 2001 y principios del 2002.

Transcribo un fragmento del capítulo 1, “La violencia de la ilusión”: “Y continúan llegando informes de Abu Ghraib y de otros lugares en los que se describe que algunos soldados estadounidenses y británicos, que fueron enviados a luchar por la causa de la libertad y la democracia, recurren a lo que se denomina el ‘ablandamiento’ de los prisioneros por medios totalmente inhumanos. El poder irrestricto sobre las vidas de combatientes enemigos… bifurca nítidamente a los prisioneros y a los guardianes a lo largo de una inflexible línea de identidades disgregadoras (‘son una raza distinta de la nuestra’). Parecería excluir toda consideración de otras características menos polémicas de los individuos del otro bando, entre ellas, que todos pertenecen a la raza humana.”

En el Capítulo 4, “Filiaciones religiosas e historia musulmana”, escribe: “… este libro se ocupa especialmente del marco conceptual dentro del cual se perciben y se comprenden estos enfrentamientos, y de cómo se interpretan los pedidos de acción pública.” Quizá, hubiera resultado más rico un gran exordio con fragmentos del libro. La pretensión de contar un libro puede llevarnos a transcribirlo. El mapa borgeano tiene límites: cada ciudad, cada accidente geográfico, cada río que en él se registra corresponde puntualmente en dimensiones con el país descrito. Por suerte, está el ensayo de Amartya Sen como mapa del libro Identidad y violencia.

La tesis de Sen -que apuntala otras- es que el conflicto y la violencia actuales fueron y son sostenidos por la ilusión de una identidad única. El hombre unidimensional es puesto en la grilla de la clasificación singular, y ésta cumple su rol. “La alternativa –afirma Sen- no consiste en sostener que todos somos iguales. No lo somos. (…) reside en la pluralidad de nuestras identidades, que se cruzan entre sí y obran en contra de las profundas separaciones a lo largo de una única línea de división que supuestamente no es posible atravesar”.

Hasta aquí algunas coordenadas para entender por dónde transita el pensamiento de este intelectual indio en este libro sobre la ceguera contemporánea. Ceguera alimentada, incluso, por pensadores que intentan describir el mundo acuñando teorías que no sólo den cuenta de él, sino que justifiquen las atrocidades que en él se cometen. Tal es el caso de Samuel Huntington, quien apela a singularidades imaginadas, y a clasificaciones consecuentes, alimentando la tesis del “choque de civilizaciones”. El contraste entre la “civilización occidental” y la “civilización islámica”, “la indú”, “la budista”, etcétera, etcétera, que plantea esta postura, tiene el poder disgregador del reduccionismo que desconoce la historia, la ignora, al presentarla borrosa, elemental. Desprendimientos de este engendro, tales como “el diálogo de civilizaciones” -es obvio decirlo, pero bueno: hay que decirlo—, reducen “a muchos seres humanos polifacéticos a una dimensión única y amordaza la variedad de relaciones que han proporcionado razones ricas y diversas para las interacciones transfronterizas durante muchos siglos.”

La claridad expositiva de Sen nos brinda elementos para desembarazarnos de prejuicios e ignorancias avalados por el pensamiento único que, se supone, domina el horizonte en este siglo XXI.

Las grandes masacres perpetradas en su propia tierra, las que ocurrieron y ocurren en África, en Oriente Próximo (una digresión aparente: el título de la nota lo tomo de un film del kurdo-iraní Bahman Ghabadi. La violenta “ficción” diaria de los campos de refugiados kurdos en la frontera de Irak es el tema. Los niños protagonistas de esta película no son actores: son kurdos, son refugiados, son niños), en la misma Europa son abordadas con la honestidad de un hombre que trabajó en su ámbito, la economía, para demostrar que el hambre no es consecuencia de la escasez de alimentos, sino de los mecanismos de distribución.

Para concluir y para invitar a la lectura de este ensayo apelamos a otro fragmento de memoria. Hace unos meses, en referencia a una crítica del Wall Street Journal sobre su supuesta defensa del Islam hecha en Identidad y violencia, Sen decía en una entrevista concedida a La Nación: “Estaría tan mal atribuir la intolerancia del régimen de Aurangzeb (régimen islámico del siglo XVII) a la naturaleza del Islam como explicar la maldad del nazismo como un producto inevitable del cristianismo, o de la civilización Occidental, o de la civilización alemana. La recurrencia de bestialidad humana llama a un análisis serio de la sociedad y no a más muestras de prejuicio sectario”


Amartya Kumar Sen, Identidad y violencia: la ilusión del destino. Buenos Aires, Katz, 2007.

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